Un grito que se apaga

Después de los libros de Cecilia Fanti, Marina Yuszczuk, Gabriela Bejerman y Romina Zanellato, llega «Las Rusas», de Flor Monfort, el quinto libro de Rosa Iceberg (la editorial dirigida por Emilia Erbetta, Marina Yuszczuk y Tamara Tenenbaum).

Junto a Josefina Bianchi, Marina Gersberg, Marina Mariasch, Majo Moirón y Noelia Vera, Monfort (que este año publicó Luna Plutón, por Caleta Olivia; un libro de poemas) formó parte del colectivo de poesía Máquina de Lavar –que publicó, en 2014, por Pánico el pánico, “La pija de Hegel”.

Los dieciséis relatos que conforman “Las Rusas” están escritos en primera persona: todas mujeres (en varios casos, suponemos, la misma, ya que el libro tiene algunos guiños autobiográficos y un puñado de referencias internas cruzadas). “Cuando las mujeres vemos tan de cerca la miseria de los hombres, sabemos que podemos aguantar ahí, copar la parada de la melancolía y atajar la debilidad haciéndolos sentir menos”. Los hombres, en este libro, son vistos a través del lente de las mujeres que narran: “Se sintió un genio y yo me reí y lo hice sentir más genio, multiplicando las escenas de su vida donde las mujeres lo hicimos sentir un tipo ingenioso cuando en el fondo hay algo en mí que sabe que ahí no hay ingenio sino trama patriarcal de la más básica”.

Hay, para empezar, en el libro, una oposición constante entre mujeres y hombres. “Yo quería tener nenas. Quería una catalina, una Clara. Hubiera preferido ser madre de una sola, pero mujer. Pensaba en estos dos chicos, cuando crecieran y tuvieran sus pelos duros y bolas grandes”. El de los hombres y el de las mujeres son dos mundos enfrentados, en conflicto.Esa noche pensé que el amor es la casa del ser y que la cama es mi campo de batalla. Una veterana de guerra se siente más viva que nunca comandando una operación en el desierto, el día que ordena a sus mujeres que sean todo lo violentas que quieran porque la misión es terminar con todo”.

Las rusas- Flor Monfort
Rosa Iceberg (2018)- 133 páginas

En la contratapa del libro, Ariana Harwicz dice: «Lloré cuando lo leí, sentí el gusto de golosinas que ya no existen, volví a ser manoseada como una chica de doce años, reviví la muerte de mi abuela. Y también me olvidé por completo de que tenía que escribir esta contratapa. No creo en la utilidad de las contratapas ni en las fórmulas para escribirlas. Es más, odio las contratapas y los clichés de los elogios literarios, ahora mismo odio todo lo que no sea este libro». El odio, o la voluntad de odiar, todo, como le pasa a Harwicz, quizá sea uno de los puntos fuertes de este libro; y para entender cómo funciona eso quizá haya que remitirse al punto de vista de los relatos.

“No me había dado cuenta cuántas mentiras y bacterias puede encerrar su barba larga. Siempre me sentí atraída por esos pelos de la cara de los hombres, conflictos con los poros que algunos deciden no afeitar por exceso de masculinidad o deseo de parecerse a los ángeles”. En los relatos de «Las Rusas» los hombres –varones, hetero, cis– son, entre otras cosas, acosadores (“Esa insistencia que lo hace pararse en la puerta de mi casa con las balizas prendidas mientras me manda mensajes de ruego. ‘Por favor bajá un rato’, ‘un beso en el auto y me voy’, ‘hablamos por la ventanilla’, ‘quiero olerte la boca’, y así”), violentos (“Marcos rebotaba mis reproches a los gritos atravesando un vidrio con un puño”), golpean mujeres (“Pienso que se defendía de los golpes del marido y que ahora vive la vida de una adolescente atormentada prendiendo cigarrillos en la cama y tirando los fósforos al piso”), manosean niñas (“Cuando éramos chicas, el papá de mi amiga Gogui me abrochó una camisa a las apuradas porque Celina me vino a buscar media hora antes de lo pactado. Tuve que salir corriendo del hidromasaje, y vestirme casi mojada. El papá de Gogui me dijo de ayudarme y sentí los dedos gruesos rozarme el pecho. Cuando llegó el ascensor, me empujó adentro desde la cintura y apretó el botón de la planta baja sin mirarme. Las manos de los varones son arañas”), no pagan la cuota del colegio de las hijas (“Mi mamá está harta de atrasarse con una cuota que nunca pudo pagar. Ella siempre especuló con que la pagara mi viejo, pero pasaron diez años entre jardín y primaria y él pagó sólo una vez los gastos de un campamento”), y se ríen –como Mariano en “Ratas”– cuando ven, en una película, a otro hombre golpeando a una muñeca inflable, poniéndole una bolsa en la cabeza y tirándola desde un puente.

No es extraño que este punto de vista –marcado, firme, insistente– pueda llegar a producir un grado de identificación tal que convierta al lector (al lector/a adecuado/a) en un hater masivo, y termine odiando, como le pasa a Harwicz, todo (menos este libro).


