Antes de la madurez; después de la inmadurez

El espanto de lo mismo
Ni bien termino de leer un libro para Zigurat, busco entrevistas, videos, biografías de contratapa: cualquier cosa que me involucre con el autor.
Al principio lo hacía por inseguridad, para apoyar mi lectura en algo; ahora lo hago porque sí.
Es un berretín que ejerzo menos para disponer de material auxiliar que para entrar en una zona de contacto con la persona que escribe. Para acercarme a su forma de ver el mundo y limar un poco las púas de mi ego; para permitirme, contra mi predisposición natural, concebir al libro más como un acto expresivo de un ser humano que como una obra literaria.
La búsqueda me fue llevando a leer muchas cosas, entre ellas: otras reseñas. Y si bien primero me sorprendí con lo diferente que mi lectura podía resultar respecto de las de otros, ahora, después de seis reseñas, la sorpresa cede al espanto: no porque mi lectura sea más o menos meritoria, sino porque los demás, todos, parecen leer, siempre, lo mismo.

Shunga- Martín Sancia Kawamichi
Evaristo editorial (2017)- 222 páginas

Los dos Shungas
Shunga, el antiguo género pictórico del Japón, representaba relaciones sexuales (masturbatorias, de pareja, triples, orgiásticas) que involucraban a todo el espectro de la sociedad -incluso a monstruos mitológicos. Surgió en el período Edo, alrededor de 1600, y si bien siempre estuvo acosado por la censura, no fue hasta 1907 que fue legalmente castigado por el código penal japonés. El lector curioso puede consultar aquí una breve galería de este género que en occidente supo cosechar adeptos de la talla de Van Gogh o Picasso que, al parecer, tenía una colección de más de sesenta shungas.
Shunga, la última novela de Martín Sancia Kawamichi (publicada en una muy bonita edición de Evaristo Editorial, con triple arte de tapa de Japo Yamasato) está ambientada en una incierta aldea japonesa en un no menos incierto tiempo pero que, con seguridad, es un antes.
Kotaro acaba de enviudar de su segunda esposa, Oriko, y como es incapaz de producir llanto, envía a su criado Taru en busca de Mako, Kohana y Ukemi, las tres hermanas de la compañía teatral Izumi. El plan es contratarlas para que vivan en la casa llorando en turnos la muerte de su amada. La cosa se complica cuando Taru descubre que las Izumi no están en casa, sino que fueron secuestradas por el usurero Kazuma (antiguo y temible condiscípulo de Kotaro, de la época en que ambos aprendían a pintar bajo la tutela del maestro Iguchi Kai). Kazuma tiene a las hermanas en cautiverio, desnudas, en la copa de un álamo que le sirve de inspiración para escribir su libro ilustrado, custodiadas por cuatro nihonzaru (unos monos ultraviolentos).
Este es el punto de partida, el universo narrativo que propone Kawamichi en pocas páginas y del que se van a desprender, como spin-off independientes, muchos episodios de lejana incidencia en la trama principal pero que ayudarán a construir un perfil más rico de los protagonistas.
Los personajes se irán nutriendo de estas unidades mínimas y, cada vez que se retome la trama principal, el lector sabrá de ellos un poco más: podrá experimentar mejor sus comportamientos e, incluso, atenuar sus reacciones morales frente a ciertas escenas sexuales o manifestaciones del deseo -en las que no podrá dejar de percibir, además, cierto halo de belleza.

Un recuerdo
Crónicas del Ángel Gris tal vez haya sido para muchos de mi generación, lo que para otras hayan sido Rayuela o Historias de Cronopios y de famas. Un libro puente, un libro nexo. Uno de esos libros que, más allá de su valor literario, quedan grabados en el alma porque suceden en la vida de uno mientras esa vida se está construyendo.
Cuando recién empezábamos a interesarnos en la literatura, jóvenes, bebiendo nuestras primeras Quilmes Bock (que un mozo, convenientemente, llamaba book), dejando pasar las horas hablando de libros y de nosotros, de nosotros y de libros, recuerdo un momento: Facundo (el otro Zigurat) y yo aprendimos -o detectamos- el efecto demoledor que puede tener el blanco del papel después de un rotundo punto final. Recuerdo un capítulo del libro de Dolina que terminaba en la mitad de la carilla izquierda y te dejaba enfrentado, después de esa última frase, a una página y media de blanco.
Tremendo.
Uno de los grandes logros de Shunga es volver a poner al lector frente al efecto pictórico de la página. La sintaxis y la puntuación usan la página trayendo ecos de una oralidad pretérita que no es la nuestra: daría la sensación de que Kawamichi narrara como antes -como en algún antes- se contaban las historias.
En parte, por eso su novela remite a las grandes tragedias griegas o isabelinas: si uno mira las páginas como quien pasa revista, percibe una pintura textual más cercana al guión o a la dramaturgia que a la novela.

