El lenguaje como lugar

Si quisiéramos contar qué pasa en “Los sorrentinos”, la primera novela de Virgina Higa, nos pasaría igual que con el célebre mapa de Borges escala 1 en 1, el “mapa del imperio que tenía el tamaño del imperio”: el comentario tendría la misma extensión que la novela. Porque en «Los sorrentinos» pasan cosas todo el tiempo; en cada capítulo, en cada página, en cada párrafo.

La novela cuenta la historia de una familia de inmigrantes italianos –Los Vespolini– que, a principios del siglo XX, se instala en Mar del Plata (abren hoteles y restaurantes), y gira, en particular, en torno a Chiche Vespolini, el heredero y “capitán de barco” de la Trattoria Napolitana, “la primera sorrentinería del país”: un tipo excéntrico, con habilidad para los idiomas, lleno de anécdotas, de latiguillos, de energía y con muchos matices; “sus temas de conversación favoritos eran Italia, el cine italiano, el de Hollywood, la historia de la antigua Roma –sobre todo los reyes etruscos–, la mitología griega, le historia judía y el psicoanálisis de Freud”.

Los sorrentinos- Virgina Higa
Sigilo (2018)- 147 páginas

Cine, música, videntes, exorcismos, un sinfín de anécdotas familiares, celos y guerras comerciales, amores, odios, suicidios, culpas, nacimientos, muertes, casamientos, divorcios, infidelidades y más: la novela está llena de acontecimientos y experiencias narradas con un vertiginoso tono tragicómico y de sabor agridulce donde, en general, gana siempre el humor.

Además de estar poblada de referencias culturales (populares, en su gran mayoría; cantantes, actores, actrices, canciones y películas), en Los sorrentinos hay, también, unas cuantas referencias de marcas –galletitas Ópera, Espadol, Marmelitas, Cindor– que ubican a la novela, de un modo muy preciso, en tiempo y espacio identificables, en época y lugar.

La edición de Sigilo es de una estética pop retro –Natalia Fanucchi y Krystopher Woods en foto y diseño de tapa– bien a tono con la novela, con un laminado brillante y una colorida faja –rojo y blanco, todo– donde Hebe Uhart, Federico Falco y Vera Giaconi no escatiman en elogios para con Higa: “sorprenden en ella la pintura de personajes, el humor y la sabiduría en las transiciones”, “leve, precisa, tierna, delicada y luminosa”, “feliz sorpresa en el panorama literario argentino”.

A partir de una estructura novelística cuidadosamente diagramada, pensada al detalle, al milímetro, de proporciones áureas, pareciera que Higa considera que lo más importante en literatura es contar historias. Es cierto, como dice Uhart en la faja del libro, que la novela “se lee de un tirón”. Y eso sucede (además de lo efectivo y sólido de la estructura) porque el nivel de acción y peripecia que hay en el texto está narrado a partir de una intensa y firme economía lingüística.

Muchos de los que leemos literatura nos vemos desorientados, a veces, a la hora de regalar un libro –a algún amigo, algún familiar, para algún cumpleaños–, pero este año no: «Los sorrentinos» es ese libro para regalar. Funciona, como Los Simpsons, a muchos niveles. Atrapa, entretiene, es entrañable, conmovedora, y tiene un tono preponderante de comedia –de sitcom, de a ratos– que abarca un muy amplio espectro de lectores posibles.


Promediando la novela, en la época en la que estaban llegando al país los primeros televisores color, Chiche le hace creer a Dorita –una prima que tenía fama de ser “muy boluda”– que su televisor blanco y negro se iría convirtiendo, solo, en televisor color: “vos miralo fijo y vas a ver cómo van apareciendo de a poco los colores”. Si pensáramos a «Los sorrentinos» desde lo cromático podríamos decir que en la novela pasa algo parecido a eso que le dice Chiche a Dorita que va a pasar con su televisor: en la novela, de a poco, a medida que avanzan las páginas, van apareciendo los colores. Vamos desde el desembarco de unos inmigrantes italianos en el país a principios del siglo XX, en Mar del Plata, “cuando todavía no existían el edificio del Casino ni el Hotel Provincial”, hasta la consolidación de la ciudad turística que termina siendo, funcionando a pleno, en su apogeo. Mar del Plata sirve de base y atraviesa toda la novela, de principio a fin. Hay una serie de referencias –restaurantes, playas, calles; algunas con un cambio de letra, apenas– que son un extra para el lector que conoczca la ciudad y esté familiarizado con ella. En ese sentido, es una novela sobre el desarrollo de una ciudad que se va construyendo a sí misma a lo largo de casi un siglo. Y en esos años hay de todo. Años buenos y años malos. Temporadas mejores y temporadas peores para los rubros familiares: la gastronomía y la hotelería. Pasa, por ejemplo, para el disgusto de Elvio (propietario del Hotel Güemes), que Perón promueve el turismo social –“Usted se paga el pasaje, el gobierno el hospedaje”– y obliga a los hoteleros a recibir húespedes por muy poco dinero, pero pasa, también, que algunas temporadas la ciudad rebalsa de turistas, la plata sobra, y la Trattoría, que no da abasto, se llena de personajes famosos y reporteros gráficos.


En algunas zonas –las voces, la cultura popular (el cine, sobre todo), la familia, los vínculos, la identidad–, desde lo temático y el trasfondo de algunos personajes, “Los sorrentinos” remite a Manuel Puig.


«Los sorrentinos» es, además, una historia de saberes culinarios, hereditarios, trucos, recetas y preparaciones con ingredientes secretos. “Puso una gran olla con aceite de oliva sobre el fuego, eligió los mejores dientes de ajo, los peló y les mostró a las mujeres cómo tenía que prepararse la salsa para los sorrentinos, una salsa perfecta que no competía con el sabor de la pasta ni con su consistencia, que no era muy densa ni muy líquida, con el grado justo de acidez y de sal”.

