Una lectura (im)posible

La lengua de la manada
En una muy comentada conferencia en Colombia, Lucrecia Martel imaginó la secuencia de un burgués duchándose en su departamento para contrapuntearla con la idea de alguien que debe bañarse en la pobreza. La cuestión de fondo era cuestionarse qué filmar. Cito: ¿Voy a ir yo con mis ideas a contar el espacio tiempo del otro? Esa persona tarda en empezar a bañarse más de media hora: lo que yo hago en veinte segundos. El abismo es político, por supuesto, pero también filosófico.
Muy sólido todo, pero: el mismo camino argumental puede llevarnos a un sendero de no retorno hacia la abolición de la ficción: ¿puede uno contar el espacio y el tiempo de su misma clase pero cien años atrás? ¿Puede uno contar el tiempo y el espacio de un hombre siendo mujer (o viceversa)? ¿Puede uno contar un tiempo que ya sucedió, incluso cuando le sucedió a uno mismo, tiempo difuso, mediatizado, sepultado por la coyuntura de la urgencia y los gadgets?
La marteliana meditación induce a suponer que la empatía -esa palabra que tanto les gustó a las empresas a principios de los dos mil y que heredaron tarde los políticos y más tarde aún el sentido común que repite tarde lo que ya fue- es imposible. Al menos para las artes: que nadie puede pretender retratar nada que no sea su aquí y ahora, su circunstancia, retrato en el que sólo podrá reflejarse la modesta manada que la comparta.
Y eso es lo que hace Ana Ojeda (Hacer estallar la idea del idioma como unidad monolítica, hablando un código de interior, para quienes lo comparten) en Mosca blanca mosca muerta.

Mosca blanca, mosca muerta- Ana Ojeda
Bajo la luna (2017)- 133 páginas

Sinopsis
Cada uno de los once capítulos de la novela empieza con una vieja narrándose a sí misma en situaciones más o menos inmediatas (en el gimnasio, con su hija y su nieto, en pleno trío, haciéndose los dientes, en el Tigre) que suceden en las primeras dos o tres páginas. Lo importante empieza siempre después, cuando la narración muta a una tercera persona primero identificada como la señora y luego como Oana Ban, la versión infanto-juvenil de la narradora.
Acá, en el presente octogenario que algunas referencias nos permiten ubicar cerca de 2060, Oana administra los ingresos que le dejó el finadito y vive bien: se da sus gustos. El reparto: Juliana, como lo que parece ser una empleada doméstica (o enfermera) que la ayuda en casa; Gladys, como la amiga que no puede seguirle el ritmo; Carlín, como el marido de la amiga que la mira con ganas; y Miranda (o Mirinda), como la hija que deja al nieto y se va.
Allá, en la infancia y preadolescencia de Boedo, Oana es hermana del medio de un grupo de cinco (mayor, menor y dos del medio: la pesada sindical), e hija de la patronal, compuesta por Madre -que escribe, en las sombras, textos de los que parecen beneficiarse otros hombres- y Páter -del que sabemos poco más que esto: que es el que trae la tecnología a la casa-. Oana se entrena duramente para ingresar al Treato Culón, va a la escuela por la mañana, aprende idiomas por la tarde, sigue una estricta dieta recomendada por la escuela de Olga Ferri que la prepara, viaja en transporte público, convive brevemente con un joven historietista que duerme en su casa por un tiempo. En fin, crece. Sin demasiadas referencias, exponiéndose a una constante y absurda confrontación con un mundo que los adultos parecen recibir con igual espasmo: el de los noventa.

Discrepo / mi tesis / no quiero
Mucho se ha dicho sobre la extravagancia de esta anciana -a la que, al parecer, ningún reseñista perdió ocasión de vincular con el sexo- y del juego que se produce entre presente y pasado, pero: 1. si esta novela trata sobre algo, trata sobre una niña-adolescente que crece en Boedo entre familia, escolaridad y una serie de actividades extracurriculares que se irán apagando con el tiempo y los años; 2. hay un trío y una masturbación, tres páginas en ciento treinta y tres; 3. el pasado y el presente no se cruzan nunca: tanto es así que el cambio de registro es agresivamente notorio cada vez que la Oana vieja empieza a hablar de la Oana joven. Y referencias como YouTube, Mariana Fabbiani o Master Cheff en la voz de la Oana vieja hacen desconfiar un poco de la idea de una voz octogenaria que debería estar hablándonos desde 2060.
¿Mi tesis? La lengua que recuerda, la que vale, es la de una treintañera: es la de Ojeda.
Si quisiera, podría pensar que la narración nos interpela sobre si es posible o no leer la juventud después de los treinta años y que, tal vez, la escritura estuviera dando cuenta de una imposibilidad. Pero no quiero.

La reivindicación de la frase
La lengua de Ojeda, su forma de ejercer el lenguaje es intimista, a veces demasiado, hecha de experiencia y memoria, superpuestas, ambas, en una decidida intención de subvertir las lógicas cotidianas. La sintaxis telegráfica (“psiquis infantil extraía beneficio de la acumulación concéntrica”, “lunar cancerígeno en proa de naso) convive con un repertorio semántico que encuentra su mejor forma en la frase. Ejemplos como “el trino de lo inesperado se desvanece irremediable”, “la memoria derrite el contorno de todo lo que toca” o “derramás en lo denso” hacen de lo breve y rotundo una fiesta que no deja afuera nada: complejidad, sentido, ambigüedad, ritmo, irreverencia gramatical… Una forma de trabajar la materia léxica que alcanza la contundencia desde el extremo opuesto al de la facilidad y el cliché publicitario, pero con la misma y renovada eficacia.

Tres preguntas y un pero
Pero, volviendo a Martel: si tendiéramos a hacer obra de nosotros y nuestras circunstancias acotando el campo empático, ¿quién tendría el tiempo y las ganas para leernos?
¿No podría suceder (¿estará, ya, sucediendo?) que estemos haciendo obra para nuestros pares?
¿Será cada vez más difícil leer al otro hasta que la dificultad se convierta, por flaqueza, por desinterés, por fiaca, en un imposible?
Y esa imposibilidad… ¿qué vendría a ser?
Porque es una buena noticia que todos escribamos, es una buena noticia que todos podamos convertirnos a nosotros mismos, a nuestra experiencia y a nuestra memoria, en lenguaje (expresar el mundo en nuestros términos es una conquista que nunca deberíamos dejar de ejercer. Porque filtramos el mundo a través de la grilla de nuestro lenguaje. Porque nuestro lenguaje es nuestra piel, es decir, lo que topa con el afuera), incluso cuando nadie nos lea, pero:
Pero.

Mosca blanca mosca muerta
de Ana Ojeda
por Bajo la luna (2017)
133 páginas