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¿Por qué los poetas aprietan Enter?

Nunca entendí por qué algunos poetas locales –jóvenes y ya no tanto– aprietan Enter. Es decir, por qué dan saltos de línea cuando el poema, muchas veces, no pide el corte de verso.

Con la lectura de Litio me volvió esa inquietud pero de otra forma, porque lo que hace Malén Denis (que nació en Buenos Aires en 1989, y antes de Litio, su primera novela, escribió tres libros de poesía) es, de alguna manera, lo contrario: deja de apretar Enter. Es decir, escribe un libro, una novela, según Concreto, la editorial que lo edita, que lo ubica en su colección Narrativa, que, a pesar de estar escrito en prosa, bien podría estar dentro de la colección Poesía.

Una atención al detalle en la escritura y un cuidado en la frase hacen de Litio, creo, algo más cercano a la poesía que a la novela. Aunque, por otro lado, la clara línea narrativa que atraviesa el libro de punta a punta justifica que esté, como lo ubica Concreto, dentro de la colección Narrativa. En un mundo en el que no existieran colecciones, bateas y anaqueles, se podría decir que Litio es un devenir, una transición entre la poesía y la narrativa. Desde la poesía hacia la narrativa.


Una chica está a cargo de unos gatos en la casa de su exnovio. Su ex no está, los gatos están solos, y ella debe cuidarlos, aunque a medida que avanza el libro empieza a desdibujarse un poco todo: empieza a no saberse, exactamente, qué es lo que está haciendo ahí. Qué es lo que está cuidando. Si está cuidando, efectivamente, a los gatos, o si está cuidando otra cosa: la casa, los objetos que hay en la casa, el recuerdo de su ex, el recuerdo de una relación, o si se está cuidando a ella misma. En cualquier caso, el mundo y las pequeñas cosas, lo doméstico, la superan, permanentemente.

Iching, astrología, tarot, piedras, homeopatía y demás terapias alternativas. Frágil, psicosomática y algo paranoica, esta chica es como un ratón atrapado en un laberinto del que no se sale pensando. Y ella es la primera en saberlo pero aún así (con saberlo no hacemos nada) no puede evitarlo, piensa demasiado. La razón, y por momentos la imaginación, están, en ella, siempre un paso adelante de su cuerpo.

Desde pequeños capítulos tipo entrada de diario, en primera y segunda persona (desde un yo y un vos en diálogo imaginario con el ex), se registra una serie de vicisitudes que pendula entre la ansiedad y la abulia. Las rutinas, las tareas y el testimonio, con detalles, de una especie de parálisis activa (la paradoja: no deja de moverse, de pensar y de hacer cosas, pero, a la vez, no hace nada).

Los gatos le traen pájaros y ratones a modo de trofeos mientras ella los alimenta, riega las plantas, cuida la casa, va a fiestas porque sí –por inercia, por ir–, coge sin muchas ganas, toma merca ídem, piensa, imagina y lleva una vida sin mayores obligaciones, un poco a la deriva. Si bien hay un trasfondo oscuro (que no será spoileado), casi todo, en Litio, pasa en la mente de esta chica. Litio es la historia de la voz que narra al punto que los otros –el padre, la madre, el exnovio, Violeta–, son, en la mayoría de los casos, siluetas. Sombras. Nombres que hacen alusión al espacio que las personas supieron ocupar, al vacío que dejaron yéndose.


«For sale: baby shoes, never worn» [«Se venden zapatos de bebé, sin uso»] dicen que escribió Hemingway cuando lo desafiaron a que escribiera una novela en seis palabras. La novela está en lo que no se dice pero, desde la alusión, se manifiesta con mayor potencia que si estuviera dicho de un modo explícito. ¿Por qué están nuevos esos zapatos?, ¿qué pasó con ese bebé?

No así, como Hemingway, de otro modo, Malén también escribe novelas dentro de la novela. Novelas en pocas palabras, desde lo espacial y los objetos, sobre todo, con hincapié en lo visual.

«Se terminó de romper el cable de cargar el celular» (por citar solo un ejemplo de muchos) además de ser una frase de esas que dicen lo que tienen que decir del único modo posible (con sensibilidad y oficio poético) genera una imagen que sugiere mucho más allá de lo que dice. La unidad en Litio para Malén es, en la mayoría de los casos, la oración: un recorte, una ventana a un mundo mucho más grande que deja entrever un estado de ánimo profundo y complejo.


En Litio estamos en Argentina y gobierna Cambiemos. Se levanta el cepo cambiario y se pueden volver a comprar y vender dólares con un tope de dos millones de dólares por día. En ese contexto, la que escribe es una mujer sin trabajo estable, freelancista, una «pequeña burguesa precarizada» que está al tanto de cuestiones políticas pero se mantiene algo ajena al contexto. Informada pero distante, más pendiente de ella misma que del resto.

Desde este espaciotiempo definido, realista y representativo, y este personaje con su percepción, sus conflictos, su modo de estar y de sentir, el proyecto de Litio (y el de Malén Denis, como autora) se aproxima a la idea de encarnar la voz de una generación.

En ese sentido, Litio y Malén remiten a Tao Lin y a Lena Dunham: dos estadounidenses también nacidos en los ochenta que, cada uno a su modo, y en diferentes soportes (series, libros), con Internet (webs, redes, plataformas varias) como trinchera, se propusieron encarnar, también, la voz de su generación.

La voz de una generación que, por otra parte, hay que decirlo, siempre es la voz de un sector de una generación. De un sector socioeconómico con el tiempo (dinero) suficiente –sin urgencias–, como para detenerse en un autoanálisis existencial al borde del regodeo.

