Tras los pasos del gen

Cada tanto llega al taller alguna señora con la intención de escribir la historia de su familia. Algún que otro hombre, también, pero son los menos; en su mayoría son mujeres de mediana edad, señoras, las que quieren escribir la historia de su familia o de alguien de su familia, de su madre, de su padre, de algún tío. La mayoría de las veces, lamentablemente, eso no llega a buen puerto. El tío Abel era un hombre maravilloso, extraordinario, humilde, generoso… Así, por decir algo, suelen empezar muchas de estas historias y lo que sigue a eso, de mi parte, es una primera devolución incendiaria: la propuesta de destruir todo y empezar de cero desde una nueva forma de pensar, de sentir y, en consecuencia, de narrar (una propuesta a la que la mayoría de las señoras que pretenden contar la historia del maravilloso tío Abel no suelen estar dispuestas). Cómo narrar una historia familiar, no lo sé, tengo algunas sospechas, sé cómo no-hacerlo y trato de transmitirlo, y sé, también, a partir de ahora, que a la próxima señora que se me aparezca con la idea de contar su historia familiar le voy a pedir que, antes que nada, me lea 17 kilómetros, de Eliana Madera.

A las veinte o treinta páginas uno se pregunta por qué 17 kilómetros es una novela. ¿Qué tiene de novela esta serie de fragmentos? La respuesta que más me convence es que cualquier cosa, en manos de alguien que escribe bien, es una novela. Cualquier cosa y, sobre todo, una serie de fragmentos, de retazos: un patchwork. Por eso creo que 17 kilómetros es una novela, porque Eliana Madera escribe muy bien (desde una primera persona entre lo seco y lo irónico) una serie de bloques de tres o cuatro carillas cada uno, de retazos que, juntos, dispuestos como ella los dispone, conforman un tejido cuya totalidad es mucho más que la suma de las partes.


Este año se publicó Los Sorrentinos, de Virginia Higa, por Sigilo, una novela atípica para lo que se viene publicando últimamente. Y hay varios links entre ambos libros y ambas autoras: los dos libros –tanto 17 kilómetros como Los Sorrentinos– son primeras novelas, los dos están escritos por mujeres, las dos nacieron a mediados de los ochenta (una generación que de a poco empieza a afianzarse en la narrativa local), las dos, tanto Higa como Madera, son del interior de la provincia de Buenos Aires –Bahía Blanca y Carlos Casares–, las dos son muy buenas narradoras y, aunque con apuestas diferentes, las dos cuentan historias familiares, totales, de varias generaciones, con un tono irónico y por momentos humorístico.


Las generaciones que narra 17 kilómetros son al menos cuatro, de abuelos a nietos, pasando por tíos y primos; una familia no–peronista de Carlos Casares, una ciudad al sudoeste de la Provincia de Buenos Aires, sobre la ruta cinco, donde abundan las mujeres y hay muy pocos hombres, con usos, costumbres y modismos “de pueblo”, una vida de cine y continuados, de luciérnagas y de perros, de vacas, de caballos, de siembras y de supersticiones y de hablar con los muertos.

17 kilómetros- Eliana Madera
Metalúcida (2018)- 203 páginas

La voz que narra esta novela es la de una narradora–testigo que repasa la historia familiar a partir de recuerdos y, muchas veces, de fotos, tras los pasos del gen. La búsqueda del gen en la familia, y la intención de entender cómo funciona, es la columna vertebral del relato. No se sabe bien qué es el gen. Hay aproximaciones. Se sabe que no es algo bueno (nada del gen podía ser bueno, no al menos que yo supiera), que tiene consecuencias (el gen te convertía en puta o en solterona), que es inevitable (cómo no contagiarse, si el gen estaba en todos lados), que puede estar ahí pero inactivo (Raquel con el gen aún dormido, soñaba con ser secretaria bulingüe), que es algo imperfecto (tan perfecta era Corina que era difícil asociarla con el gen), algo feo (no fue una tarde como todas las demás, sino más bien algo fea, como el gen), que tiene etapas (no sé en qué etapa del gen se encontraba, supongo que era la mentirosa) y que tiene variaciones y muta según las personas y el contexto.

Diecisiete kilómetros es la distancia que hay entre la casa donde nació la protagonista y la casa de sus abuelos. El título está muy bien porque lo que se narra, en esencia, son distancias. Se narran esos diecisiete kilómetros, sobre todo, de una casa a la otra, pero también se narran otras distancias, las distancias entre familiares –de una nieta a un abuelo, de una prima a otra, entre tíos y sobrinos–, entre vecinos, entre humanos y animales, entre Carlos Casares y Buenos Aires.

