De frente a la biblioteca

Algo que atraviesa una serie de cuentos, transforma a esa serie en un libro de cuentos. En este caso, desde el título (Fosfato) y la imagen de tapa (un dron sobrevolando un campo sembrado, silos de fondo), ese algo es un lugar (Campo Labrado) y todo lo que se juega en ese lugar, el nuevo campo (el campo tecnificado, el campo de la soja) y los personajes que, indivisibles de su entorno, con sus dramas (sus miedos, sus paranoias, sus visiones) andan por ahí dando vueltas; viviendo, de paso, yéndose o con ganas de irse.

Fosfato, que en 2018 obtuvo el tercer premio del concurso anual del Fondo Nacional de las Artes, fue editado este año por La Parte Maldita. Es el primer libro de cuentos de Manuel Crespo que, antes, había publicado ya una novela (Los hijos únicos, en 2010, por Gárgola), una historia que se desarrolla, también, en Campo Labrado; ese lugar que pareciera ser la zona Crespo.

Un campo labrado (arado), peinado, con esos surcos hechos previos a la siembra, es una imagen que deja una sensación extraña. Honda, inquietante. Es el momento en el que se ve, en su máxima expresión, la mano del hombre en la tierra (sometida, explotada a gran escala). Desde la imagen a la que remite el nombre del pueblo y a partir de lo que va apareciendo en los cuentos, cada uno, según su bagaje, proyecta: yo imagino a Campo Labrado como un pueblo del interior de la Provincia de Buenos Aires, aunque posiblemente pueda asemejarse a cualquier pueblito de la región pampeana. En este contexto, los personajes, sus dramas personales y los pliegues fantásticos dentro de lo real: la excepción, lo extraordinario, lo inusual captado por una mirada despierta, con foco en lo sensible, desde un narrador que ejerce, como dice Marcelo Cohen en la contratapa, “la atención abierta, sin propósitos”. Eso que pareciera una descripción precisa, en pocas palabras, del zazen, y que, en literatura, se logra –Crespo, en estos cuentos, lo logra– desde un narrador contemplativo, objetivo, que describe y expresa la emoción, narrando sin juzgar.


En la contratapa, Cohen vincula a Crespo con la tradición de Guillermo Hudson y de Haroldo Conti. Proyectando este juego de nombres, yo diría que en este libro de Crespo hay, también, algo de Miguel Briante y algo del mismo Marcelo Cohen. Un brillo. Un hálito. Personajes al borde de un punto de inflexión (de un quiebre que nunca termina de concretarse del todo) en un ambiente que acecha; toda la emoción susceptible de ser soportada por una persona, por un cuerpo, centrada en un pequeño punto del universo. En un gesto mínimo, en un hecho cualquiera que, visto desde afuera, puede parecer una nimiedad pero que, en los zapatos de quien lo vive, es la mano clave de alguien que, sin que el resto lo sepa, se está jugando su destino.

Imagino a los personajes de estos cuentos, en su versión cinematográfica, con los ojos cargados de lágrimas a punto de brotar. No es tristeza. Es otra cosa. La procesión va por dentro. Siempre puede llegar a estar habiendo, detrás, una gran conspiración (¿de dónde sale ese dron que sobrevuela los campos?, ¿quién lo manda?) y un hombre que, solo, siempre, en todos los cuentos, experimenta la perplejidad ante lo inefable y soporta, en silencio, el peso del mundo.


Hay tres cuentos (Carcharodon pampeanus, Viridi abominatio y El riel) que vendrían a ser tres versiones de un mismo hecho (o tres fragmentos de una misma historia, desde tres personajes) y son, a mi juicio, el punto más alto del libro.

¿Irse o quedarse en Campo Labrado? Ninguna de las dos parece ser una buena opción. Habiendo nacido en Campo Labrado pareciera no haber salida de Campo Labrado, ni siquiera yéndose bien lejos.

