Mirar a los ojos es algo cultural

El hotel Tribeca Buenos Aires Apart tiene un escueto living exterior, antes de la puerta de entrada, con sillones de mimbre y una mesita con ceniceros. Con Fernanda Mugica intercambiamos libros. Durante la charla, voy hojeando algunos de los poemas de El núcleo duro (Goles Rosas, 2015). El poema homónimo dice “a veces necesito pronunciar mentalmente la palabra concha / no como una interjección o una queja sino como un sentimiento”. Esa desmesura, el impulso craneano de la escritura (incluso aunque literalmente no se esté redactando) que ejecuta la forma física de lo que se siente, es un primer paso para buscar nuevos mundos: aquí las palabras no dicen lo que comúnmente predican, sino que se deforman, mutan, ventilan, preguntan a la vez que arrojan certezas.

Decía Ginsberg que “la poesía, generalmente, es una articulación de sentimientos. Un sentimiento es un impulso que se inicia dentro. Como el impulso sexual. Es casi tan definido como eso. Es un sentimiento que empieza en un lugar del fondo del estómago, asciende por el pecho, sale por la boca y los oídos y se revela como un aullido, un arrullo, un suspiro. Algo que, si uno lo pone en palabras observando alrededor y tratando de describir lo que te está haciendo suspirar -y suspirar en palabras-, simplemente articulas lo que sientes. Tan simple como eso”.

Poner en palabras. El caso es que cuando se inicia el recorrido sanguíneo que utiliza el lenguaje como vehículo, se establece una suerte de “traducción”. La poeta no sería una inventora ni una suerte de demiurgo sentimental, sino una suerte de traductora: toma los elementos circundantes a la emoción y la perspectiva, que luego van a parar a su versión escrita. Esa versión -el montaje del poema, digamos- es su forma de habitar el mundo a través del lenguaje.

El lenguaje se abre. Ocurre algo extraño y encantador cuando nos topamos con una búsqueda poética que trata de clarificar antes que sobreentender: los silencios son tan importantes como lo que está dicho. En Un billete de mil australes encontrado en un libro de Carl Sagan, de Fernanda Mugica (Editorial Municipal de Rosario, 2018), eso que se dice contiene el peso mismo de la experiencia: todo está pasando ahora, a la vez que leemos. No es necesario el ornamento fútil de los vocablos agregados a propósito, ni tampoco los giros lingüísticos propios de quienes quieren parecer “complicados”. Sin embargo, sencillez no es simpleza: la palabra usada es la única posible, la indicada en su medida justa. El ojo del lector/corrector, que lee hambriento de probar su sapiencia para con el libro antes de entender lo que el libro propone, la va a pasar mal con la poesía de Mugica: todo lo que ella ha escrito está sucediendo -una especie de agujero negro espacio-temporal donde coexistimos con el poema- y no hay forma de adelantarse ni predecir el golpe que, en el último verso, va a acabar con las expectativas. Fuimos puertas secretas entre un montón de gente, dice un poema: existe un registro puramente anecdótico que no alcanza para generar una nueva pregunta y ahí se instala el elemento de extrañeza, esa atmósfera que combina lo real (lo realista sucio, lo real urbano, lo real actual) con su contraste (hombres rana, anotaciones sobre teoría bélica, paisajes neuronales de arena y mar, cerebros rabiosos). El mundo es una locura y es necesario dejarlo por escrito.

La chica del núcleo. Fernanda Mugica nació en 1987 en Mar del Plata. La solapa del libro publicado por la Editorial Municipal de Rosario (cuyo Primer Concurso Nacional de Poesía en 2017 le otorgó una mención, haciendo posible su edición) cuenta que es Profesora en Letras además de poeta. Y ser poeta sub-32 no es un dato menor: si nos aventuramos a esgrimir alguna teoría generacional sobre la poesía que circula en sellos independientes, nos encontramos con muchos de los elementos que recorren este libro: la adolescencia tardía, los viajes, el mundo de las discapacidades afectivas, las irónicas referencias a la cultura pop, la primera persona como la construcción de una voz en constante despegue.
Una cosa es convivir durante tres días con Fernanda Mugica, en la residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven 2017 (rodeados de artistas y otros escritores ‘jóvenes’, participando en clínicas y talleres, intercambiando libros y mails) y otra cosa muy diferente es hallar el libro en una librería cualquiera de la ciudad de Buenos Aires, leerlo de un tirón y pensar: “esto no ha sido escrito por un ser humano, sino por alguien que nos ha estudiado dolorosamente a la perfección”. Pasa que cuando la voz que habla (el yo lírico, digamos para sonar más ‘literarios’) no se molesta en crear un mundo previo (con expectativas previas), todo lo que se dice ayuda a dar forma a ese hábitat.

