Más allá del artefacto

Los talleres de escritura de Liliana Heker no son para hacer terapia, ni para hacer amigos, ni catarsis. No se comen tortas, ni galletitas. Se trabaja todo el tiempo. Se corrige veinte o treinta veces un mismo cuento, y las críticas son lapidarias, feroces. El objetivo final es que el artefacto-cuento funcione, que sea efectivo. Absoluto. Inmejorable. Se busca la palabra exacta, el adjetivo perfecto. Y en los cuentos no debe sobrar nada. No hay lugar para lo fláccido ni para blando y, por lo que cuentan alumnos y exalumnos, no es para flojitos: el trabajo es de una disciplina y una exigencia tal que remite a lo militar o, en lo civil, a un centro de entrenamiento de alto rendimiento, al estilo crossfit, donde se busca la perfección de la máquina narrativa y, en muchos casos, también, a algunos hasta les salva la vida –los reinserta en la sociedad o les devuelve (o les da por primera vez en la vida) un rol cívico.

“Excelencia”, “inteligencia”, “rigor”: con su habitual estilo taxativo, concluyente, Liliana Heker escribe la contratapa de “Una tristeza decente”, el primer libro de cuentos de Salvador Marinaro, editado por Nudista, y ahí hay una punta ineludible como para empezar a tirar del hilo.

El método Heker, su escuela, heredera (e indivisible) del método Castillo (de Abelardo), abreva en el cuento norteamericano (Hemingway, Cheever, Carver, Salinger, etcétera). De esa escuela, es notorio, vienen los cuentos de Marinaro. Son perfectos, modélicos, artefactos, mecanismos de relojería, puntas de icebergs que sugieren, sutilmente, aquello que subyace. Los cuentos empiezan in media res, activando el rol participativo del lector; son de frases exactas, pulidas, como dagas; de un recorte preciso en lo argumental; del mejor punto de vista posible en pos del efecto; y de finales que, lejos de cerrar, abren. De ahí viene Marinaro, y todo eso está en sus cuentos, ahí evidentemente es donde fue formado, pero hay, también –o empieza a haber–, algo más allá de la búsqueda de perfección y de que la máquina funcione y sea implacable.

A esta escuela de escritura le cuesta mucho, habitualmente, ejercer la frase, atender a la música del lenguaje. Seguirla, dejarse llevar. En busca de la trama perfecta que genere el efecto-máximo en el lector, prima, sobre todo, en los escritores que se desprenden de esta escuela, la economía lingüística, las oraciones breves, de una respiración entrecortada, algo espástica, y las frases no pasan más allá de lo correcto, lo comunicable. Acá es, justamente, donde Marinaro empieza a desmarcarse y a dar la sensación de que, sí, es cierto, viene de esta escuela, salió de ahí, y ejerce, pero tiene algo que lo convierte, o empieza a convertirlo, además, en un escritor un poco más complejo.

Una tristeza decente- Salvador Marinaro
Editoral Nudista (2018)- 110 páginas

El trabajo de los textos, en primer lugar, pareciera del orden de lo pictórico. Hay un un fondo y hay capas, hay elementos y detalles, desde lo material, en diferentes niveles que generan una composición. Lo que sorprende en Marinaro es que desde ahí, desde la composición y el entramado, ejerce la frase con una evidente sensibilidad. Marinaro “viene” de la poesía –en 2010 publicó “Sinfonía de mareados”, un libro de poemas–, y probablemente ahí haya una explicación posible para esa fibra sensible en lo musical, lo que le da un plus en la frase y en la narración que se hace evidente en las voces de los narradores, en la amplitud de registros que hay en el libro, y en la posibilidad de cambiar naturalmente –a veces sin que el lector lo note– de tono y de emoción.


En “Una tristeza decente” hay algunas reiteraciones y continuaciones temáticas y de lugar que sugieren una apuesta conceptual desde el orden de los cuentos en el libro. Los vínculos familiares gastados, tensados, quebrados o al borde del quiebre son una constante, al igual que la violencia –latente y explícita, ejercida y soportada– y el acoso (hacia los diferentes, siempre, los más débiles, los disminuidos), muy sutilmente referidos, narrados de tal manera que generan una identificación inevitable (una total empatía) con aquellos que padecen, con los que sufren.

Hay cerros, miradores, montes, diques, islotes y bosques en Marinaro. La naturaleza es parte fundamental de su zona. Y ahí, en esos territorios, es, sobre todo, donde se abisma el componente extraño, ominoso, inquietante que predomina en los cuentos del libro.

Un motor fundamental, también, es el de los desplazamientos: los que se van, los que vienen, los que se fueron, los que vuelven, el movimiento y los viajes son un elemento clave en las tramas. Al igual que la religión, siempre con una mirada crítica en referencia a cómo en ciertos lugares del interior del país, más bien conservadores, la iglesia católica, curas mediante, rige, organiza, adoctrina y coacciona.


Si a los cuentos Marinaro los concibe, evidentemente, como artefactos, al libro también: el sprint final sorprende y, parabién, descoloca; deja a uno, como lector, extrañado y con ganas de más. Los primeros ocho cuentos, aunque bien diferentes entre sí, conforman una constelación definida. Pero en los últimos cuatro cuentos, Marinaro incorpora elementos que abren las puertas al escritor que (también) es o puede llegar a ser.

En La obra de Mastroverdi, la ironía y el humor, desde la historia de un escritor que da talleres de escritura y ya no puede escribir. En Los suplicantes, lo fantástico, desde cuatro personas que piden monedas para comer (literalmente, comen metales). En La cacería, uno de los mejores cuentos del libro, una expedición accidentada en busca de restos fósiles, de un clima opresivo y salvaje que remite, en el tono, a la lectura de Zama que hizo Lucrecia Martel. Y en Cruzar la autopista –el cuento final, magistralmente narrado–, la ciencia ficción, desde un joven que sale de un pueblo fantasma rumbo a la gran ciudad, y uno, ahí, al final, como lector, queda como suspendido, algo en ascuas, y con ganas de más. Con ganas de seguir leyendo a Marinaro. De que este libro no se termine. O de que publique otro, pronto. Porque ya es, evidentemente, un escritor maduro, sólido, decidido, que hay que leer, pero pareciera, también, que, además, tiene un proyecto de escritura que habría que seguir de cerca, y no perderle pisada.

 

Una tristeza decente
de Salvador Marinaro
por Nudista (2018)
110 páginas