Ahora nadie quiere ser turista

Convocado por Iván para trabajar como guía turístico, Rodrigo llega a Praga y empieza a llevar un diario de su estadía en la ciudad. Ese es el punto de partida.

Síndrome Praga, la primera novela de Juan Pablo Bertazza, es, ante todo, un diario de viaje. Pero, además, es una novela de trama, con varias líneas, y mucha acción. Es, incluso, varias novelas en una. Una novela fantástica, una novela de aventuras, un novela sobre Praga, una novela sobre el turismo, una novela sobre viajeros, una novela de amor, y alguna que otra novela más.

Pero vamos por partes.

Primero, lo primero: en la frente de algunas personas empiezan a aparecer cuatro números que anuncian la fecha exacta de su muerte. Esa es la línea principal, lo que atraviesa la novela de principio a fin –y que incluso le da título–, algo del orden de lo fantástico, llegando por momentos a la ciencia ficción. Probablemente por este lado esté lo menos interesante de la novela, así que no voy a entrarle por ahí.

Más allá de los números en la frente y lo fantástico, Síndrome Praga es una novela sobre Praga. Una oda a Praga, un homenaje. La ciudad aparece desde diferentes ángulos, ópticas, enfoques. Desde diferentes lugares, y a horas diversas. Desde zonas turísticas y no tanto. Siempre a partir de la plaza central con sus parlantes (desde los cuales resuenan las comunicaciones del ministerio de salud en relación al síndrome), con la leyenda del golem como una de las puntas que podrían llegar a echar algo de luz al asunto, hay también guiños y referencias a Kafka y Freud (tanto es así que la novela, incluso, podría leerse también desde ahí, desde la burocracia y lo onírico).

Nos paseamos por Praga de la mano de Rodrigo y el turismo. La novela se presenta como una sucesión de museos, parques, cementerios, callecitas, datos claves, perlitas, iglesias y catedrales, siempre con el Puente de Carlos y el Reloj Astronómico de fondo, cerca, como leitmotivs. La ciudad es vista, sobre todo, desde sus lugares emblemáticos y monumentos históricos, desde la superficie, con ese tono de divulgación propio del turismo.

Rodrigo tiene una doble relación con el turismo: lo vende y lo consume. A la vez que trabaja en DeePrague, la empresa de Iván, como guía (y a veces también repartiendo folletos), en sus ratos libres es un turista más. Cuando guía, lo hace mal. Hace agua, falsea datos, miente, inventa. Muestra una ciudad que no conoce del todo. Mientras la muestra, la va descubriendo. Varias de las notas que toma en su diario, son, incluso, del orden turístico. Dónde comer barato, dónde tomar la mejor cerveza, dónde están las mejores vistas de la ciudad. Del Starbucks de Malá Strana, por ejemplo, escribe que “además de tener wifi tiene en el sótano uno de los pocos baños gratis”. Síndrome Praga, desde Rodrigo y su diario, entonces, puede ser leída como una guía de viaje a Praga.

Iván, el español que convoca a Rodrigo, es un tipo que se cansó de trabajar en una empresa que lo explotaba. Así fue como fundó DeePrague, su propia empresa. Es una especie de busca, un tipo entrador, algo advenedizo, medio chanta, que, sin mayores explicaciones, le asigna algunas tareas extrañas y sin sentido a Rodrigo (lo manda, por ejemplo, a una sinagoga a sacar fotos de incógnito).

La troupe de DeePrague, a su vez, está compuesta por otros viajeros, como Rodrigo, de diferentes países. Latinos, asiáticos, europeos, una mezcla de trotamundos y hippies con osde que están ahí para juntar algunos euros y seguir en la vaina, viajando, paseando, tomando cerveza, tomando absenta, de fiesta, fumando porro, y, al igual que Rodrigo, consumiendo turismo –en forma de paseos, de iglesias, de museos– a la vez que lo venden.


Rodrigo es un tipo que no tiene una vocación definida, está en Praga dispuesto a trabajar en turismo, pero en Buenos Aires solía ser animador de eventos. Es una especie de antihéroe, un tipo dócil, que nunca dice que no a nada, que va donde lo lleva el viento, en una mezcla de abulia e inercia. Esa docilidad termina involucrándolo en situaciones extrañas, bizarras y hasta riesgosas, como la noche lisérgica con el espantapájaros, o la excursión bajo la lluvia al cementerio de animales.