Unidades mínimas: la periferia de la obra
Como si se tratara de una serie noventosa, cuando el formato respondía aun a las exigencias televisivas, Kawamichi, con envidiable sentido del timing, puebla la periferia de su obra de unidades mínimas tanto o más atractivas que la trama principal: los fragmentos del libro ilustrado de Kazuma, los sueños de Ukemi, las anotaciones de Kohana e, incluso, cuentos breves y micro-narraciones auto-conclusivas, pululan por ahí haciendo gala de una belleza singular y a la vez conocida, que remite un poco a la fábula.
Uno termina conociendo a los personajes, no por las descripciones ni el desarrollo de sus peripecias, sino por acceder a sus recuerdos, a sus memorias, a episodios (o documentos, incluso) de sus vidas que tal vez no se vinculen directamente con la trama pero que hacen que cada diálogo, cada palabra pronunciada por los personajes, estén cargados de una potencia que, de otro modo, tal vez no tendría.
El efecto es entrañable.

Agua que sufre
En Shunga todo está al servicio de la imagen como instante eternizable donde el universo parece caber, entero, en una frase o en un párrafo. Es la condensación lo que logra el efecto, pero no la condensación de sentido, no la síntesis que puede dotar de potencia a una frase que encierra al universo por prepotencia significante: no, las imágenes que construye Kawamichi condensan posibilidades, se cierran en sí mismas para contener, en sí, todas las posibilidades.
Por eso, a veces, sobre todo en las primeras páginas, pueda parecer que incluso el lenguaje ceda al impulso de la imagen poética: que, a veces sufra ese impulso sacrificando su propia sonoridad o, por ejemplo, relaciones de concordancia verbal que puedan romper, momentáneamente, el encanto de la imagen.
Los diálogos son un punto fuerte de la novela y también remiten a lo teatral. Diríase que tienen la contundencia frasísitica necesaria para la dramaturgia, pero que a su vez son embellecidos por la literatura:
«-Está llorando -dijo Ukemi, confundida por una gota de rocío que había caído sobre el ojo derecho de Aneko.
-No, no es llanto -le respondió Mako-. Es agua.
-El llanto también es agua -insistió Ukemi-. Agua que sufre.»
 
Nieto Senetiner
Shunga es un libro al que uno no puede enfrentarse de un modo prestablecido: es un libro que impone múltiples experiencias y que se gana su propio modo de ser leído a fuerza de jugar con la previsibilidad, con lo que uno espera de una novela. Por eso resulta curioso (y muy desalentador) que nadie haya leído en Shunga otra cosa que Japón, sexo y fantasía.
En alguna entrevista, Martín dice que nunca sabe si lo que está escribiendo es para chicos o adultos y que, incluso, el libro de historias de animales que terminó publicando Sudamericana en su colección infantil, fue concebido por él como una colección de pequeños textos para adultos.
Esa anécdota puede darnos una idea bastante acabada de la zona en la que trabaja Sancia Kawamichi. La zona de la que salen sus textos, a caballo entre la fantasía, la fábula y la tragedia, que es también la zona a la que apela su lectura. Ese limbo al que alude, por estos días, el nuevo vino de una reconocida bodega (la zona que está antes de la madurez y después de la inmadurez) y a la que Shunga nos arrastra para conmovernos.
Que lo logre o no, dependerá, ya, del lector.

Shunga
de Martín Sancia Kawamichi
por Evaristo Editorial (2017)
222 páginas