Desde ahí se podría leer a Malén, una autora que, en múltiples formatos –poesía, novela, podcasts, notas, redes–, trabaja sobre un plan que parece tener la intención de bajar a la tierra –poner en palabras– lo que muchos sienten, experimentan, pero no puede expresar. Ser esa voz apelativa y convocante de los que pertenecen a una generación hiperestimulada, con más años de vida online que offline, y con algún trastorno de ansiedad en curso o a la vuelta de la esquina.

(Algo curioso: Tao Lin es neoyorkino, Lena Dunham es neoyorkina y Malén Denis, porteña, hace poco se mudó a Nueva York, donde ahora vive. Como si este proyecto no pudiese emprenderse desde otro lugar que no fuese Nueva York).

Cuando el proyecto es encarnar la voz de una generación, necesariamente todo pasa a través del cuerpo, del yo, y la persona (el autor) se convierte en personaje. Las fronteras se vuelven difusas o dejan de existir.

Qué estoy escuchando en Spotify, como historia en Instagram. A qué eventos asistí. Qué causas apoyo. Cuáles no. Qué estoy leyendo. Yo en el metro. Yo en la cama. Yo comiendo. Yo paseando. Yo en la playa. Yo en la calle. Yo reflejada en el espejo de un ascensor. Dónde estoy. Qué veo. Qué encuadre. Qué sombras. Qué colores. Yo y mi singularidad. Qué está pasando, qué demonios es (cómo suena, qué loco) esto de estar vivo hoy, así, acá, en este mundo.

Todo ese yo (que para algún paladar puede llegar a resultar narcisista al punto de lo intolerable) no sólo se justifica dentro de un proyecto de voz de una generación sino que es parte fundamental, y tiene un encanto que atrapa.

Malén Denis en Instagram es @malendenis (Ex @futurockok. Hago periodismo cultural y feminista. Escribí 4 libros de poesía y una novela. Conduzco #pijamapartypodcast). Ahora que estoy escribiendo esto, tiene 2,252 publicaciones, 12.7k seguidores y sigue a 987 cuentas. Para hacernos una idea de tamaños, públicos, mercados y demás: mientras Samanta Schweblin –una reconocida escritora de literatura, premiada, traducida, consagrada, mainstream al punto de haber vendido este año los derechos de una de sus novelas a Netflix– tiene 11.6k followers en Instagram, Malen Denis, una escritora sin esas credenciales, ni cerca, tiene 12.7K.

Es decir, lo que sucede es otra cosa. Salta la banca y los números rompen, evidentemente, el techo de cristal de la literatura. El asunto trasciende hacia otros lugares. Se ubica en la zona del referente, en la antesala del influencer. ¿Sería posible Malén Denis –su proyecto– sin Internet? Tal vez sí. Tal vez no. En cualquier caso, a todo este asunto persona/personaje, ella lo tiene claro (“Internet en algún momento se volvió la ventana al interior o a la seudointimidad de cada uno, lo que antes era hacia afuera hoy se volvió hacia adentro: consumimos personas”) y lo explota.

Tanto en Litio como en redes y en notas, Malén baja, cada tanto, sutilmente, una línea body positive, la apuesta por la aceptación del cuerpo real por fuera de los cánones de belleza, una causa que quizá nadie de nuestra generación expresó con tanto encanto y carisma como Lena Dunham, y que evidencia hasta qué punto, en un proyecto como este, encarnar la voz de una generación, persona y personaje se funden (todo pasa a través del cuerpo) para dar lugar al referente.

Hay, por otro lado, un contraste curioso entre la aparente ingenuidad (lo superficial, lo frívolo) dentro de la sucesión de historias en Instagram de Malén Denis y el contenido (analítico, atento) de sus artículos. Una diferencia de tono notable. Con Litio pasa lo mismo: hay otro tono (un tercer tono, un tono libro). Como si hubiera un tono-Instagram, un tono-artículo, un tono-libro. Bien diferentes entre sí, pero todos en la misma dirección. En Lena Dunham y Tao Lin pasa algo parecido, como si supieran, naturalmente, qué nota tocar en cada formato para que la melodía, en su conjunto, multiformato, suene armónica.

Si bien Litio como novela funciona y se sostiene más que bien por sí sola, creo que la experiencia se vuelve todavía más intensa si, además de Litio, consumimos a Malén Denis en todas sus versiones, en todos sus formatos, en libro y en digital (redes, podcasts, notas), todo a la vez, caótica y glotonamente; diría que así la novela, la voz y el proyecto Denis, se potencian.

Creo, en definitiva, que el de Malén Denis es uno de esos casos donde la escritura –y la puesta– convoca, provoca, y no deja lugar a medias tintas. Te gusta o no te gusta. No pasa desapercibida. La amás o la odiás. Yo la amé y la odié a lo largo de Litio. Para tratar de definirlo le decía a un amigo el otro día que lo que me había generado este libro es algo opuesto a la indiferencia (que es lo que me suelen generar la mayoría de los libros de escritores argentinos contemporáneos). Interés, pasión, afecto, me sugiere el diccionario, como antónimos de indiferencia. No es nada de eso exactamente, pero quizá sirva como aproximación, tal vez desde ahí pueda empezar a arrimar.

Litio. Malén Denis. Concreto. 2019. 115 páginas.


FACUNDO GEREZ
Nació en Buenos Aires, en 1984. Es escritor. Samsara (Eterna Cadencia, 2015) es su primera novela.