Los personajes de “Las Rusas” son porteños, y se mueven por Buenos Aires (Warnes, Donato Álvarez, French, Rodriguez Peña; Ortiz de Ocampo y Las Heras, Libertad y Arroyo; las calles y las esquinas son una constante en todo el libro). En los relatos hay departamentos con amenities, estudios de televisión, autos Mercedes Benz, un triplex en Libertador y Salguero con vista al río, un hotel cinco estrellas en Acapulco, y las situaciones que se narran, en su mayoría, son de iniciación, de fin de infancia, de adolescencia, de transición, y de recuerdos de nenas que dejan de serlo, que entran al mundo adulto. Todo con un halo de niños ricos con tristeza y salpicado con una serie de referencias (Clave de Sol, Carlín Calvo, Torpedos y otros palitos frutales, Palitos de la selva, Duquesas de chocolate) culturales y de marcas, de consumos masivos de los ochenta y los noventa –que tienen una impronta retro/nostálgica y funcionan como memes del tipo Si no recuerdas esto, no tuviste infancia.

Lo mejor del libro quizá esté en lo familiar, en las observaciones familiares. Todos tenemos o tuvimos madres, padres, abuelas, abuelos. Todos somos o fuimos hijos, hijas. Desde esa universalidad, y en lo filial, en particular, hay instancias muy logradas. Una constante en los relatos es la narración de pequeños eventos que quizá no hayan parecido gran cosa en su momento, cuando sucedieron, pero que dejan, silenciosamente, una huella profunda, y resultan traumáticos para un niño.

Qué han hecho con (de) nosotros, los adultos que nos tuvieron a cargo: qué serie de ventajas y desventajas –de impulsos y de lastres– nos legaron para vivir en este mundo. Ese quizá sea uno de los temas centrales del libro. Y yendo un poco más allá, dentro de lo familiar y, como contracara, en la zona de la maternidad es donde están las observaciones más agudas de parte de las narradoras de estos relatos, y es donde Monfort se luce: “Patriota”, el relato donde una madre con un hijo busca un departamento en alquiler, y “Ratas”, donde se narra, desde una madre, una situación que transmite una sensación opresiva, incómoda, al borde del horror, son, quizá, los dos puntos más altos del libro.


En “La furia del lavado”, uno de los últimos relatos, Monfort escribe: «El médico que me hizo el aborto era judío. Vivía entre Estados Unidos y Buenos Aires y contaba que allá el procedimiento era legal, seguro y rápido. Como debería ser en todos lados, dijo, y con Juan asentimos». Por momentos –y ahí quizá esté lo más flojo del libro– se enuncian, apenas, de un modo muy superficial ciertos temas, desde el título (“A veces me cansaba de atender a las mujeres que contaban cómo sus maridos les pegaban o pedían datos de dónde hacerse un aborto”). Pareciera, de a ratos, que Monfort escribe con un ojo en los trending topics y pone títulos, apenas, a nivel hashtag, de asuntos complejos y profundos que no desarrolla.

Es difícil, en verdad, pensar esta escritura sin pensar en Internet, en la comunicación escrita (en la escritura) a partir de Internet, desde los blogs hasta las redes sociales. La mayoría de los relatos (compuestos por párrafos con oraciones breves, una respiración entre lánguida y espástica, sin un gran despliegue léxico ni sintáctico) parecieran posteos, o mails. Hay un lenguaje normalizado (procesado) como el que leemos en las redes: todo se entiende, en los relatos de Monfort. No queda ninguna duda. Todo cierra. Y hay pasajes, incluso, con intenciones poéticas, que están entre el aforismo y el tweet: «Las piletas limpias siempre son promesas», «Los cuerpos son como jardines», «No hay señal de Internet que alcance para decir las cosas que pienso»; unas cuantas construcciones (frases de ese tipo) que remiten al dorso del sobre de azúcar y al microblogging.


Con lo más logrado a nivel punto de vista y observaciones familiares, los relatos de “Las Rusas”, a fin de cuentas, como saldo, dejan al sensación de haber dicho muchas cosas. De habernos dicho más de lo que nos mostraron. En pos de la instalación de ciertos temas, de la denuncia social, humanitaria, de la visibilización, los textos quedan a medio camino entre el cuento y el testimonio, entre el relato y el posteo; desperdician, por los temas que toca, la gran posibilidad que tenían (haber sido un cross a la mandíbula) y producen el efecto contrario al que buscan: cuando no cristalizan o fijan (reducen al título o a la proclama), introducen temas álgidos en la picadora de carne del lenguaje de las redes y los terminan minimizando y transformando en algo inofensivo. Temas pesados, profundos, complejos, dolorosos, no se tratan, no se muestran; se dicen, apenas, se enuncian, con una superficialidad que remite más, como decíamos, al hashtag, a la pancarta, que a las posibilidades que habilita el formato-libro: uno, como lector, se entera de que ciertas cosas pasaron –las narradoras de estos relatos nos lo dicen– pero, como si les faltara una dimensión, no terminamos de sentirlas (de experimentarlas) y, al cerrar el libro, nos queda la sensación de haber escuchado una especie de eco lejano de un grito que enseguida, como todo en las redes, se extingue, se apaga, desaparece.

 

Las Rusas
de Flor Monfort
por Rosa Iceberg (2018)
133 páginas