El arte de irse

Alguien que ya casi no se muestra, que no aparece en los salones literarios, que no se pavonea en los lugares que se supone que debiera. Alguien que elige pasar sus últimos años por debajo de la línea del radar. Quedarse en su casa, entre su familia y sus libros.

¿Está vivo? ¿O está muerto?

En M vemos los últimos años en la vida de M (de Melville) desde una serie de hechos que nos muestra a las claras que M es (fue) un tipo tan común como cualquiera de nosotros. «Resulta muy difícil convencer a la gente de que M no fue una leyenda sino una persona con problemas y debilidades ordinarias», dice Jay Leyda en uno de los epígrafes de la novela.

M, el libro, es, básicamente, una serie de datos biográficos. Desde un narrador objetivo (seco, distante) que se limita a consignar fechas y eventos, vemos los últimos años en la vida de Melville. Con Nueva York como telón de fondo, como lugar al que siempre se vuelve, se presenta una sucesión de viajes, encuentros, cartas, nacimientos, muertes, regalos, y un desfile de seres queridos (hijos, parejas, tíos, hermanos, suegros; casi siempre familia; algunos amigos) y, sobre todo, libros.

La sucesión nos muestra el lado más humano de M y nos hace pensar eso, que buena parte de su vida no fue muy distinta a la de cualquier persona que escribe, o que haya escrito alguna vez. Que nadie es demasiado extraordinario; que todos, en esencia, somos parecidos; y lo difícil que puede resultar retirarse. Desaparecer dignamente. Hay caminos probados para llegar, pero irse es un arte.

Con la carga de haber sido el escritor de Moby Dick, el viejo M se recluye en su trabajo de inspector de aduanas y en su casa, con su familia y con sus libros. Escribe poesía (publica y recibe críticas lapidarias). Los libros son casi todo en los últimos años de su vida. Compra, lee, subraya, regala (y le son regalados) libros.

Además de los libros, buena parte de los datos que aparecen en la novela hacen referencia al dinero. Las condiciones materiales del escritor es un tema que a Schierloh le interesa. Las herencias (lo que queda de los otros -de los seres queridos- cuando mueren), los sueldos, las liquidaciones sobre las ventas de los libros. Cheques. Dólares. Los números que llegan a M. “En sus últimos años, M se vio librado de las fatigas de la aduana, pero con él, como con el caso de tantos otros literatos, la independencia pecuniaria le llegó demasiado tarde como para reavivar sus poderes de invención y descripción”, dice un extracto de un periódico de la época.

M pasa veinte años trabajando como inspector de aduana, sin escribir. Escribe poesía, en verdad, pero la poesía no cuenta. Escribir poesía, para alguien que escribió Moby Dick, es, para la crítica, lo mismo que nada.

Casi todo lo que hay en M, imágenes incluidas, está tomado de The Melville Log: A Documentary Life of Herman Melville 1819-1891, de Jay Leyda. Schierloh extrae, traduce y arma, desde ahí, la línea de tiempo de los últimos años de la vida de Melville.

Desde unas entradas objetivas, decía, este es un libro hecho de datos, de eventos. De retazos, de fragmentos. Una serie. Una cronología. Un timeline. Schierloh dispone elementos y les da un orden. Hace un montaje. Un mashup.

Desde esta apuesta pienso en dos riesgos. El primer riesgo es un riesgo que Schierloh asume: que, a partir de este procedimiento se vuelva todo demasiado artificial, en el sentido de que la máquina (el artefacto) termine comiéndose al resto. Que aplaste a lo vivo, a la emoción que hay en los últimos años de la vida de M. Pero eso no pasa. Al contrario, lejos de eso, la disposición de Schierloh es hábil y sentida; desde la objetividad transmite lo más humano en los últimos años de M (y llega, incluso, a lograr dos o tres momentos emotivos destacados).

El segundo riesgo es un riesgo que no está. Que brilla por su ausencia. Un riesgo que la propia máquina (el procedimiento, el mashup) neutraliza. Un riesgo que, por lo tanto, Schierloh no asume. ¿Escribe Schierloh? Prácticamente no. Poco y nada. Habrá seis o siete pasajes escritos por Schierloh, de dos o tres líneas cada uno. ¡Pero la traducción es una forma de la escritura!, gritará alguien, en este momento, frente a su dispositivo. Está bien, sí. Es cierto. Comparto. Pero hablo de escribir, en este caso. Vamos. Tú sabes. Teclado, nuevo documento, hoja en blanco. Cursor titilando. Uno, solo, frente al mundo.

