Cartas leídas en voz alta

Un chiquillo en los albores de la pubertad descubre el mundo a partir de dos lugares:  el campito (un terreno lindero a su casa que permite acceder a las catacumbas mierdosas del arroyo Maldonado), y el closet secreto su padre («porque ahí van mis cosas y mis cosas son cosas mías»), un cuartito repleto de frascos misteriosos, por el que espía un mundo adulto -el de su familia- en tránsito decadente bajo una dictadura televisada. Estos lugares, sus primeros secretos, le permitirán escapar de un entorno violento en su desprecio, en su deterioro y, sobre todo, en su incapacidad para tratar a un ser humano en desarrollo.
En las profundidades de La cloaca, el protagonista conocerá al Viejo, un linyera de tintes militares que estornuda camarones, tiene una perturbadora fijación por su culito y en cuya oralidad («¿Queréis andar por los caños conmigo, Gambitas?», «Acá va la máxima revelación: tu culo es una sonrisa») se escuchan las músicas de Laiseca, Gombrowicz y algún que otro excéntrico olvidado.
Además de una madre que lo asfixia con remedios caseros para enfermedades que nadie sabe si tiene (termómetros anales, enemas, cantidades industriales de semillas de girasol), un padre que no pierde oportunidad de destacar su inutilidad, una vecina que hace las veces de musa masturbatoria y un grupito de amigos que alterna entre incitar a la transgresión y tratarlo de marica, el elenco de personajes de esta novela de iniciación se irá expandiendo en la misma medida en que el protagonista vaya cambiando de escenarios.

Antes de ser escritor, Gullermo Ferreyro (1963) fue director creativo y redactor publicitario. Su vínculo con la redacción empezó en la temprana infancia cuando su madre, española y analfabeta, le pedía que leyera en voz alta las cartas que le enviaban sus familiares (y que las respondiera). La emergencia de su veta creativa sincronizó con el acto de escribir: los españoles reclamaban el regreso de su hija y el niño Guillermo no tuvo mejor idea que inventar (escribir) excusas (ficciones) para justificar la permanencia de su madre en Argentina. Después de estudiar química, volvió a vincularse con la escritura en Planeta gnomo, una revista clandestina que hizo con amigos y colegas durante la dictadura. En esos años escribe su primer libro, Nunca conocerás Nueva York, del que no conserva ni un ejemplar. Pasó por Puan. Desertó. Se dedicó a trabajar como redactor publicitario y a escribir sin ninguna intención de publicar hasta que el 6 de octubre de 2015 se convierte en escritor. El post inaugural de su blog anuncia que Pinturitas, su “primer” libro de relatos, ganó el premio Sor Juana Inés de la Cruz de México. Desde ahí, la carrera internacional de Ferreyro no descendió ni un peldaño: La cloaca ganó de la edición 2018 del Premio Latinoamericano de Primera Novela “Sergio Galindo” y Maltrato, su segunda novela todavía inédita en Argentina, ganó el Premio Internacional de novela Kipus, de Bolivia (con Mario Bellatín entre el jurado). Además de Maltrato, Guillermo tiene dos inéditos que sobrevuelan el mismo universo de personajes y espacios que aborda La cloaca y a los que no cuesta mucho imaginarles una pronta publicación: Estampitas, y Figuritas, que vienen a completar la trilogía del diminutivo que inauguraba Pinturitas.

Esta novela es una experiencia de descenso a la parte más sucia de la memoria, una zona en la que están estancadas muchas vivencias dolorosas y desechos del proceso de degradaciones de las instituciones con las que nos intentaron moldear.

