La fluidez de Lara Schujman

Dos hermanos se encuentran frente a la playa de Mar del Plata y hablan de la herencia que les dejó la madre. “Tenemos que vaciar la casa y venderla rápido”, le dice Inés a Felipe que no tiene ningún interés en dejar el hogar materno. Él entierra sus pies en la arena, como un adolescente, lo único que lleva puesto es “uno de esos equipos deportivos que se usaban en los noventa”. Ella se arropa con un poncho tejido que simula ser una capa y la protege del exterior. No se miran, pero comparten un mate tras otro, mientras ven cómo rompen las olas. Hay algo increíblemente expresivo en el mar; sobre todo, en el mar del invierno, cuando no hay vacaciones que valgan y las reposeras se transforman en butacas de un rito prehistórico. Mientras la espuma se mece una y otra vez, a lo lejos los hermanos adivinan un naufragio que es propio y ajeno.

Se podría decir que cada escritor tiene su propio mar: crispado y enigmático como el de norteamericanos, tal vez herencia de Melville; abierto y dispuesto a la hazaña como el de los ingleses; o colmado de desapariciones en el caso de los argentinos. Sin embargo, el mar de Lara Schujman es el de la infancia, el de las vacaciones perdidas, que se busca en retrospectiva cuando el universo personal está condena al hundimiento. No hay sombrillas, flotadores, toallas en la arena ni vendedores ambulantes, sino un efecto que produce la memoria y deja a la fotografía de la playa sin contexto: el mar se transforma en la pura intimidad de los protagonistas.

Es que en los cuentos de Cuando pare de llover, editado por Años Luz, los personajes vuelven con insistencia a la niñez o, más bien, a la pubertad cuando el mundo es el lugar del descubrimiento o el heroísmo y la felicidad está a la altura de una pitada de cigarrillo o una pasadita de alguna droga prohibida. Los protagonistas buscan algo que se dejaron en el pasado y que ya no pueden recuperar. Es el intento lo que funda cada uno de los once relatos del libro, la búsqueda que de entrada se sabe perdida y se tensa hasta el hallazgo final. En ese momento, se descubre lo esencial que es el paso del tiempo. Como siempre, esa afirmación implica reconocer que la vida nos pasó, más de una vez, por arriba.

El relato que abre la serie “Piú Blu” reproduce la máxima de Piglia sobre las dos historias. Un hombre en búsqueda de su estafador levanta a una estopista que recibió un llamado urgente de su madre. En el diálogo de ambos se adivina hasta qué punto las historias se entrelazan. El relato coquetea con el absurdo y se va transformando en una narración psicodélica sobre las plantaciones paperas del interior bonaerense, donde cada gesto es exagerado y cada reunión familiar, un encuentro multitudinario.

Pero, quizás, son las historias de corte realista las que muestran la destreza de Schujman como narradora. Su manera de postergar el final, de sugerir las relaciones y narrar desde el cuerpo remarcan la plasticidad de su prosa. Las descripciones físicas, las visiones infantiles, los descubrimientos adolescentes (y no tanto) están llenos de pequeños hallazgos al pasar. Frases como “hay algo que le sobrevuela el pecho cada vez que se está sintiendo feliz” o “con cada maniobra Felipe imagina un ovillo deshaciéndose frente a sus ojos” recuerdan que una narración se sostiene por estos pequeños guiños al lector.

Otras historias retratan problemas actuales como la obligación de estar siempre dispuesta, en el relato “Pampa Warro”, o parecer despreocupada ante una cita de Tinder en “Mangas verdes y el cementerio de aguavivas”. Con estas operaciones, la autora se mete de lleno en su década: “todo viene saliendo bien, no necesito más aventura para demostrar que soy una copada”, dice Laura la narradora del último cuento. Es que la liquidez atraviesa cada uno de los textos, liquidez de la prosa que fluye de narración en narración, liquidez de las relaciones entre los protagonistas, liquidez del lugar en el mundo que salta de cuento en cuento. La familia se recuerda, se discute, se cuestiona, genera tensión o trámites que resolver, pero no es vivida sin discusión. Los protagonistas observan y evalúan sus vinculos y terminan por cuestionar la estabilidad familiar, con excepción del pasado, donde la memoria guardó lo que vale la pena.

Las críticas solapadas a la modernidad aparecen en primer plano del relato “La vieja”, donde un encuentro de pasillo termina en una guerra entre lo viejo y lo joven. Entre las flores podridas de la protagonista y el florero inmaculado de la vecina octagenaria, se descubre una culpa fundacional: “la escucho y siento que todos los viejos del mundo están debajo de esa bata, que mi viejo, mis abuelos y todos los demás están parados ahí”.

Los jóvenes de Cuando pare de llover no tienen un lugar fijo al que volver, siempre están moviéndose de un lugar a otro, de vacaciones, de paseo, de gira por el globo terráqueo durante el año sabático. No importa el motivo, sino el movimiento que protagonizan en cada una de las escenas. Ese movimiento se duplica a lo largo del libro: los cuentos recorren el mapa argentino de norte a sur, de Tartagal a la Patagonia, y van desde Hong Kong hasta Nápoles en un itinerario que es también un panorama de diversos escenarios. Esta multiplicidad de geografías es un aspecto fundamental de sus cuentos, porque pone en escena la volatilidad de las relaciones: nada permanece en un solo sitio. Hay autos, camionetas, lanchas, escaleras mecánicas, paseos en lancha y vuelos hasta la otra punta del planeta. Las razones pueden variar, desde reencontrar al noviecito de la adolescencia (como en “El chino Li”) hasta una escapadita con un desconocido en “Mangas verdes y el cementerio de aguas vivas”. La clave es la rotación y la inestabilidad.

Más allá de algunos finales precipitados, los relatos de Schujman tienen una potencia que se explica desde lo visceral: los protagonistas hablan desde la intimidad de su cuerpo y, allí, controlan la situación. En este sentido, la narradora expone una sabiduría poco frecuente que se traduce en reconocer en qué parte del estómago empieza la angustia.

Cuando pare de llover. Lara Schujman. Años Luz Editora. 2019. 126 páginas.


SALVADOR MARINARO
Nació en la provincia de Salta en 1988. Es periodista e investigador académico. Trabajó como docente en la Universidad del Salvador y la Nacional de la Plata. Algunos de sus artículos fueron publicados en la Revista Anfibia, Ñ, Viva, Perfil y La Gaceta Literaria. En 2018, publicó la compilación de cuentos Una tristeza decente (Editorial Nudista). Actualmente, reside en Shanghái donde cursa un doctorado y codirige el proyecto editorial Chopsuey.