El mundo, un lugar decepcionante

“Hasta encontrar una salida” es la tercera novela de Hugo Salas (Caleta Olivia, 1976) y el primer libro –el auspicioso debut– de una nueva editorial argentina: Compañía Naviera Ilimitada. La novela fue escrita con el apoyo de las Becas Bicentenario del Fondo Nacional de las Artes y está compuesta por tres partes en las que vamos de Buenos Aires a Hollywood (y otra vez a Buenos Aires) y asistimos al derrotero –y entrelazamiento– de tres personajes intensos y en crisis. 

En la primera parte seguimos a Karina Bruschi, una profesora universitaria que vive en un barrio privado del conurbano bonaerense (en esa realidad artificial hecha de autopistas, countries y shoppings, en las afueras de la ciudad) con Gastón, su marido, y sus dos hijos: Cordelia y Germán.

Con Gastón mantienen una relación abierta (cada uno, fuera de casa, puede hacer lo que le venga en gana) y, además, son swingers: con frecuencia tienen sexo con Jorge y Patricia, una pareja amiga.

Mientras que con sus hijos, Karina tiene una relación conflictiva. No sabe si los quiere. Por momentos, incluso, los odia (“no estaba dispuesta a reconocerlo ante nadie, pero tenías unas ganas terribles de golpear a sus hijos. Y que les doliera”) y los desprecia.

Cuando era más joven, Karina era performer, “decía los poemas en lugares con público… era un trabajo sobre la improvisación y lo aleatorio. Es muy común en la poesía contemporánea. Tenía una, por ejemplo, en la que me ponía un vestido de papelitos con palabras, y la gente las iba sacando y yo los leía y así se armaba un poema efímero. Y me quedaba desnuda”, pero después se casó, tuvo dos hijos y dejó todo; se convirtió en profesora universitaria, se fue a vivir al country con Gastón y empezó a aburrirse hasta el punto de estar algo hastiada y perdida.

Además de su marido y sus hijos, su círculo se limita a Patricia y Licia. Con Patricia, la amiga con la que intercambian parejas, hablan por teléfono de vez en cuando; y con Licia (que se sacó la A del nombre: “Alicias hay a patadas. Licia, solo yo”), su vecina del country –una mujer histriónica, que estudia idiomas y hace todo tipo de cursos y talleres culturales y de autoayuda–, se visitan y charlan, también, cada tanto. Pero Karina no logra conectar del todo con nadie. Ni con su marido, ni con sus hijos, ni con Licia, ni con Patricia. Está (y se siente) sola, aislada, sin interlocutores.

Mata el tiempo en el shopping y puede pasar que, de lo aburrida y perdida que está –y con la intención de poner algo nuevo en su vida– se le cruce por la cabeza la idea de tener otro hijo: “mientras mordisqueaba la masita seca que le habían dado con el cortado, evaluó la posibilidad de tener otro hijo. Los bebés son mágicos. Reordenan el mundo y ponen todo lo demás en pausa. Hacerse madre es un maravilloso ejercicio de concentración que deja la mente en blanco para llenarla de elementos materiales mínimos y discretos: leche, upa, caca (en su gran variedad de consistencias y colores), vómito, pis, diente, pañal, fotos”. También va al supermercado, para matar el tiempo, y hace compras inútiles, cosas que en la casa nadie come, como verduras congeladas –quien verdaderamente hace las compras para la familia es Norita, la empleada doméstica, “las compras de Karina eran como compras de mentiritas”. Y para pasar el rato, también, se encarga del jardín de su casa. “¿Qué podía hacer este año? Pensó en el cantero del fondo, junto a los formios. El efecto había quedado aburrido. Era una pena, creyó que las salvias iban a hacer una buena combinación, pero faltaba algún color cálido”.