Lo que hace Schierloh, entonces, al no escribir, al disponer elementos, se parece más a lo que haría un DJ que a lo que se supone que, tradicionalmente, hace un escritor. Podríamos decir que Schierloh compone un libro. Compone libros, en general. A Schierloh le interesan los libros y tiene, políticamente, una sólida posición tomada al respecto. Es traductor, es editor. Pero es más cosas. Y todo se mezcla, un poco. Es, diría, un hacedor de libros. Le interesa hacer libros. Traducirlos, mashupearlos, editarlos, encuadernarlos, coserlos, distribuirlos, llevarlos a ferias, ponerlos sobre una mesa, y pararse detrás de esa mesa para promocionarlos, venderlos y demás. Es decir, poner el cuerpo en todas las instancias. El escritor que (solamente) escribe, para Schierloh es un burócrata. Vale la pena, para ahondar un poco en esa idea, adentrarse por aquí.

(Por ahí adentro, en ese link de ahí arriba, aparece citado Kenneth Goldsmith con una frase reveladora: “El futuro de la escritura no es la escritura”. Eso ya lo diría todo, y no haría falta agregar nada más. No voy a morder ese anzuelo porque me iría por las ramas, y esto dejaría de ser una lectura de M, el libro, pero sólo digo, acá mismo, escuetamente, dentro de este paréntesis, que, desde ahí –desde Goldsmith y la literatura no creativa– podría abordarse tanto a M como a Schierloh).

Retomando: con esta apuesta, decía, con este procedimiento (la composición de un libro, el mashup) hay un riesgo que Schierloh no asume: el riesgo de escribir. Al no escribir, entonces, Schierloh, desde el vamos, evita el fracaso.

Si uno intentara escribir, por decir algo, Madame Bovary (algo como Madame Bovary) y no le saliera. Si le saliera algo mucho peor, algo verdaderamente malo, un fiasco (que es lo más probable, no siendo uno Flaubert), si fracasara en esa apuesta, el resultado sería bochornoso. Algo que daría vergüenza ajena, como querer hacer un chiste y que nadie se ría.

Al no escribir, entonces, al menos en M, Schierloh no asume ese riesgo. Al no sentarse ante el teclado, el nuevo documento, la hoja en blanco, el cursor que titila, no enfrenta la zona (la intemperie) de la escritura y, por lo tanto, elimina la posibilidad del fracaso. De ese fracaso que acecha permanentemente a la escritura. Se anula la posibilidad del derrape, del ridículo. Desde esta apuesta, entonces, desde el dispositivo y sus límites, M es un libro que no puede fallar. Podrá estar mejor o peor, pero no puede estar mal. Eliminando esa posibilidad, entonces, se mantiene dentro de unos límites controlados, dentro de un margen asertivo. Productivo. A favor.

¿A favor de qué? De todo un sistema, creo. Del sistema-libro. Porque M es sólo una parte de algo más grande (que, a su vez, es parte de otra cosa todavía más grande).

M es el tercer libro de una serie que Schierloh da en llamar “El viento en los túneles de la mente” (en honor a una frase de Inland Empire, de David Lynch) y que, se estima, tendrá alrededor de mil páginas, o más. Que alguien, hoy, esté pensando en un libro de mil páginas, o más, es algo a destacar. Algo, diría yo, celebrable. Pero, volviendo a eso de que Schierloh (al menos en M) no escribe, para separar la paja del trigo habría que decir que no estamos hablando de Los Sorias, ni del Ulises, estamos hablando de un libro de mil páginas.

¿Cómo escribir (miles de libros de miles de páginas) sin escribir? Ver Goldsmith.

Schierloh nació en 1981, y ya lleva trece libros publicados (ocho libros de poesía y cinco novelas). Desde el dato duro del número se podría decir que lo que le interesa a Schierloh es que haya libros. Activar el circuito (traducción, escritura, edición, promoción, venta, etcétera), ponerlo en marcha, potenciarlo, que no decaiga.

