La trilogía voluntaria del caminante

“Debía ir a una dirección del barrio Belgrano a buscar un libro comprado en Mercado Libre”. Así empieza Los lugares –la última novela de Elvio Gandolfo– y la excursión de un personaje sencillo, un sábado cualquiera, entrenublado, por algunas calles de Buenos Aires.

La novela se divide en tres partes y la estructura surge a raíz de un desafío formal: cada una de las partes se desarrolla en un lugar diferente (Belgrano, Frankfurt y Ciudad Vieja) y está escrita, cada parte, desde un punto de vista distinto (en primera, en segunda y en tercera persona). “Es algo que aprendí del francés Georges Perec, aunque lo ejerzo con más modestia”, dice el narrador. La limitación formal activa –y potencia– la narrativa de Gandolfo que, en esta novela, profundiza en su proyecto autobiográfico: el personaje del relato de Gandolfo se llama Elvio Gandolfo y la frontera entre realidad y ficción –algo indefinido–, avanzada la lectura deja de ser un tema, un asunto, porque lo que se impone es la voz, la máquina de narrar que es Gandolfo.

En un ensayo titulado Caminantes (Ediciones Godot, 2017), Edgardo Scott hace una distinción entre flaneurs, paseantes, vagabundos y peregrinos. “Los vagabundos son los caminantes más oscuros y solitarios”, escribe Scott. “A veces, inaccesibles. Errantes. Su marcha pareciera sustraerse al sentido. (…) Hombres que buscan perderse; que rechazan todo destino, todo rumbo”.

Los lugares- Elvio Gandolfo
Blatt & Ríos (2018)- 167 páginas

Si bien hay una intención clara en la primera parte de Los lugares (ir a buscar un libro de Peter Handke comprado a través de Mercado Libre) la caminata del protagonista, a medida que avanza el relato, se va desdibujando y se torna impredecible. Primero está el desafío de seguir la calle 11 de Septiembre –que se corta y, después de las vías, sigue por otro lado–, después la imagen publicitaria de unos alemanes tomando cerveza que dispara un divague acerca de lo alemán y el multicine que invita a ver una película de X-Men. La caminata que tiene lo concreto de ir a buscar el libro, ese sábado, se transforma en algo que orilla el vagabundeo, el andar sin rumbo.

En la segunda parte, escrita en segunda persona, vos, Elvio Gandolfo, sos invitado a la feria del libro de Frankfurt. Ahí vamos desde la burocracia estatal de la invitación hasta la participación, como orador, en dos mesas –una sobre Sábato y la otra sobre literatura fantástica– pasando por una escapada en tren a Mainz, con otro escritor, a visitar la casa de Gutenberg. “Una vez que comprobabas que todo funcionaba más o menos bien, tratabas de percibir lo máximo que pudieras sin moverte demasiado de ese lugar en sí, en un sistema azaroso, ‘at random’ para conocerlo”, escribe Gandolfo sobre su modo de estar en Frankfurt donde las caminatas, quizá por ser una ciudad bien ajena para un sudamericano, son las más flaneuristas de la novela.

En la tercera parte, Ciudad Vieja, la trama gira en torno a una ex que viaja a Montevideo a participar de un coloquio. Una ex con la que hubo una relación breve pero intensa. Gandolfo se encuentra con ella y quedan en salir a caminar por la Ciudad Vieja, un sábado ventoso, en una caminata que es, de lleno, un paseo. “La forma más ilusa, más irreal y fantasiosa de la marcha”, escribe Scott en Caminantes. “Pasear es levitar. Los paseantes no tocan el suelo. Se elevan, pero no vuelan: sobrevuelan, planean”. La calle Sarandí y el mercado del puerto ya no son lo que eran; ahora la zona de la Ciudad Vieja es la más monitoreada de la ciudad, la que tiene más cámaras. Gandolfo y su ex caminan juntos por las calles ventosas de Montevideo, conversan, toman un café en un bar. Pasean, esencialmente. Y si bien el paseo es compartido, para el protagonista de la novela es, sobre todo, un paseo introspectivo.

“La digresión, los meandros de la cabeza son el dibujo de sus pasos”, dice Scott sobre el modo de caminar del paseante. “Y si bien la realidad –la convención– puede elegir bellos paisajes, cuadros vivos para convocar, sugerir, invocar el paseo, el paisaje del paseante es ante todo un paisaje interior. Un paisaje hecho de visiones. Un paisaje lleno de visiones.”

Buena parte de Los lugares sucede así, ahí, en la mente de nuestro caminante. Gandolfo camina, mira, observa, conecta, piensa y relaciona. Reflexiona. Dice y a veces se desdice, duda, repasa y es, sobre todo, digresivo. Los lugares podría ser una novela brevísima llena de notas al pie.

“La buena literatura únicamente puede salir de la experiencia de las cosas y de la equidad frente a esa experiencia” dice Gandolfo que dice Peter Handke en lo que podría ser una declaración de principios, una toma de posición frente al acto de novelar. Pesar, sopesar, medir distancias y narrar una vida desde el disfrute, el goce y lo vital, siempre, a partir de los modos de estar, de captar, de percibir. “Camina solo, mucho más caído hacia adentro, aunque con una especie de periscopio flotante que observa el viento, los papeles, las veredas de la principal avenida, los autos que debe tener en cuenta en cada cruce”.

Gandolfo pasa, naturalmente, de Peter Handke a Thomas Mann (a Gombrowicz, a Bernhard, a Macedonio, a X-Men) y las tres voces –los tres puntos de vista– dejan la sensación, al final de la novela, de haber sido una sola voz, literatura pura hecha de eventos mínimos y digresiones.

Los Lugares es una novela sobre las ciudades. Hay observaciones sociológicas, arquitectónicas y antropología urbana. Se narra lo vivo –y las transformaciones– en las ciudades y cómo eso influye y determina las emociones en la persona.

Es una novela acerca de las ciudades de una vida: mientras que Gandolfo (la persona, no el personaje) vivió en Rosario, en Buenos Aires y en Montevideo, el Gandolfo de Los lugares (el personaje) se pasea por Buenos Aires, por Montevideo y por una Frankfurt que le recuerda, por momentos, a Rosario.

Es una clase magistral, condensada, acerca del uso de las diferentes personas en la narración (primera, segunda y tercera del singular) y es, también, una novela sobre “días que no se borran de la memoria a veces sin que uno sepa por qué”, sobre cómo operan la memoria y los recuerdos.

Como flaneur, paseante y vagabundo, Gandolfo camina para pasar el rato, para estar, para observar y también para completar, porque Los lugares es –sobre todo, quizás– una novela sobre la soledad. Al final del día, Gandolfo vuelve a casa solo. Siempre. De a ratos aparece un dejo de nostalgia, un rasgo, pero la soledad que lo atraviesa (y sobre la cual incluso reflexiona) no transmite, nunca, una sensación de desamparo. Tiene más bien, siempre, un halo épico, de vida vivida –bien vivida– y de un cansancio feliz y pleno.

Los lugares
de Elvio Gandolfo
por Blatt & Ríos (2018)
167 páginas