Una alegría espontánea y abundante

Por LEANDRO DIEGO

Antes de la rotonda de Blas Parera que funciona como acceso al puente Debenedetti hay un pastizal donde siempre da el sol. Los árboles son pocos y petisos y los arbustos nunca están frondosos. De tres a cuatro veces por semana presencio allí la siguiente escena: un perro no hace otra cosa que exhibir su cariño desesperado (se trepa, lame, se para en dos patas) pero el tipo con el que anda no le devuelve un mimo a menos que haga alguna gracia, como por ejemplo sentarse, y ahí sí, entonces, le acaricia la cabeza, le soba el lomo, lo besa.
Nunca pude sostener un vínculo así con mi gato. Ni con mi gato ni con nadie: siempre me costó mucho  ubicarme por encima, asumir cierto poder (¿culpa del fantasma del tío Ben?) aunque sea con fines benéficos.
A veces me pregunto si ese amor dirigido, si ese vínculo, por así decirlo, vertical, no será un tipo de vínculo superior a los que supe construir: quién sabe si en el fondo no se trata de una cuestión de vectores que neutralizan la jerarquía, no en la horizontalidad, sino en una verticalidad que, cada tanto, según lo que venga, cambia de vector: apunta al tipo en ciertas circunstancias, y al perro en otras.


Cuando el Aurelio encuentra el cadáver de la vaca que le había comprado a los Gabioud, lo primero que ve es que le falta la carretilla, la ubre y que está tajeada debajo del rabo. Después, que le falta un ojo, la lengua y que la carne, chamuscada alrededor de los cortes, da la impresión de haber sido quemada. Ni los animales ni los insectos se le acercan, y el cuerpo no hiede ni se descompone. En el pueblo ya se habla y en la televisión ya se comenta que en La Pampa, que en Santa Fe, que en Pergamino… pero Qué pavada, piensa el Aurelio, eso del chupacabras.
Así, en un principio que plantea un misterio y propone una eventual explicación que a la vez desestima, Belén Sigot (Pronunciamiento, 1979) nos presenta Vacas, novela corta que oscila entre los hábitos y la intimidad de una sociedad rural acostumbrada a la repetición, y sus múltiples y emocionales reacciones frente a lo desconocido.


Un modo de narrar, escribe Piglia en la presentación de «Hombre en la orilla» de Miguel Briante, que viene de Faulkner (o mejor, de la manera de narrar que Faulkner aprendió de Conrad): donde no se narran los hechos, sino los efectos de esos hechos. [Relatos que] buscan transmitir la emoción de la experiencia y no su sentido.
Vacas va un paso más allá: no narra el efecto de los hechos, sino el efecto de las narraciones de esos hechos: los efectos del chisme. Un efecto, el chisme, que bien puede transmitir o no un significado, un sentido (las más de las veces falso) pero que transmite, sobre todo, una cierta emoción frente a lo que, en rigor, se desconoce.
Con sus variantes, con los prejuicios y estereotipos modeladores de experiencia de cada grupo o clase social, Sigot trabaja los discursos como los vive el pueblo que retrata: como si fueran hechos o, mejor dicho, como si hicieran hechos. Así, el enigma al que se enfrenta el Aurelio, por ejemplo, como dijo Luis Sagasti, primero aparece como chupacabras, pero cuando el mito va hacia la ciudad, se tecnifica y aparece como plato volador.
Lo que se narra es lo que otros narraron o lo que, en algún momento, se dijo, impersonalmente, en el pueblo. Los hechos siempre se refieren, nunca se cuentan: todo lo que nos llega son versiones y con ellas, como en Shunga pero distinto, el texto se expande en historias de pueblo, chismes y anécdotas. En ese sentido, Vacas puede leerse como novela coral; pero su coralidad, más que un recurso, viene a ser una consecuencia de la figura narrativa.


Una procesión, una inundación, un paisano que queda turulo después de ver unas luces que subían y bajaban, el avistamiento de una alimaña de cola larga como la de los monos que mira como miran las personas y una mujer que se entera de la muerte de otra mientras le cura el empacho, son algunos de los hechos que se refieren en la novela. Y quienes los refieren son personajes (de los que se cuenta, a veces, también su historia) como: el Pocho Berthet, el Tatán Vanerio, el Lagarto Gauna (un pajerito acosador que es mentado en una imagen tan sutil como aterradora: veces las chicas que volvían a sus casas por la noche a través de las calles más oscuras veían la brasa de su cigarrillito), el Moscón Gutiérrez, el Rata Gallay o el Tulio Follonier (que se pasó meses encerrado en la fosa de un taller mecánico tomando leche y comiendo hojas de sauce, empollando un huevo del que saldría una serpiente o un demonio).