en realidad ya estamos muertos
pero nos parece que brillamos
como esas estrellas que dejaron de existir  hace miles de años 

La poeta neoyorkina Robin Myers (actualmente radicada en México) tiene un poema demencial titulado “Poema de amor para Carl Sagan”, y en él también se alcanza a percibir este dejo nostálgico de lo que ya no existe, pero que se escribe igual, para dejar constancia de que este libro, esta poesía -esta cápsula del tiempo- nos converge y nos modifica a través del vacío del espacio. Todos somos capaces de identificarnos con esa distancia, con el punto de partida desde el cual nos escribimos como seres de otra especie, mucho más salvaje y sentimental, alojados en la corriente.

Ojo de ex editor. Alguien debería decirle a la EMR que se arriesguen un poco más en el diseño (más cuando se trata de libros que han ganado premios o menciones en un concurso nacional), incluso cuidando una línea estética precisa y consecuente: el tono universal de dos colores con letras, otrora reivindicación de un minimalismo efectista, en un libro que no llega a las 40 páginas llega a ser algo tedioso. El libro como objeto, como producto artístico, es ligero y fácil de perder en una biblioteca hogareña por sus tres milímetros de lomo, pero el peso del contenido es propio de una densidad implacable: quince poemas que conforman una serie exhaustiva en velocidad crucero. La contratapa dice “en estado zombie, ciertas cosas se contemplan con sensualidad”. Ese clima sensual, donde la belleza es destructiva, persiste en cada texto. Una playa con cuerpos desnudos que no se desean, escribe Mugica: estamos habitando un mundo impreciso, más sustancial que evidente, donde nos pasa de todo sin que podamos comprender siquiera la densidad de nuestro cuerpo. Estas manos, esta piel, esta playa que podría ser o no infinita, son órganos de un paisaje radioactivo: saboreo los 90, la música y los juegos de buscaminas, las heladerías artesanales y las bicicletas. Todo se mueve, hasta las frases más golpeadoras: “yo sé que en realidad no quería más / atravesar tu cuerpo como si fuera mío”. Pareciera que todos los poemas son de despedida: lugares que existen en el lenguaje, sentimientos que persisten después de años de habernos extinguido, como estelas de humo.

Mirar a los ojos es algo cultural. Le presté este libro a una amiga que me lo devolvió diciendo “eso no es poesía”. Cuando le pregunté por qué opinaba eso me respondió:

– Los poemas tienen que ser lindos, tienen que llenarte de ilusiones, no de ganas de mandar todo a la mierda.

El problema, pienso, es que mandar todo a la mierda a veces puede tratarse de un acto resiliente de una poesía bien pensada y tratada. No son estos los poemas de una mujer que contempla el mar (lugares comunes si los hay) y escribe lo que le produce esa vista. Este libro se parece más al cuaderno de anotaciones de una mujer que sabe convertirse en mar, y atrapa y ahoga a todo aquello que despierta en su memoria profunda: citas sueltas y algunos apotegmas hacen pensar que todo está finalizado. sin embargo, considero que se trata de un libro bastante luminoso. Su brevedad no es excusa ni tampoco recurso del laconismo, es la medida en que se expresa esa voz: lo fragmentario, pequeños registros cotidianos en palabras concisas que se leen rápido, sí, pero dejan muchas grietas por las cuales se cuelan más interrogantes. Al fin y al cabo, en mi caso, la única poesía que importa es esa: no la que se mide por su ‘lindura’, sino la que golpea en medio del rostro buscando más preguntas.

Un billete de mil australes encontrado en un libro de Carl Sagan. Fernanda Mugica. Editorial Municipal de Rosario. 2018. 36 páginas.


MARIO FLORES
Escritor y DJ. Participó en la residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven (2017) y en el Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires (2018). Publicó la novela Hikaru (Editorial Nudista, 2018) y el libro de cuentos Necrópolis (Primer Premio Concurso Literario de Salta, 2019).