Los comensales que asisten a la trattoria tratan de sentarse siempre mirando hacia la cocina porque es ahí donde hay más acción. Además de ser el lugar donde se preparan los platos, es donde hay más peripecia –peleas, gritos, discusiones– entre los que trabajan y los que van de visita, que son muchos (y con el paso de los años se van sumando cada vez más). Porque la novela está llena de personajes. Si fuera una película, la tira de actores de reparto sería muy larga. Si bien hay algún que otro amigo y ayudante de cocina del interior del país, la mayoría de los personajes de la novela son familiares. Son tantos que la novela bien podría estar precedida de un nutrido árbol genealógico de los Vespolini (como el árbol de los Buendía en Cien años de soledad) con sus diferentes vínculos y generaciones.

En esa zona, en lo íntimo de la familia, es donde se da algo de lo más rico de la novela. Que los bioquímicos se dan a la bebida –se dice– ; que los franceses se mandan la parte, no saben cocinar y son sucios, que Jeanne Moreau ahora es muy hermosa «pero cuando sea vieja va a ser más fea que un orto». Así se habla, puertas adentro, sin tapujos y con total impunidad. No hay ninguna corrección política porque todo sucede en el ámbito de lo privado donde no hay que dar ninguna explicación y se puede derrapar libremente. Higa acierta en no filtrar (y subrayar) esas generalizaciones, esos prejuicios, y dejarlas en la zona de lo crudo, lo visceral y el exabrupto.


Un asunto central en la novela es cómo cortar la pasta. ¿Con tenedor o con cuchillo? Eso divide aguas, y es la prueba de fuego. A partir de ese pequeño (gran) detalle la familia acepta o rechaza a comensales, amigos y aspirantes a novios. Daría la sensación, en ese sentido, de que el motor de todas las cosas en la novela es el amor, o algo parecido: se construye, se destruye, se transforma, se arman y se desarman –parejas, amistades, empresas, proyectos y alianzas– a fuerza de una energía invisible que tiene algo que ver con el amor ejercido de un modo pasional, extrovertido y errático. Además de las batallas familiares –las colectivas–, cada uno de los personajes de «Los sorrentinos» lleva adelante, íntimamente, su batalla personal. A algunos les va bien, y a otros no tanto. El mundo, inexorable, sigue girando, siempre, y hay que adaptarse: resurgir, reinventarse. En ese contexto, los que lo consiguen siguen viviendo, siendo parte, y los que no, lo pagan: algunos cayendo y quedando afuera del clan, otros con enfermedades terminales y confinados, y otros, incluso, hasta con la muerte.


Además de ser una novela sobre la comida, sobre la familia y sobre la identidad (el desarraigo, el exilio, los saberes transmisibles y la herencia familiar estan muy presentes en todo el relato), «Los sorrentinos» es una novela sobre la tradición oral. “Esas frases son nuestro latín” (un extracto de “Léxico familiar”, de Natalia Ginzburg) es el epígrafe de la novela que Higa, además, le dedica a su familia (“A mi familia”). Ahí, en esos dos elementos –epígrafe y dedicatoria; las frases y la familia–, está todo lo que viene después.

Sciaquada, catrosha, spaccone, chinasos, papocchias, carpi, son palabras que antes de leer la novela el lector desconoce, pero después no sólo que las conoce sino que ocupan, en su mapa mental, un casillero irremplazable, porque el modo en que Higa introduce las palabras en la novela es el modo en que se introducen las palabras en el lenguaje real. No de un modo paternalista ni vertical, desde su definición, sino desde su aplicación. Así como se incorporan, verdaderamente, las palabras; como aprendimos la gran mayoría de las palabras que sabemos hoy cada uno de nosotros. Los personajes de «Los sorrentinos» usan, en sus diálogos, las palabras (papocchia, catrosha o sciaquada, por ejemplo), y el narrador, acto seguido, ilustra desde su aplicación: “eran papocchia las películas sobre la Segunda Guerra que no fueran italianas, masticar chicle, todo lo relacionado con la NASA y los astronautas y las hamburguesas y más tarde, cuando se volvió popular, también el sushi”, o “una mujer podía dejar de ser catrosha si quería, pero dejar de ser sciaquada era mucho más difícil”. Las palabras, entonces, se instalan desde su aplicación (no desde su acepción), y luego de eso –otra vuelta de tuerca– el narrador, como uno más de la familia, incorpora las palabras nuevas a la narración y las usa, como cualquier otra palabra (y se deslizan y fluyen, naturalmente, en la novela).

Así, a partir del uso, como algo que no termina de cerrar del todo (que es felizmente ambiguo, contradictorio, de usos múltiples) las palabras se van perfilando como algo que nosotros, lectores, entendemos y que podríamos, incluso, aplicar: «¡Qué pappochia!», podríamos decir, o «¡flor de catrosho!», después de leer la novela y –aunque nos sería difícil definirlas, si nos preguntaran por su significado– sabríamos muy bien de qué estamos hablando.

Es tan fuerte ese rasgo, el de las frases (y las palabras) en la novela, que deja al lenguaje constituido como un lugar –que surge del cruce de tradición, identidad y herencia– tan concreto como Sorrento o como Mar del plata: un lugar de origen y un sitio habitable. Un refugio. Un lugar al cual volver, siempre, y donde se puede estar, permanecer, ser –libremente y sin tapujos, en familia– o, como en el caso de varios de los personajes de la novela, tocar fondo para resurgir, reinventarse y seguir viviendo.

Los sorrentinos
de Virginia Higa
por Sigilo (2018)
147 páginas