Así pasan las horas y los días de Karina, entre la repetición y el tedio (“No sé si este año alquilamos en el sur de Brasil o nos vamos a Punta Cana”), al borde del hastío. Karina siente que el tiempo pasa (y le pasa), que la vida se le está yendo, se le está escapando, y trata, por momentos, de atraparla, de retenerla. “Se puso un jean elastizado que hacía cuatro o cinco años no usaba (tuvo que tirarse sobre la cama para subir el cierre) y una musculosa diminuta. En el espejo parecía una adolescente de esos programas de televisión en que las adolescentes son interpretadas por mujeres de treinta años”. Canaliza su malestar, sobre todo, a través del sexo. Y tiene, en particular, ciertas perversiones. Un día, por ejemplo, en el supermercado, acosa a un jovencito apenas mayor de edad (“Estaba pálido, como un nene chiquito a punto de llorar. Se sintió en éxtasis; era el triunfo del control y el deseo domesticado sobre la fuerza y el ímpetu de la juventud”), lo encierra en el baño del estacionamiento y le hace «una mamada».

A partir de Karina, esa mujer desamparada y al borde del colapso, vemos los problemas –las frustraciones y las angustias, ese malestar silencioso y permanente– de los que “no tienen problemas” (es decir, de los que tienen, a nivel material, al menos, la vida resuelta) en lo que podríamos leer como una –muy lograda– actualización local de los suburbios de Cheever.

La segunda parte de la novela es una especie de precuela de la primera, y está narrada desde el punto de vista de Jeff (el dueño del vivero en el cual Karina compra plantas).

Hasta encontrar una salida- Hugo Salas
Compañía naviera ilimitada (2018)- 220 páginas

A partir de un hábil ida y vuelta en el tiempo –son dos instancias las que se narran: una en presente y otra en pasado– conocemos la vida de Jeff: un “chico de campo” estadounidense que se va desde su Camden (Tennessee) natal hasta Hollywood para cumplir su sueño de ser actor.

En esta segunda parte (que bien podría ser una novela independiente) cambian los escenarios, el tiempo y los personajes. Y cambia, incluso, también, el registro del narrador. Buena parte de los personajes que dominan la escena en esta segunda parte, sabemos, hablan en inglés, pero Salas no los muestra hablando en inglés, sino que decide traducirlos al neutro: “Fue con Lou y los hermanos Frist, tu sabes, una salida de muchachos”, “creo que tengo algo de hierba en mi cartera”. Así hablan los personajes, y así habla, también, de a ratos, el narrador, que se contagia de ese neutro en el que hablan los personajes: hay empleos, para el narrador, se desciende de transportes, los empleados reciben su paga, se rentan bicicletas, etcétera.

Jeff, como dijimos, llega a Los Ángeles con intenciones cumplir su sueño pero rápidamente choca con la realidad. Lava copas, cuida caballos, tiene sexo con hombres –por placer, primero; y por dinero, después– y termina actuando en películas porno. “Jeff adoraba esos momentos y aquellas tardes en que el sol los encontraba tantas veces junto a la pileta de la casa opulenta de algún amigo o cliente, rodeados de jovencitos y mujeres desnudos, tapados de drogas hasta las orejas” pero después de un tiempo la situación en Los Ángeles se torna difícil, triste, lúgubre, y decide irse a Buenos Aires. Se instala cerca del obelisco y se pasa un tiempo a la deriva, sin planes, entre cines porno y líneas hot, hasta que conoce a Alejo y empieza una historia de amor (que dura, al menos, unos ocho años) apasionante y con un final conmovedor.

En la tercera parte –la más breve y quizá, también, la más intensa– Alejo toma la posta y habla: de él, de su vida, de su trabajo –conocemos, de primera mano, las vicisitudes de un escort que habla de su actividad desde los detalles y el lado B: los robos, las enfermedades, las drogas–, y también de su pasado y de su futuro, en una narración en primera persona –al grano y sin rollos– que bien podría ser una de las Entrevistas breves a hombres repulsivos de Foster Wallace.

Hay, de hecho, un aire a Wallace en toda la novela. Los personajes son subproductos del capitalismo: sus insatisfacciones y sus angustias parecieran ser consecuencia de los deseos frustrados. Son almas en pena boyando en las diferentes industrias, en los diferentes circuitos; efectos secundarios del sistema, consecuencias no deseadas. Marginales, cada uno a su modo, con sus vicios, sus fobias, sus miedos y sus perversiones. Salas nos lleva al inframundo de esos personajes y nos pasea por él. Nos muestra, por ejemplo, el detrás de escena de la industria del porno desde lo más crudo y escabroso, desde lo técnico y lo concreto, sin por eso dejar de lado lo humano, lo dulce, y lo afectivo, tal como, creemos, lo haría Wallace.