Guillermo Ferreyro

La fijación por el culo del protagonista afectará también a los padres y será símbolo de un entorno temeroso de que el chiquillo caiga en la homosexualidad: «Es un lindo culito, comentó mi madre. Hay que cuidárselo, advirtió mi padre.», «Paciencia. Hay que hacérselo de a poco», «¿No habrás bajado con ese viejo a pescarle el camaroncito?». La mariconización de cualquier comportamiento que exceda la masculinidad admitida se contrapone con el deseo inclasificable de un pibe que se sorprende a sí mismo «sacudiendo el pasado hasta que se haga presente» travestido con la ropa interior de su madre.
Alrededor del tercio de la novela hay un abandono: «Me habían metido en la cabeza el pacman de la muerte que va comiendo las esperanzas, las ideas, las distracciones», dice el narrador protagonista en el presente confesional desde el que escribe. Con esa partida, con ese abandono, se intensifica el costado conspirativo de una trama ducha en el manejo de tensiones. Y es que, si el protagonista había ido descubriendo, en su interacción con el mundo adulto, una serie de coincidencias, de cosas que se repetían (palabras, expresiones, modos de llamarlo, de mirarlo, de tratarlo) ante la que se sorprendía con incredulidad, con el desamparo abandónico surgirá una lectura paranoide no exenta de camarones y guerras: la ritualización, el regodeo mítico, la épica necesaria para soportar la intemperie de estar creciendo.
En el segundo tercio de la novela, al abandono se le añade la culpa. El protagonista se salva de la colimba (hecho que su padre lamenta) pero se reconoce traidor. No a la patria sino a los amigos: el que abandona, ahora, para preservar su individualidad, es él.
Sobre lo que sigue en el último tercio, conviene callar.

Más allá de lo pícaro, lo delirante y lo exagerado, La cloaca es una novela sobre tres de las fuerzas genéricas que atravesaron la personificación de cierta masculinidad durante su desarrollo: buscar a la madre, desafiar al padre y destruir al enemigo.

Durante toda la lectura conviví con la sensación de estar leyendo una biografía. Pero no la de Ferreyro. No solamente la de Ferreyro.
Si uno se pone a investigar, encuentra en los orígenes de esta novela rastros muy precisos de la vida del autor pero que, trasladados a otro plano, exagerados entre lo pícaro y lo grotesco, no excluyen una intimidad que se universaliza. Cuando tenía nueve o diez años, mi hermana, cinco años menor que yo, me preguntó por qué la calle en que vivíamos se llamaba Camarones. Se me ocurrió decirle que debajo de nuestra calle y en ese punto frente a nuestra casa, en las profundidades de la tierra había un arroyo, el Maldonado y que allí en la oscuridad crecían miles de camarones que se esparcían por las aguas podridas. Esa mentira fantástica la sostuve por años, hasta que ella entrando en la adolescencia dejó de creerme, aunque siempre seguimos el juego. Por su parte, Agustina, la vecina iletrada que incluso en sus cuidados sexuales cree actuar maternalmente sobre el protagonista (lo masturba para que descargue y no se vuelva puto), y de quien Ferreyro prepara una nouvelle aparte, remite a la anécdota de su propia madre, ya que se vincula con el protagonista a través de una serie de recetas que él se ofrece a leerle en voz alta para que pueda cocinar. Especulaciones aparte, en ese juego entre la biografía y la sobrecarga, la intimidad del autor y la del protagonista coexisten en una narración exagerada, desbordada, que en su desmesura permite la total identificación del lector: logra transmitir una serie de sensaciones que las literaturas de yo, por lineales, por directas, por exceso fáctico, logran con deficiencia y entre iguales
En este sentido, La cloaca, además de una novela de iniciación, es una novela familiar. De una familiaridad lineal (interpelará, sin dudas, a masculinos-heterosexuales-porteños-clasemedia que hayan crecido en una familia atada con alambre); pero también, y sobre todo, de una familiaridad global. Algo a lo que puede remitir la literatura sorteando el tráfago de coyunturas y testimonios, para igualarnos en aquello en lo que nos parecemos a pesar de no parecernos: para apelar, a través del relato exagerado de lo particular, a un desamparo existencial que no deja afuera a nadie.

La cloaca. Guillermo Ferreyro. Paisanita editoria y Universidad Veracruzana. 2019. 298 páginas.


LEANDRO DIEGO
Escritor y Periodista. Su trabajo puede leerse aquí y Monoimi, su último libro, permanece inédito.