Para los que tuvimos, de chicos, la experiencia de haber visto los campos del interior de la provincia de Buenos Aires sembrados con girasol y el paisaje cambiando con la salida y con la puesta del sol, de la mañana a la tarde, a cada hora un color, un campo distinto, las siembras que vinieron después, los  campos de la soja, nos resultan insulsos, chatos, y un emblema del fin de la infancia. Esa es una de las líneas de la novela: la transformación y los cambios de los ochenta y los noventa, tanto industriales como culturales, y el impacto en una ciudad del interior de la provincia; las actualizaciones y la adaptación, o no, de cada uno de los miembros de esta familia al nuevo mundo, con negocios fallidos, como el salón de belleza canina, la rotisería, el mal cambio del tambo por el feedlot, o, en el caso de Haydee, la incursión en “lo espiritual”, de la mano de la new age, y un cambio cultural que se convierte en negocio y en modo de vida.

Los personajes (las mujeres) de 17 kilómetros podrían dividirse entre las que hacen y las que no. Las que hacen, claro, se equivocan, o se dan la cabeza contra la pared más de una vez. Y las que no, las que miran –el plenario, una especie de conciliábulo de mujeronas arpías–, no perdonan. Son lapidarias. De Vivi, por ejemplo, el plenario decía que “no se había casado porque lo único que le gustaban eran los perros, decían que para que le gustara un hombre, tenía que tener cola, hocico y pelos por todos lados”, de la Tati, cuando la ven en televisión, “las primas opinaron que era cierto que la televisión engorda”, de los políticos de Buenos Aires que eran “falsos como las tetas de Corina, decían las más ácidas del plenario y tomaban mate haciendo ruido con la bombilla para resaltar su enojo”.


Se le agradece a Madera, en este libro, el aire que le devuelve a nuestros pulmones de lectores, algo que escasea hoy en día, en los tiempos espásticos de las redes y el microblogging, donde se escribe narrativa como se twittea. En 17 kilómetros las oraciones son largas, respiran y suenan bien. Sin vueltas y sin dejar, nunca, de ir al grano, Madera escribe usando el oído, con la idea de que un libro es una música, y esa música tiene que sonar.


Hay muchas mujeres en la novela. Casi no hay hombres, y eso tiene un motivo. “Con los años”, dice la protagonista, “empecé a pensar en nosotros como un matriarcado, de la generación de mis abuelos casi todas las hijas fueron mujeres, la mitad de ellas se quedaron solteras y la otra mitad, incluidas mamá y la tía Selva, se divorciaron”. El de los hombres es un tema problemático, sin resolver, que echó raíces y probablemente, también, instaló algún trauma en la protagonista. “No acordarme dónde está Hugo en esa foto me pone nerviosa porque la psicóloga dice que en la familia no hay lugar para los hombres, y yo pienso que es lógico porque en general no hay hombres a los que hacerles lugar, pero igual lo de la foto me preocupa porque la psicóloga usa la palabra sintomático, y todo lo que suena a síntoma me hace pensar en el gen”. Los hombres son un problema para la protagonista y también para la familia, para este matriarcado que tiene el gen, como se ve cuando nace Tahiel, el hijo de la tía Selva, y la tía inmediatamente se divorcia: “la familia ganaba un varón pero perdía al otro. Se ve que nuestros genes no soportaban demasiados hombres juntos y por eso la cuenta tenía que equilibrarse”.


Tratar de entender a los otros, a la familia, y a ese gen –inevitable, mutante, indomable– que uno lleva consigo, es empezar a entenderse a uno mismo. Algo de eso hay en este libro, de intención de autoconocimiento. Desde los otros, desde la familia, se reconstruye la identidad de la voz que narra esta historia. Pero si 17 kilómetros es un buen libro es porque hay algo más, porque Madera da el salto y no sólo expone una historia familiar, como tantas otras, sino que hace algo a partir de eso. Como lectores, podemos ver y experimentar la historia a la par de la protagonista porque Madera trabaja con gracia sobre el lenguaje, desde el oído y la sintaxis, en lo musical, generando reflexiones singulares, logradas, con imágenes vívidas, desde la experiencia, y a partir del punto de vista una mujer que nació y creció en un lugar áspero, rodeada de personajes algo rústicos, teniendo el don y el látigo de una sensibilidad fina y la capacidad de leer entre líneas y ver siempre un poco más allá de los acontecimientos.

 

17 kilómetros
de Eliana Madera
por Metalúcida (2018)
203 páginas