Música de fondo

No se puede mirar nada. A menos que se tengan los ojos cerrados, y a veces ni así. A pesar de esa certeza, la necesidad de dejar la mirada perdida en la nada, con frecuencia, subsiste: pero como satisfacerla es imposible, los ojos suelen registrar dos, tres, cuatro puntos equis del escenario que nos rodea (en general, los primeros que vimos) y recurrir a ellos cuando quieren descansar, cuando quieren, digamos, darse el lujo de mirar nada.


Una vida en presente- Paula Puebla
17 grises (2018)- 198 páginas

Una vida en presente, la primera novela de Paula Puebla, cuenta la historia de María Guevara, una escort treintañera que pasa sus días entre la satisfacción de una cartera fija de clientes  (un abogado, un senador y un psiquiatra) y los pijama party que gestiona los viernes para sus sobrinas.  Durante esos festejos privados, vestida igual que ellas y sin maquillar, María se permite prescindir de los cuidados estéticos que su trabajo requiere y dejarse llevar por la orgía de pizza, helado, Coca Cola y Playstation que se despliega sobre su cama al ritmo del guión de Legalmente rubia. En el transcurso de la novela, María también se va a relacionar con Julia (su hermana, madre de las mellizas y estereotipo materno-burgués), con Guillermo, su cuñado (el clásico marido goma que en algún momento muestra los dientes), con un imprentero falsificador que usa ojotas con medias, con un escribano y con alguna que otra madre de Belgrano R.


Una vida en presente puede leerse como una novela sobre los vínculos cotidianos y las relaciones que sostenemos con aquellos a quienes vemos a menudo: los roles, las expectativas, lo explícito, lo implícito, lo secreto, los reproches, la manipulación… Y es una lectura que se sostiene varios días después de finalizado el libro, hasta que uno de sus clientes empieza a tomar más relevancia: el Dr. Seligman, un psiquiatra obsesionado con la posibilidad de alterar químicamente la memoria y que, además de pagarle a María por sus servicios, también la trata y la medica (he aquí una digresión que contiene spoilers: si el lector quiere leerla, puede clickear acá; de lo contrario, pase al siguiente párrafo).
Pero tal vez lo más atinado sea decir que la novela propone conocer a un personaje a través de su propio proceso de autoconocimiento y recuperar la potencia del testimonio de alguien en una época que colectiviza la experiencia a un precio que resultará, sin dudas, demasiado caro.


Después del primer cuarto de novela, se vuelve notoria la presencia de una serie de recursos que nos van a acompañar, como una tenue pero constante música de fondo, durante toda la lectura: las descripciones de la ropa que tiene puesta María, el registro y clasificación de los colores que observa, el esfuerzo por expresar las texturas de los objetos que toca, la contundencia con la que revela la materialidad e historicidad de sus pertenencias… dos, tres, cuatro puntos equis donde la mirada de Puebla descansa de las ganas de decir cosas y del devenir de los acontecimientos que narra, ofreciéndonos la mejor versión de su precisa y gélida escritura.


Si nos dejáramos llevar por algunas lecturas de la novela en las que se acentúa el carácter heroico de María Guevara o en las que, incluso, se agradece que no sea una víctima o mártir, podríamos decir de ella lo mismo que Martín Rodríguez dijo sobre la novela en Tiempo Argentino: que es un libro que no registra la lucha por el poder sino que lo ejerce. Pero ¿tendríamos razón? ¿Hasta qué punto esa lectura, al tiempo que celebra, no reduce el lugar que un libro puede ocupar en los discursos públicos de una sociedad?
María no es, o no debería ser, para nadie, ni heroína ni mártir, a la vez que Una vida en presente, como cualquier otra novela escrita por cualquier persona de cualquier género, es un registro de la lucha por el poder a la vez que es un ejercicio del mismo.


Si el Narciso Falopio de J. P. Zooey es un personaje eminentemente literario (no se puede concebir una representación cabal de su conflicto por fuera de la literatura), la María Guevara de Paula Puebla es un personaje con un drama universal: podría representarse en una serie, en una película, en una obra de teatro, en un unipersonal, en un refinado monólogo de stand-up, y en ninguno de los casos se vería reducido. Es un personaje inacabable, difuso: abordable desde los matices más relevantes de la coyuntura, pero también desde la intemporalidad en la que viven esos personajes que lo han resistido todo. Es uno de esos personajes que los malos críticos pueden pasarse décadas analizando, por todo lo que en ellos se entrecruza. Y si digo malos críticos es porque tengo la convicción de que lo peor que puede hacerse con un personaje como el que ha sabido componer Puebla es analizarlo, desmenuzarlo, descomponerlo en unidades de las cuales extraer sesudos razonamientos para decir lo que según la época conviene o para decir, a través del personaje, lo que el escriba no se atreve a decir bajo su propia firma.
No, yo no voy a hacer eso con María.
Es uno de los personajes más vivos que he leído en los últimos años y no voy a ser yo quien la convierta en palabras muertas con la excusa de escribir una reseña.

Una vida en presente
de Paula Puebla
por 17 Grises (2018)
198 páginas