No sabe exactamente qué hace en Praga, está ahí porque lo llamaron, viendo qué pasa. Incluso duda y piensa, más de una vez, en volver a Buenos Aires. Pareciera que extraña Buenos Aires, zonas de Praga le recuerdan a la Plaza San Martín, al Parque de la Ciudad. Desde ahí y, en ese doble rol de vender y consumir turismo al mismo tiempo, Rodrigo, en sus ratos libres, camina la ciudad, toma helados, escribe el diario, se deja llevar a fiestas, vive una vida laxa y en constante movimiento, comiendo al paso por ahí, de día y de noche, y, así, entre una especie de inercia algo apática y el asombro por lo checo, por la historia y por lo nuevo, pronto logra fundirse con la ciudad.

El principal aliado de Rodrigo es su Iphone. Es usuario frecuente de Google y sus apps, desde el traductor, a Google Maps y Gmail. Está, incluso, atento a los doodles. Usa Shazam, el chat de Facebook, Whastapp, Bluetooth. Y saca fotos de la ciudad con su dispositivo. En todo esto, el wifi es clave. Se podría decir que Síndrome Praga es, también, una novela sobre alguien que busca wifi. Sin ningún plan, chip o prepago, Rodrigo está a merced de encontrar wifi gratis para estar orientado y comunicado. Y conseguir wifi gratis en Praga no es tan fácil. Desde ahí se generan incomunicaciones o comunicaciones demoradas con sus familiares en Buenos Aires y, sobre todo, malos entendidos con Katka.


Katka, parte de la troupe de DeePrague, es la otra mitad de esta historia. Vista desde ella, Síndrome Praga es una novela romántica. Una novela de amor. Rodrigo se enamora (o más bien termina de enamorarse) de Katka, a quien ya conocía, circunstancialmente. Ya estaba algo prendido de ella. Sin mayores detalles, para no spoilear, porque vale la pena la experiencia de lectura sin referencias, la historia de amor entre Rodrigo y Katka está muy bien. Bertazza sorprende, acá, con la versatilidad, con el oficio, con el cambio de tono, recreando atmósferas bien diferentes entre sí a lo largo de la novela. La historia de Katka y Rodrigo funciona, en ese sentido, como una novela dentro de la novela; una novela romántica dentro de la novela fantástica.


Síndrome Praga, como dije, está escrita en un formato de diario, con una prosa escueta, al grano, y directa. En algún momento, llegando al primer cuarto de la novela, pareciera que ese ritmo más bien lacónico del diario se convierte en algo más narrativo, con una respiración un poco más larga y escenas más complejas, pero es apenas un amague, porque pronto vuelve a lo breve y seco del diario. Ese ritmo domina durante toda la novela, y ahí hay pros y contras. El pro es que desde ese registro de los días que es apenas un punteo, un resumen, un dejar constancia, la novela tiene una alta legibilidad, fluye y es entretenida. Las trescientas y pico de páginas que tiene, no se sienten. La contra es que con tanta acción –apoyé mi valija, me acerqué, le agradecí, les mostré el papelito, me levanté temprano– con más bien poca descripción, en general, hay lugares (escenas, situaciones) que, por falta de profundidad, no terminamos de ver, como lectores, de experimentar.


Lo mejor de la novela probablemente vaya por el lado del submundo del turismo. Quien haya estado como turista en alguna de las principales ciudades europeas habrá visto –y hasta se habrá dejado llevar por- esas personas con paraguas de colores que suelen estar en las plazas principales y ofrecen free tours. En algunas horas, caminando, uno puede conocer lo más destacado de París, Barcelona o la misma Praga. Es un ligero punteo por los lugares emblemáticos, siempre por la zona céntrica, ciudad vieja, casco histórico. Si uno tiene tiempo, si se va a quedar algunos días más en la ciudad, puede contratar tours adicionales (la estrella de DeePrague, en Praga, es el tour de la cerveza que ofrece Katka). El mundo de estos personajes, de esos guías (que casi siempre son extranjeros, casi nunca del país en cuestión), de esta gente con paraguas de colores que hace free tours, es el que nos muestra Síndrome Praga. El submundo, y el detrás de escena.