A mí modo de ver, esa debería ser la base de cualquier tipo de expresión artística: una alegría espontánea y abundante. La originalidad, en cierto sentido, no es más que uno de los resultados de ese deseo, de ese impulso de transmitir a la gente una alegría ilimitada por lo que se hace, una sensación de libertad, escribió Haruki Murakami por ahí.


Las experiencias desconocidas a las que son sometidos los simpáticos entrerrianos que compone Sigot y frente a las que reaccionan como pueden son, sobre todo, presencias: una animal (la progresiva cantidad de vacas desaparecidas y mutiladas); una humana (Noordember, un comunista que se arma una casa en el monte, cerca de la peonada, y que sorprende al pueblo con actitudes como rechazar el abanderamiento de su hija en una procesión –La escuela pública argentina es laica. Nuestra hija no asistirá a esa procesión– o pagarles copas a los peones para instarlos a tomar consciencia de clase); y una fantasmal (el doctor Urich, otro comunista que nadie sabe si todavía vive pero que todos recuerdan por haberle cosido veinte puntos sin anestesia a la pierna del Moscón Gutiérrez y por tener en su jardín, además de una boa que cada tanto se le escapaba, sapos, caracoles, ratas blancas y yacarés que ganaban, cada tanto, las calles).


Quien encuentre dulce su patria es todavía un tierno aprendiz; quien encuentre que todo suelo es como el nativo, es ya fuerte; pero perfecto es aquel para quien el mundo entero es un lugar extraño, dijo Hugo de Saint Victor. Y con esa extrañeza universal narra su intimidad la voz impersonal que construye Sigot, interviniendo poco en el espectáculo del mundo humano que ofrece. Incluso, cita sin violencias gráficas (sin guiones, comillas, ni cursivas), acaso para preservar la música, la sonoridad del habla de los personajes.  Si, como creía George Steiner, la gramática es la música del pensamiento y la sintaxis contiene una visión del mundo, una metafísica, Sigot nos la hace llegar a través de la amorosa figura narrativa que inventa.
Tanto los hechos como los personajes son introducidos como si estuviera hablando alguien tan íntimo al relato como los propios protagonistas, pero a la vez tan distante a ellos como para tener que decirlos. Como si la entidad que narra, incluso cuando narra lo obsceno, de algún modo, les rindiera homenaje a los narrados.
Uno podría decir que en Vacas narra el pueblo, pero no un nosotros, implícito o explícito, como el de Faulkner, sino el pueblo como geografía, superficie, tierra. Algo de tipo filial hay en la forma en que se narran los lugareños, los hechos, los dichos, como si la figura narrativa, de algún modo, lo contuviera todo. El vínculo de esa figura con el micro-universo que nos narra es el que uno tendría, por ejemplo, si quisiera narrar la vida de sus células: sin juicios, con ternura, con amor; pero a la vez, como si en verdad narrara las células de otro, con un dejo de envidia divina, con la nostalgia de quien registra pero no experimenta. La experiencia, siempre referida, es lo que la figura narrativa de Vacas desconoce:
dicen que es bellísimo, a pesar del miedo que da, ver correr una centella por los hilos de las alambradas.


Can you feel my heartbeat?, cantó Nick Cave el pasado miércoles en el Estadio Malvinas Argentinas, y el coro replicó, ilustrando: pum, pum, pum. Can you feel my heartbeat?, repitió Nick y esta vez llevó las manos del público a su pecho, para que sintieran: pum, pum, pum. La escena parecía calar hondo en las personas: estaban experimentando algo que yo no. Mi experiencia era otra: contemplar una emoción humana, ajena, con esa mezcla de asombro y fraternidad (con un pie adentro y otro afuera) que no excluía el rotundísimo bebideeeeeeeeee de los cocacoleros pasándome por el costado.
Quien pueda gozar del cocacolero con la misma intensidad que goza de Nick Cave, quien pueda vivir esa mixtura con amor, como si la humanidad estuviera acariciándole la cabecita, transmitiéndole su experiencia del mundo; quien pueda experienciar el mundo como una enseñanza, como si hubiera algo que aprender más de la totalidad que de las personas, alguien así podrá gozar también de la alegría espontánea y abundante, de la sensación de libertad que transmite Vacas, el libro de Belén Sigot elegido en forma unánime por Alan Pauls, Luis Sagasti y Vera Giaconi en el Concurso Regional de Nouvelle EMR2018.

 

Vacas
De Belén Sigot
por :e(m)r; (2018)
101 páginas