Se alquila casa con fantasma

Toda casa está habitada por un silencio fundamental, un principio de identidad restringido a sus habitantes y limitado entre dos mudanzas. La historia de una casa no empieza con ladrillos y argamasa, sino con juegos de cocina, cajas de libros y valijas de ropa. En ese proceso, se pinta la clase social en los muros, se amuebla la ideología, se instalan los deseos, las aspiraciones y emergen de repente las miserias de los que viven entre esas cuatro paredes. A veces, la historia previa vuelve a modo de anécdota (“acá, antes vivía un viejo solitario”, “una pareja con un bebé”, “una mujer que se fue a vivir al exterior”), aunque esa narración es anulada por la mudanza, que marca un antes y un después, y limpia a fondo las marcas del pasado.

La literatura está llena de residentes que vuelven o nunca abandonaron la casa, incluso después de muertos. Estos relatos se fundan en un problema de base: nadie quiere heredar el pasado ajeno, más aún cuando ese ayer es de dolor, tragedia o miseria; nadie quiere la memoria del otro. Ese miedo le da cuerpo al fantasma, que estorba la fiesta clasemediera de la casa nueva y no presta atención a las renovaciones o mudanzas. Lo que genera horror no es el espectro en sí, una entidad débil, vaporosa, casi inexistente, sino lo que interrumpe. La obligación moral de detenerse y escucharlo.

Una casa de pie- Leandro Ávalos Blacha
Clase turista (2018)- 60 páginas

Una casa de pie de Leandro Ávalos Blacha retuerce el típico relato de fantasmas. Editada por Clase Turista, la nouvelle cuenta la historia de un chico que encuentra en su sótano a una nena tejiendo. Hasta acá el libro mantiene los elementos del terror: la casa nueva, los ruidos en el sótano, las apariciones y el más joven de la familia como único interlocutor del fantasma. Sin embargo, lo escalofriante no es la presencia fantasmagórica, sino su relato, lo que tiene para contar. La nena es, o era, una inmigrante boliviana, explotada en un taller clandestino que funcionaba allí mismo, en la casa refaccionada con esmero por la madre del chico.

“Fueron meses de trabajo. Primero, para reconstruir el estado semiderruido en el que había quedado la estructura. Después, para que mamá se encargara de la decoración. Recién entonces llegó la mudanza”, se lee en una de los primeros párrafos. La insistencia sobre el mobiliario y la decoración no es un detalle menor, ya que el problema de clase atraviesa el libro y a cada uno de los personajes.

La relación entre humano y fantasma no parece representar ningún peligro, de hecho se hacen amigos. “La chica tejía sobre un cajón de verduras que usaba como silla, y no se asustó al verme. Yo tampoco. Tan tranquila y natural se la veía, que nada me hacía pensar que no tuviera un motivo para estar allí”. Ella sigue cosiendo con prolijidad, le fabrica prendas de regalo y le enseña a tejer; los dos chicos hacen travesuras juntos, como cerrar las mangas, cambiar los cortes y costuras de los vestidos de la madre. “Ella era muy creyente y se asustaba con la posibilidad de que un Dios la castigara por ser mala. Los espíritus podían sufrir y ser torturados peor que los vivos”, cuenta el narrador sobre Mari Luz.

De a poco, la historia de la nena aparece. El espectro cuenta cómo llegó a la Argentina con su madre y su hermana, y cómo el patrón las mantuvo encerradas con otras costureras. El relato avanza sobre la imposibilidad de una clase media para atender la miseria y la explotación de los otros sectores sociales. El racismo y el silencio implícito de los personajes explica la emergencia: la historia de una nena muerta por un incendio en un taller clandestino solo es atendida porque vuelve como un fantasma.

Quebrar el silencio es la apuesta del autor de Berazachussets, en la medida que el chico sufre en su propio cuerpo lo que le cuenta Mari Luz. A pesar de las remodelaciones, la nena nunca abandona el encierro del taller clandestino ni se presenta a los adultos, a la vez que el chico va perdiendo sus pocos amigos y el contacto con la realidad por fuera del fantasma. “Lo que les molestaba era que Mari Luz fuera boliviana”, piensa el chico cuando decide contarle a los amigos de sus padres que hay una aparición en el sótano. El problema no es la entidad sino su origen de clase y nacionalidad. Así, se superponen varias formas de aislamiento.

Como plantea Daniel Link, “los fantasmas tienen su potencia y esa potencia es una fuerza de desintegración (…), está siempre allí como señal de la inconformidad de toda caverna, de cualquier casa, y de lo infinito del mundo”. El espectro emerge de aquello que no es atendido o escuchado. Así, la peligrosidad de Mari Luz surge luego de narrar su propia historia y la de sus compañeras costureras. El fantasma arroja la maldición después de hacerse escuchar, después de contar una historia de explotación infantil que sigue reproduciéndose al ritmo de la sociedad de consumo.

En cierto sentido, el libro de Leandro Ávalos Blacha dialoga con una generación de autores jóvenes que vivieron la crisis del 2001 y exploran las variables del horror. La potencia de Una casa de pie no se concentra tanto en los elementos góticos, los fantasmas, los asesinos enmascarados, las pesadillas infernales, sino en la mirada sobre la sociedad. La transición del relato hacia el grotesco y los chispazos de humor negro refuerzan la crítica social. Con fantasmas o sin ellos, lo terrible de la narración es lo que tiene de realista, el terror ante la incapacidad de una clase para escuchar los gritos de auxilio. Por eso, Una casa de pie es más que una historia de fantasmas, es el resultado de una experimentación, de un juego entre el realismo y el gótico, que busca desempolvar la literatura de crítica social.

 

Una casa de pie
de Leandro Ávalos Blacha
por Clase Turista (2018)
60 páginas