Escribir sin miedo

Por LEANDRO DIEGO Hay momentos en que no sé qué pensar. Literalmente. Mirando por la ventana del colectivo, antes de quedarme dormido, debajo de la lluvia de la ducha: una calesita de ideas a medio pensar gira ante mí mientras yo, que vengo a ser la sortija, espero pasivamente que alguna me lleve. Pasa el caballito, pesco una frase, un disparador: nada. Pasa el autito y agarro otra frase, tal vez dos, parece que va a arrancar algo pero tampoco: nada. Pasa el helicopterito y una frase suena, aparece otra que sigue sonando, la idea va desplegándose a sí misma y sí, la sortija y yo nos vamos con el helicóptero....

Se alquila casa con fantasma

Por SALVADOR MARINARO Toda casa está habitada por un silencio fundamental, un principio de identidad restringido a sus habitantes y limitado entre dos mudanzas. La historia de una casa no empieza con ladrillos y argamasa, sino con juegos de cocina, cajas de libros y valijas de ropa. En ese proceso, se pinta la clase social en los muros, se amuebla la ideología, se instalan los deseos, las aspiraciones y emergen de repente las miserias de los que viven entre esas cuatro paredes. A veces, la historia previa vuelve a modo de anécdota (“acá, antes vivía un viejo solitario”, “una pareja con un bebé”, “una mujer que se fue a vivir al exterior”),...

Tras los pasos del gen

Por FACUNDO GEREZ Cada tanto llega al taller alguna señora con la intención de escribir la historia de su familia. Algún que otro hombre, también, pero son los menos; en su mayoría son mujeres de mediana edad, señoras, las que quieren escribir la historia de su familia o de alguien de su familia, de su madre, de su padre, de algún tío. La mayoría de las veces, lamentablemente, eso no llega a buen puerto. El tío Abel era un hombre maravilloso, extraordinario, humilde, generoso… Así, por decir algo, suelen empezar muchas de estas historias y lo que sigue a eso, de mi parte, es una primera devolución incendiaria: la propuesta de...

Una alegría espontánea y abundante

Por LEANDRO DIEGO Antes de la rotonda de Blas Parera que funciona como acceso al puente Debenedetti hay un pastizal donde siempre da el sol. Los árboles son pocos y petisos y los arbustos nunca están frondosos. De tres a cuatro veces por semana presencio allí la siguiente escena: un perro no hace otra cosa que exhibir su cariño desesperado (se trepa, lame, se para en dos patas) pero el tipo con el que anda no le devuelve un mimo a menos que haga alguna gracia, como por ejemplo sentarse, y ahí sí, entonces, le acaricia la cabeza, le soba el lomo, lo besa. Nunca pude sostener un vínculo así con...