Alejo es el personaje que atraviesa toda la novela («Hasta encontrar una salida» quizá sea la novela de Alejo), es el único que está presente en las tres partes, y funciona como contrapunto entre dos cuerpos que ya no son jóvenes: el de Karina y el de Jeff. Alejo intima (de diferentes modos) con los dos, y en ese intimar físico (a partir de ese contraste entre lo firme y lo que empieza a tornarse flácido) vemos cómo aflora lo mejor y lo peor –sobre todo lo peor: las miserias, lo más bajo– de cada uno de ellos.

La historia se repite. Para los tres. En circunstancias y en condiciones distintas, el asunto al que se enfrentan los tres (Karina, Jeff y Alejo) es el mismo: el cambio de vida. Cómo cambió la vida, cómo cambia, o cómo puede llegar a cambiar. Cómo encontrar una salida y transformarse en otro. En algún momento Karina fue performer, pero después terminó siendo profesora y “mami de country”; Jeff, en tanto, fue actor porno y terminó siendo (luego de un par de años de estudio y un título oficial) dueño de un vivero; y Alejo, que todavía es joven, es escort pero quiere dejar de serlo, algún día (como todos, aunque “los que dejan son pocos), por eso estudia un profesorado de geografía, para dar clases en los secundarios cuando el cuerpo ya no le dé.

“Hasta encontrar una salida” es, también, una novela sobre el paso del tiempo y la búsqueda de la eterna juventud (o del entusiasmo juvenil perdido). Que los planes no hayan ido como cada uno esperaba da lugar a frustraciones que se traducen, en los personajes de la novela, en un culto a la estética: al cuerpo como objeto de deseo y dominación. Hay mucho sexo en la novela (escenas sexuales –de a dos, de a tres, de a cuatro, y más– muy logradas), un sexo casi siempre animal, puramente físico, superficial, con una búsqueda de conexión más profunda que casi nunca llega.

“Todos alguna vez ponemos el cuerpo para que otro acabe a cambio de algo. Dinero, regalos, una ventaja laboral, contactos, hijos, afecto, irte. O solo por esa sensación de superioridad de hacer gozar al otro”, dice Alejo. “A veces me cuesta ver la diferencia entre un servicio y el sexo común”. Los límites entre sexo, amor y dinero son muy difusos para los personajes –insensibilizados y algo borders– que habitan este “lugar decepcionante” que es el mundo. Se hace difícil, para ellos, distinguir cuándo dejan de fumar hierba o tomar alcohol o cocaína para empezar a tener sexo –nunca se sabe si habrá que pagarlo, de alguna manera, de qué manera– y si en el medio de todo eso, de los cuerpos que van y vienen –desnudos, colocados y angustiados; a la deriva– hay, detrás, algún tipo de sentimiento para alguien. Los epígrafes de Virgilio, Lou Reed y Karl Marx, en cada una de las partes de la novela, refuerzan, por si quedaba alguna duda, la idea de que los temas de la novela son esos: sexo, amor y dinero (trabajo y valor).

Salas escribe esta novela en una zona de madurez como escritor: seguro, confiado, sin miedos, con gran oficio, sensibilidad y destreza. “Ritmo cinematográfico” dice la contratapa del libro, acerca de la novela, y es cierto: Salas le da al texto un ritmo cinematográfico (en ciertas escenas, uno como lector se olvida de que está leyendo un libro –de que la unidad mínima es la palabra– y pareciera estar avanzando sobre fotogramas). Pero por momentos. No siempre. En algunos casos, Salas le da al texto un ritmo (y un desarrollo) netamente literario. Y de alto vuelo. De calidad. El valor está en la combinación, en los cambios de “plataforma” que hace Salas, de ritmo, en el ida y vuelta de una composición que pareciera ser un híbrido entre cine y literatura, entre película y novela.

 

Hasta encontrar una salida
de Hugo Salas
por Compañía Naviera Ilimitada (2018)
220 páginas