El fin de la metáfora

En su anterior y primera novela «Distancia de rescate» (Penguin Random House, 2014), Samanta Schweblin ganó repercusión mundial con una visión marteliana de un mundo privado que entra en sospecha en la expansión de sus átomos. El contexto: buscadores digitales, la caída de los grandes relatos, la pérdida de la centralidad, el límite entre lo humano y lo tecnológico. Leída en su momento como una crítica a los agrotóxicos, se podía percibir, sin embargo, en sus operaciones formales y en su concepto, un diálogo con las tecnologías comunicacionales de la época: cuál es la verdadera voz, en qué plano operamos con mayor compleción, bajo qué instancias accedemos a la información y, detrás de todo, el rol de la consciencia.
En ese sentido, «Kentukis» (PenguinRandom House, 2018), menos que una apertura global y futurista de una artista con domicilio en Kreuzberg, Berlin, parece ser una respuesta humana y presente que podría ser precuela del universo anterior. 
Si en «Distancia de rescate» encontrábamos un buscador no humano que nos asistía sabiendo más de lo que suponemos, el siguiente paso de Schweblin sería el fin de la metáfora. El invisible virus es, aquí, el fantasma humano detrás de la física presencia tecnológica. Ahora, parece decir la autora, el veneno no es la amenaza tecnológica (operada por nosotros) sino nosotros, solitos: el factor humano dentro del Caballo de Troya de la tecnología.
«Kentukis», la barca fría y coral sobre escenas de lo todavía humano, presenta la historia de una serie de mascotas digitales desperdigadas sobre el planeta, que permite que humanos interactúen entre sí desde el voyeurismo o la exhibición. Hay una hermandad entre los cuerpos mediados, ya sea en Surumu, Brasil, en una residencia de artistas en Oaxaca, México, o en casas en South Bend, Indiana o Hong Kong. Y ése es el otro tema que además de la soledad y el exhibicionismo (y su progresiva naturalización) toca el libro: la verdadera globalización. El crecimiento exponencial de la tecnología como primer suceso que atraviesa los distintos continentes al mismo tiempo.
Lo que discuten los personajes de la novela, que observan o son observados, es el límite de la exposición: hasta dónde  ver y no actuar (o simplemente mostrarnos) no nos asigna un lugar de complicidad; cuál es la regulación moral sobre los nativos digitales (que se ven de pronto aparecidos en un mundo que no sabe su límite); y, claro, qué mundo es nuestro lector ideal, cuando está separado de la interacción para ser puro vacío y de pronto consecuencias.

Si Dios no existe, todo está permitido fue la sentencia de Ivan Karamazov, personaje de Dostoyevski; Slavoj Žižek cifró en la tesis contraria (si Dios existe todo está permitido) la definición del problema del fundamentalismo religioso. Más allá de la búsqueda de sentido, en esta época de interacciones mediadas Dios es el espectador lógico e ideal: mudo, ajeno y atento.
La falta de voz del kentuki presupone el fin de la soledad y del rechazo, el permiso del Dios que no juzga ni impide, que es sólo registro y aliento.

Pero, claro, de un lado de la pantalla se googlean dos datos y del otro suena el teléfono.Y el problema es que detrás de eso está lo demasiado humano. Lo que la tecnología no puede, por ahora, esquivar.

Nuestra terrible voz.

Kentukis. Samanta Schweblin. Literatura Random House. 2019. 221 páginas


NAHUEL VON KARG
Codirige Centrohausa.com, donde reparte su autoría entre ilustraciones, escritura y fotografía.