Un barco, de Laura Kogan

Cuando Eduardo Quesada se queda sin trabajo, reúne a la familia en torno a la mesa del comedor y les dice, simplemente: “Me quedé sin trabajo, de ahora en adelante tendremos que gastar poco”.

Eduardo es el personaje principal de Un barco, la novela de Laura Kogan, un tipo apático, algo abúlico, que está de vuelta. Después de fracasar en un negocio, le vende su parte al socio y –con una familia que mantener (una mujer y tres hijos), sin trabajo y con deudas– no tiene mejor idea que ponerse a construir un barco en el living de su casa: algo que no sabe hacer –que va a aprendiendo a hacer sobre la marcha– y que tampoco sabe bien para qué está haciendo.


Un barco- Laura Kogan
Mansalva (2017)- 77 páginas

Un barco se inscribe en el género novela de la dictadura: hay jóvenes militantes, un Ford Falcon, grupos parapoliciales y varios de los elementos, giros y subtramas clásicas del género, pero Kogan no descansa sólo en eso; ambienta, sí, la novela en ese contexto, el de la última dictadura militar argentina –de principio a fin, de 1976 a 1983– pero a partir de la historia de un hombre que se aísla en la construcción de un barco en el living de su casa (dándole la espalda a su familia y al contexto político), Kogan escribe una novela acerca del deseo: a partir de la construcción del barco, Eduardo se reencuentra con una zona del deseo que creía olvidada, o que nunca antes había experimentado, y ese deseo que vuelve a sentir o que siente por primera vez en su vida lo liga de un modo cada vez más simbiótico con el barco y su construcción: “para él, desear algo con esa intensidad le resultaba tan grato, tan nuevo, tan olvidado que no podía dejar de hacerlo”.


A las discusiones políticas que se dan en la casa entre sus hijos y sus amigos, Eduardo las remata con frases como: “no importa si la gente es de derecha o de izquierda, lo que importa es que sea buena persona (…) Como sos como persona no se enseña en un partido político, hay mucho hijo de puta dando vueltas”; así, Eduardo se desentiende: elige darle la espalda a la política, al contexto, y se enfrasca en una empresa que resulta absurda para todos menos para él.


La zona de la estructura sobre la cual recae todo el peso y la angustia ante la situación familiar y social es la de Leonor, la esposa de Eduardo. Es quizá el personaje que más empatía nos genera como lectores en toda la novela. Leonor es una mujer quince años menor que Eduardo y no puede ser indiferente ante el contexto social ni ante lo que pasa puertas adentro, en su casa, con su marido, que en lugar de hacerse cargo del sustento de los suyos se abstrae cada vez más en su barco. Leonor es la que sufre y la que se hace cargo de que no se desmorone la familia; es ella, incluso, la que tiene que renegociar la deuda que contrajo Eduardo años atrás. La única vía de escape para ella es la lectura: “A la noche, volvía al texto en busca de su placer silencioso. Leer resultaba una función visceral, independiente del razonamiento o de la voluntad, que le producía sensaciones físicas: se ruborizaba o transpiraba. Al mismo tiempo, le parecía que en el quehacer del día vivía en un estado de confusión y ese momento, repentino e intenso, adormecido y fugaz, le fuera devuelta una forma de lucidez”.


Laura Kogan nació en Buenos Aires. Al abrir el libro, nos encontramos con eso en la solapa: Laura Kogan nació en Buenos Aires. Y nada más. No sabemos en qué año, qué estudió, de qué trabaja, qué hace, no vemos sus credenciales –becas, premios, traducciones–, no hay foto de ella, no vemos su cara. Nada. Es un gesto fuerte en la era del personal branding pero más allá del gesto, lo que sucede con la casi total ausencia de datos biográficos es que leemos en una zona libre de ruido, en un vacío, y cobra total protagonismo el texto, la historia, que se sostiene muy bien por sí sola.
En cuanto al libro: tipografías llamativas y coloridas, en la tapa, la foto de un horizonte –un cielo azul y la estela de un barco en el agua–, y el texto de la novela sin justificar, alineado a la izquierda, como en todos los libros de Mansalva, lo que le da un halo de producto no digerido por la maquinaria cultural, no procesado; cierta frescura de versión no-definitiva.


Hablar del final de la novela sería spoilear una experiencia intensa que conviene atravesar sin información previa pero vale decir que el capítulo final es de un gran despliegue, de alto presupuesto, y de un gran oficio por parte de Kogan a la hora de construir un crescendo narrativo –como lo hace, también, en el capítulo de la pelea de Eduardito, que termina siendo (además del clímax del relato) una mininovela dentro de la novela.
Kogan escribe con una complejidad sintáctica superior a la media de la nueva narrativa local; usa la sintaxis a su antojo, con gran destreza pero no desde una ostentación meramente acrobática, sino en pos de construir escenas, situaciones, personajes y, sobre todo, transmitir emociones.

Al terminar de leer el libro, nos queda una sensación extraña. No es melancolía, no es angustia, no es tristeza. Es un sabor agridulce. Saudade, podríamos decir en portugués. Sin el contexto negativo, Eduardo Quesada no hubiese construido un barco. El precio a pagar es alto, en todo sentido, pero por más que nunca se vinculen de un modo explícito, el barco de Eduardo es indivisible del contexto político del país. Podríamos pensar que en su ingenuidad o en su negación (Eduardo es la clase de persona que llegado el caso diría “algo habrán hecho”), lo que lo lleva a emprender tamaña desmesura (aunque ni siquiera él sea consciente) es lo negativo del entorno; la opresión (el miedo, el terror, la inseguridad) que propicia la zona de fuga y favorece, así, el acto creativo: el barco de Eduardo es un acto caprichoso, colosal, gratuito, del orden de la evasión, algo que nadie pidió y que el mundo no necesita, algo quizá también inútil –no sabemos ni siquiera si flota–: tiene todas las características, a simple vista, ese barco, como para ser considerado una obra de arte, y Eduardo, por lo tanto, un artista.

Un barco
de Laura Kogan
por Mansalva (2017)
77 páginas