Por otro lado, M se vende como novela (se presentó, incluso, a un concurso del FNA en la categoría novela, y ganó). ¿Y esto es una novela?, preguntará algún desprevenido. Hay quienes dirán que no, rotundamente. Es una discusión que quizá ni valga la pena dar, pero yo creo que sí, que es una novela. Respondo y justifico: es una novela porque hay personaje y, fundamentalmente, porque hay blancos. Porque entre entrada y entrada (el libro es una línea de tiempo) hay un doble espaciado. La novela está en esos blancos. Es decir, el libro termina de hacerse novela cuando alguien lo lee. Cuando el lector, con su lectura, tiende puentes sobre esos espacios en blanco, entre entrada y entrada. Podría decirse, en ese sentido, que es un libro que mejora o empeora en tanto mejor o peor sea el lector.

Así como M, decía, es parte de un proyecto (de “El viento en los túneles de la mente”), ese proyecto, a su vez, es algo dentro de otra cosa. Un planeta del sistema-Schierloh. Cada cosa que hace Schierloh es algo que orbita (sin metáforas, físicamente) alrededor de él mismo.

Si uno googlea Eric Shicerloh, se va a encontrar con imágenes (la mayoría de perfil o tres cuartos) de un gringo con una envidiable barba entre rubia y colorada. Ocre, quizás. Cobriza. ¿Color miel? Barba de abejas, a su vez, se llama el proyecto editorial de Schierloh (cuyo logo es el dibujo de un hombre de perfil con una barba de abejas con forma de panal) en el que el propio Schierloh traduce, escribe, encuaderna, distribuye, cobra, compra, vende, paga y demás. Mientras que la tapa de M, el libro de Schierloh que nos convoca, es un Melville de perfil con una ballena sobre su barba. Una barba de ballena.

Cada cosa resuena en otra, y en todo. Las fronteras entre los movimientos de Schierloh son porosas. Como si no hubiera límites precisos entre traducción, edición, escritura y demás. Entre libro y libro. Incluso entre un libro suyo y un libro de otro. Y entre libro, escritura y cuerpo. Su propio cuerpo. Un cuerpo que le pone, literalmente, al proyecto.

La serie de referencias cruzadas se vuelve, por momentos, como un juego de espejos. Podría llegar a parecer que Schierloh está escribiendo siempre el mismo libro, refritándose. (Parte de M, de hecho, está tomada de una cronología que el propio Schierloh escribió sobre Melville hace doce años). Autoplagiándose, incluso. Y eso (esa sospecha, ese juego de espejos) es parte fundamental del proyecto, del encanto –de la gracia– del proyecto.

Probablemente Schierloh no sea tanto un escritor como un cuadro (en el sentido político). Un cuadro literario, si es que tal cosa es posible. No un intelectual, porque su proyecto se basa en la praxis, en el sentido más material, más físico. Es un tipo que, se ve, pensó (y está pensando) mucho algunas cuestiones, y que avanza, paralelamente, desde muchos frentes. Que escribe, sí, pero también –y sobre todo– hace un montón de otras cosas. Tanto que arriesgaría, incluso, a que, más pronto que tarde, Schierloh va a dejar de escribir por completo, ya no va a ser necesario para su proyecto (“el futuro de la escritura no es la escritura”).

En cualquier caso, es un tipo que resulta difícil de encasillar (salirse de la etiqueta también sería parte del encanto del proyecto, estar en constante huida hacia adelante), y, más allá de que todo se ve pensado, craneado, parece honesto. No impostado. Como pensado sobre un sentir (no pensado sobre el pensamiento), algo natural.

En fin, te guste más o menos todo esto, creo que es un tipo al que, oh, tú, querido lector, debieras darle una chance. Entrar en su mundo y ver, después, qué onda. Sacar tus propias conclusiones. Tomar aquello que te sirva y dejar aquello que no, como con todo.

Algunas puntas pueden ser: esta entrevista de Valeria Tentoni en el blog de Eterna Cadencia, la web de Barba de abejas, su perfil en Facebook y el link que puse más arriba, de Otra Parte.

M. Eric Schierloh. Eterna Cadencia. 2019. 156 páginas.


FACUNDO GEREZ
Escritor. Samsara (Eterna Cadencia, 2015).