Cat Power. La toma de la Tierra, de Cecilia Palmeiro

En Formas Breves, a través de Renzi, Piglia se pregunta cuál es el problema mayor del arte de Macedonio; se responde: las relaciones del pensamiento con la literatura; agrega una presunta voz macedoniana (en una novela pueden expresarse pensamientos tan difíciles y de forma tan abstracta como en una obra filosófica, pero a condición de que parezcan falsos); y, finalmente, concluye con Renzi: esa ilusión de falsedad, es la literatura misma.

¿De quién es la idea? ¿Quién la pensó? ¿Quién la dice?


Cat Power. La toma de la tierra- Cecilia Palmeiro
Tenemos las máquinas (2017)- 221 páginas

Cecilia Palmeiro (hay que salirse del género pero también de la clase, de la raza, de la nacionalidad) aprovecha el espacio de la novela para realizar el desplazamiento máximo y salirse, incluso, de la especie. El narrador de Cat Power. La toma de la Tierra es Rorro, un gato del planeta Feliformia que minutos antes de ser devorado por un perro terrícola es rescatado por la Madrina (alter ego confeso de Palmeiro), a quien conquista definitivamente disimulando las úes de su mau-mau. Como ronroneando en sus brazos, Rorro puede tanto manipular a la Madrina como percibir y conocer el mundo a través de sus sinapsis, la adopta como ama-discípula-instrumento para llevar a cabo su misión: determinar el modo y el momento oportunos para que los feliformes tomen el planeta.

El libro que leemos es el informe que, engatusada, cree estar escribiendo la Madrina cuando, en realidad, la voz que habla es la de Rorro. Por eso sorprende que Daniel Link se haya referido a la obra como el arte de la sátira en el cuerpo de una narradora que ha sido ocupado por un gato alienígena: porque el juego que propone la novela es otro. Lo que se ocupa no es un cuerpo sino una voz (y dos veces).

Una voz en la que conviven dos seres, dos miradas, dos experiencias.


La primera parte del libro es un despiadado croquis social de la existencia humana contemporánea a través de la crítica de todas las instituciones que regulan nuestra existencia: una crónica al estilo colono en la que un ser civilizado observa con incomprensión a una especie salvaje en su aceptación de la cultura como retardadora de su propia evolución. Aquí, la voz obtiene su potencia intelectual de la distancia.

En la segunda, Rorro inocula en la Madrina la idea de buscar al hombre perfecto (perfecto para él) y esa búsqueda, la del chongo perfecto, la del papu ideal, los llevará por los suburbios y antros del circuito trashsexual de Buenos Aires, Rio de Janeiro, Nueva York, Londres y la India en una ordalía de alcohol, drogas y reviente compulsivo: una experiencia, siempre reactiva, como lado b de una sociedad que vive irremediablemente contenida. Con los acontecimientos, la voz se hibrida y las ideas felinas comienzan a naufragar en la experiencia humana.

En la tercera parte, la voz de Rorro cede: es re-tomada por el devenir Madrina. Si en Piglia la ilusión de falsedad que le permitía narrar ideas surgía de la disipación de la autoría en una multiplicidad vocal (convirtiendo al pensamiento en una experiencia literaria), en Palmeiro esa ilusión se produce dentro de una voz usurpada que a su vez cambia con la experiencia.


En medio de un elogio a la imitación de voces en una novela de Hernán Vanoli, Beatriz Sarlo vaciló al preguntarse en qué estaba la Argentina, a dónde iba su literatura. Se respondió que iba al hiperrealismo no por sus objetos ni por sus temas sino por sus lenguas. En Desbunde y Felicidad Palmeiro afirma que la experiencia -militante- de Néstor Perlongher había sido la fundadora de su poética; y que su escritura fue la radicalización de una experiencia vital, fundamentalmente política y erótica. La lengua de Palmeiro no está hecha de lo imitativo sino de lo experiencial: ser la lenguas que van a escribirse o escribir en lenguas que fueron vividas (Lo que quería es que no hubiese diferencia entre la escritura y la vida). Como, a diferencia de Perlongher o de la propia Palmeiro, Rorro primero piensa y después vive, el proceso por el cual toma la voz de la Madrina para hablar él termina volviéndose en su contra cuando la experiencia del devenir Madrina somete su lengua (re-tomada) y la convierte en monólogo marica, de loca. Ese pasaje, el de una lengua que observa a una lengua que vive, es el que otorga la ilusión de falsedad que hace que las ideas narradas en la primera parte perduren, una vez completada la lectura, en su forma real.


Existe a nivel micropolítico, es decir, al nivel de los cuerpos y de las formas de vida, una revolución molecular que es enfrentada por una contrainsurgencia conservadora del estado actual de las cosas, dice, en algún momento, el gato Rorro.

La novela de Palmeiro se resiste todo lo que puede a esa contrainsurgencia conservadora que domina no sólo las formas sino también el repertorio de contenidos de nuestra literatura. Y con esa resistencia gana y pierde cosas.

Quienes busquen un dispositivo narrativo perfecto, un artificio discursivo férreo o una especulación formal que explore las posibilidades de representación de lo real, mejor será que recorran otros caminos.

Palmeiro parece saber muy bien que hay escrituras que pueden producir libros buenos o libros malos (el terreno del to like barthesiano) pero nunca libros muertos; que hay escrituras que si se toman demasiado en serio corren el riesgo de morirse; y que no es bueno que ninguna escritura muera.

Cat Power. La toma de la Tierra
de Cecilia Palmeiro
por Editorial Tenemos las Máquinas (2017)
221 páginas