La responsabilidad y el dolor de saber

Cada jueves, mi hermana y yo nos encontramos en un café para hablar, casi siempre, de lo mismo. Libros que nos encantan, que nos volaron la cabeza, que estamos ansiosas por compartir, discutir, releer. A veces intentamos hablar de otras cosas pero la conversación vuelve a los libros y en los últimos meses, casi todos los jueves, el nombre Cometierra aparecía en la charla. Mi hermana compartía con Dolores Reyes un espacio de taller los miércoles a la noche y la emoción por las lecturas de Cometierra le duraba hasta el jueves a la mañana e incluso mucho más. Esperé que el libro se publicara durante casi un año. Unos días antes de su lanzamiento, tuve la suerte de leer las primeras páginas y entendí por qué las emociones de Cometierra serían duraderas.

Con una primera persona potente pero sin alardes, que muestra el dolor pero no se fagocita en él, Reyes se abre paso con una novela que llegó para quedarse. La palabra de Cometierra es austera, se nota el trabajo del lenguaje y la belleza aparece apenas, tímida, como puede aparecer cuando la pobreza y la violencia se instalan como contexto. Reyes no le tiene miedo a las palabras, no hay en su universo literario un lenguaje alto y uno bajo, lo «poético» y lo «villero» conviven, se funden hasta lograr una expresión auténtica y poderosa. La elipsis es uno de los recursos más utilizados en la prosa, se dice lo que hace falta y la economía de recursos le hace justicia a la naturalidad con la que viven los personajes la suerte que les toca.

Tras la muerte de su madre («Nunca más mamá y yo»), Cometierra se lleva un puñado de tierra a la boca y ve, entonces, cómo el padre mató a golpes a su madre. «Nunca más mamá y yo» es la pérdida inaugural de la novela pero le siguen muchas otras, la de la Seño Ana, la de Florensia, la de María, la del Dypi. Cada nueva botella con tierra que aparece tras la reja de su casa, es una historia por la mitad, es una madre, un hermano, un novio con el corazón suspendido, es un cuerpo que no está, la responsabilidad y el dolor de saber.

Aun así no todo es tristeza, y a medida que la trama avanza hay espacio para el amor, las historias de amigos, las peleas de Mortal Kombat, las visitas en moto a la Mega o la Ferycrazy para comprar CDs compilados con «alguna mina en tanga» en la tapa. Reyes no siente lástima de sus personajes, tampoco Walter, Cometierra o Miseria sienten lástima de sí mismos, y este es uno de los grandes hallazgos de la novela. La palabra es justa, y fue cedida con generosidad a Cometierra para que cuente su historia y la de los suyos, lo mismo se toma mate que cerveza a las dos de la tarde en esa casita de barrio en el conurbano bonaerense, lo mismo da si Cometierra deja la escuela pero no está embarazada ni trabaja. Un regalo es un pote de crema de enjuague, un mimo es un toallón violeta. El lenguaje de Reyes está al servicio de su obra, una lección de humildad y talento que no sorprende si uno conoce el recorrido de esta docente, estudiante de letras clásicas, que milita el feminismo desde temprana edad.  

La tierra, como elemento central, liga a Cometierra con una tradición basta y fecunda de la literatura latinoamericana. Es inevitable pensar en el Llano de Rulfo, en el Macondo de Márquez, en la Itapé de Roa Bastos, en la Santa Fe de Demitrópulos o en la pampa que cruza la carreta de la China Iron, por mencionar algunos ejemplos. La tierra es un símbolo potente, oscura y cálida como el vientre de la madre es también sepultura y en esa ambivalencia, Cometierra da rienda suelta a sus impulsos por comerla, por ver lo que la tierra tiene para mostrar.

La tierra es, además, el lugar desde donde se enuncia. Todo conocimiento es situado y en el caso de la novela de Reyes, el punto de vista es doblemente marginal, por ser Cometierra pobre y por ser mujer. Comúnmente asociado a los locos, a los enfermos o a los niños, el acto de comer tierra (o la geofagia) es de por si un acto denigrante, vergonzoso, «sucia, te veo tragando tierra otra vez y te quemo la lengua con el encendedor». Las visiones de Cometierra son igual de impuras, de marginales, de sucias como la tierra que se mete entre sus dientes y le llena la lengua de barro: mujeres maniatadas, esposadas, ahogadas en el fondo del río, cuerpos golpeados, escondidos, algunos a la espera de un rescate milagroso.

Suponer que el conocimiento y la palabra pueden desligarse del contexto y de la subjetividad de quien los emite es un posicionamiento ideológico. Lejos de pensar que una novela es testimonio del autor, creo que no es casualidad que  Cometierra haya sido escrita por una mujer y si bien Reyes no desliza banderas políticas ni pancartas en su texto, es su posicionamiento político como mujer, como autora, como feminista y como vecina de su barrio en Pablo Podestá lo que otorgan una potencia desconocida a la voz de Cometierra. Solo la pluralidad de voces en la literatura, como en cualquier otro ámbito de conocimiento, es lo que garantiza la posibilidad de nuevos relatos. El punto de vista importa y no es independiente del sujeto que mira, el punto de vista neutro, objetivo, es una forma de ocultar un punto de vista subjetivo y dominante.

Cometierra llega un momento clave en la historia de las mujeres. En diálogo con otros libros como «Chicas Muertas» de Selva Almada, «Beya» de Gabriela Cabezón Cámara e Iñaki Echeverría, «Las niñas perdidas» de Cristina Fallarás o «Por qué volvías cada verano» de Belén López Peiró, esta novela forma parte del entramado de voces femeninas que toman la palabra y se hacen cargo de una historia colectiva, antes silenciada, matizada, o enunciada por otras voces que tenían el privilegio y el derecho de contar.

La novela se lee de un tirón, y aunque ya se ha dicho lo suficiente que la velocidad de lectura no es indicador de la calidad literaria tampoco es indicador de lo contrario. Es también mérito de la novela tener un trabajo de lenguaje que allana, que abre puertas, que invita, por qué no, a aquellos lectores que han quedado afuera de la fiesta de la literatura. Sin lugar a dudas, Cometierra será una de esas novelas de las hablaremos durante mucho tiempo, pero será además un personaje que no podremos dejar de recordar, al menos por ahora, cuando al abrir los diarios o mirar la televisión, sigamos encontrando las mismas noticias.

Cometierra. Dolores Reyes. Sigilo. 2019. 173 páginas.


ELIANA MADERA
Egresada de la carrera de Artes en la Universidad de Buenos Aires. Es escritora y publicista. 17 Kilómetros, de editorial Metalúcida, es su primera novela.