El turismo, en estas ciudades, es una máquina que procesa todo lo que tiene a mano y lo convierte en una mercancía. La historia de las ciudades europeas, procesada por el turismo, se convierte en productos listos para ser vendidos. Y sin escrúpulos, en el caso de Praga, con algo de morbo. Desde cementerios judíos y campos de concentración, hasta tours de homeless con el lado B de la ciudad, prostitución, drogas y demás. Todo es susceptible de ser transformado en mercancía. Ni siquiera el síndrome de Praga se salva (Iván manda a hacer vinchas con números para que los turistas puedan ponerse en la frente y sentirse uno más de los que saben cuándo van a morir).

El free tour no es, como su nombre lo indica, free, gratis. Es algo así como un tour a la gorra. El guía debe ganarse su propina. El mejor de todos en eso es Iván, es casi un artista, hábil, carismático, encantador. Iván, como apunta Rodrigo, “es capaz de inventar un tour dentro de un tour”.

Un punto alto en la novela son las voces. Porque además de una novela sobre el turismo, Síndrome Praga es una novela sobre el lenguaje. Sobre los idiomas. Sobre las culturas. Sobre lo cosmopolita. Sobre la (in)comunicación. Las voces de la troupe de DeePrague están muy logradas desde sus singularidades. De lo mejor, en este sentido, es un capítulo coral donde la troupe está reunida en torno a un asado y asistimos a los diferentes lenguajes, a los diferentes puntos de vista y, también, en lo privado, en la intimidad, alcohol mediante, a sentencias como “el turismo es la peste de esta época”, o “ahora nadie quiere ser turista”. Todos quieren viajar, conocer, estar ahí, pero pasando desapercibidos, haciendo vida de ciudadano del lugar.

Algo muy bueno en la novela es cómo, desde el turismo, esa máquina que todo lo mezcla, lo procesa, lo iguala, en Síndrome Praga aparecen tocados al menos dos temas álgidos: el terrorismo islámico y el holocausto judío. Temas que suelen ser inabordables (o abordados con solemnidad, distancia, respeto, cara seria y ceño fruncido), en esta novela entran en esa maquinaria del turismo y, a partir de ahí, son mostrados de un modo superficial, incluso con humor, ligereza, y al borde de lo políticamente incorrecto.


Por último, para cerrar, el tema de las referencias y la primera novela. Además de arrancar con una cita de Cortázar, Rodrigo Fresán, en la contratapa, trae a colación a Kafka, nos habla de los hermanos Coen, de Bioy Casares y de David Lynch.

Lo sommeliers hacen eso. No es que el vino haya estado en contacto con miel, almendra o nuez moscada, es que al gusto o al olfato nos hace acordar a esas cosas que conocemos, que alguna vez probamos. Siempre es parecido a, nunca como verdaderamente es. Porque lo que verdaderamente es no se puede decir. Lo de Fresán en la contratapa es algo así: Kafka, los Coen, Bioy y Lynch son notas de cata de la novela. Nos remite, nos recuerda, tiene un aire. Y uno se pregunta hasta qué punto algo así es conveniente en este libro.

La pregunta es: si a una novela como esta (a la experiencia de lectura de una novela como esta) no le hubiera hecho mejor, no la hubiera potenciado, una contratapa más modesta, más despojada. Sobre todo teniendo en cuenta lo que la novela propone, que es algo no-convencional (teniendo en cuenta lo que se publica últimamente en Argentina), y la destreza que hay en el cambio de tonos a lo largo de la historia; así como Iván te inventa un tour dentro de un tour, Bertazza te escribe una novela dentro de una novela.

En síntesis, para los que necesitan un marco controlado, saber qué están leyendo antes de leerlo, sí: Kafka, los Coen, Bioy y Lynch son notas de cata válidas en la rueda sensorial del cine y la literatura. Para los que no, olvidensé de todo eso, sumérjanse en Praga de la mano de Rodrigo y déjense llevar y sorprender por esta primera novela que, sin padrinos ni referencias comprobables, se sostiene más que bien por sí sola. Quizá así, al margen del ruido de las referencias y afinando el oído, aparezca eso que verdaderamente es, lo bertazziano de la novela.

Síndrome Praga. Juan Pablo Bertazza. Adriana Hidalgo. 2019. 331 páginas.


FACUNDO GEREZ
Escritor. Publicó Samsara (Eterna Cadencia, 2015).