En el tercer cuento de esta serie, El riel, hay un puerto, un barco, un bar y un hecho escabroso. Una violencia cruda y un gran uso de la elipsis (de lo que está, lo que pasó, pero no se dice, se insinúa) y pesa al punto de marcar una vida para siempre. Por atmósfera (lo ominoso, la conmoción, lo nocturno, lo brumoso) es el cuento más coheniano del libro.

En los tres cuentos de esta serie se advierte una muy buena lectura de Saer. Sin caer en lo epigonal (la sintaxis, la retórica, lo musical, el fraseo, la respiración) ejecutando, a su modo, la construcción del lugar desde diferentes voces, recuerdos y decires: los hechos, a fin de cuentas, poco importan; lo que importa es el estado de ánimo que los personajes, estén donde estén, indefectiblemente llevan consigo, siempre, siendo de Campo Labrado.

La yegua del comisario, por otro lado, es un cuento bien briantezco, de esos que dejan imágenes grabadas después de la lectura (una yegua, un rifle, la espesura); mientras que Nube amarilla y Mujer cerdo son dos cuentos parecidos pero diferentes: la noche en Buenos Aires, fiestas, minas, tipos (algo del turco Asís, algo de Carver).


Esto de rodear al libro de nombres propios (tiene algo de) puede llegar a ser un salvavidas de plomo para cualquier escritor en ciernes. Pero creo que en el caso de Crespo sirve como aproximación y, además, vale, no es un problema, no lo fosiliza, porque Crespo hace literatura desde la literatura.

Crespo no inventa nada. No tiene pretensiones de originalidad. No busca transgredir. Sí, tal vez, busca actualizar lo bucólico (pintar este campo tecnificado, lejos del costumbrismo y la idealización, más allá de la melancolía pampeana del horizonte infinito) y, ahí, en esa zona, transmitir la emoción de estos personajes abismados. Y hacer literatura.

Al igual que los nombres citados más arriba, los protagonistas de estos cuentos son, casi todos, hombres. El rol de la mujer es más bien secundario. Hoy, que buena parte de los libros de narrativa parecieran ser de actualidad (un desprendimiento de algún discurso social, de algún tema en boga), la literatura de Crespo, en contra de la corriente, es eminentemente masculina. Ahí hay un gesto. O una consecuencia. Crespo se escapa del hacer algorítmico, de lo bienpensante, de lo que corresponde, lo que garpa. Y ejecuta una literatura clásica orgullosa de ser clásica.

Desde una prosa que no suelta, que no da respiro, a la que no le sobra ni le falta nada, con una toma de posición sintáctica (escribir desde-Saer, no como-Saer) que ejerce y defiende de principio a fin, Crespo le da la espalda al mundo contemporáneo y se para de frente a la biblioteca. A su biblioteca, estimo. A esos libros que, supongo, a Crespo le habrán hecho dedicar su vida a la literatura. Escribe, entonces, desde ahí, sin temor a ser inscripto en tradiciones y corrientes literarias. Al contrario. Buscándolo, diría. Una escritura desde el amor y la fascinación por la literatura, desde los libros, con énfasis en esa cosa universal, en lo de siempre, el drama y la angustia humana.

No pareciera, en ese sentido, un primer libro de cuentos. Tampoco pareciera ser un libro escrito por un escritor nacido en 1982. Pareciera, por su escritura y su sensibilidad, un libro escrito por un escritor con años de trabajo, con años de oficio, de agua corrida por debajo del puente.

Fosfato es un libro felizmente anacrónico, distinto a lo que se suele ver hoy en día en las mesas de novedades de las librerías. Un libro que, desde los libros, puede llegar a hacer renovar los votos con la literatura a más de un desencantado.

Fosfato. Manuel Crespo. La Parte Maldita. 2019. 135 páginas.


FACUNDO GEREZ
Escritor. Samsara (Eterna Cadencia, 2015).