Vueltas en loop

A Tal vez mejor no (Modesto Rimba, 2018), el primer libro de cuentos de Julián Fernández Mouján (Buenos Aires, 1974), lo atraviesa un personaje: una especie de adolescente tardío, mezcla de soltero empedernido con algo de antihéroe. Un porteño introvertido y fanático de San Lorenzo que, promediando la treintena, se pasea por Buenos Aires entre fiestas, porro, bares, alcohol y tabaco.

Y a partir de este personaje hay, en todo el libro, un constante juego autorreferencial. En sincronía con Fernández Mouján (que fue diseñador en Inrockuptibles y lo es, ahora, en Caja Negra), el personaje de Tal vez mejor no también diseña, en una agencia de publicidad (“En realidad me daban boludeces para retocar en el Photoshop. La semana pasada estuve toda la tarde con la foto de un pochoclo para un aviso de los cines Hoyts. Quiero renunciar.”) y de ahí se desprende su característica más interesante, una especie de deformación profesional: una tendencia a ver la ropa y los objetos (las cosas, en general) a partir de sus colores y sus formas.

Las mujeres, la otra mitad de este libro, son casi una fijación para este personaje. Aparecen, en la mayoría de los casos, con una potencialidad erótica (mirar culos como un deseo irrefrenable que se vive con algo de culpa), desde una descripción eminentemente física, y se presentan como presas, como objetos de conquista. Así sea, incluso, la novia de su primo, el vínculo –desde la observación y la imaginación– siempre está cargado de cierta tensión sexual. Esa lógica hombre-mujer que quizá hoy resulte algo anacrónica (políticamente incorrecta, poco conveniente), es esencial con relación al punto de vista de este personaje que es, de por sí, algo demodé: un fan de hits de los ochenta, nostálgico, algo quedado en el tiempo en sus modos, sus rituales, sus salidas, pero además, y sobre todo, introvertido, y con ciertas dificultades para funcionar en sociedad.

«Estoy cansado de las noches de tomar alcohol sin poder medirme, de mirar chicas y no hacer nada, de que ninguna me llame realmente la atención, de soportar a la gente gritar, chequear los celulares, bailar, fumar», la insatisfacción que atraviesa al personaje llega al punto de transformarse en una carga, y lo lleva a fantasear, más de una vez, con irse, con escapar («me dan ganas de irme a casa y taparme con un par de frazadas») o, en su defecto, con hacer más tolerables los momentos sociales con alcohol: en toda la serie de relatos, el alcohol aparece como atenuador pero, a su vez, con el riesgo de convertirse en un remedio peor que la enfermedad («me esforcé por no llenar mi incomodidad con alcohol»).

Hay algo carveriano –de hecho, hay una alusión explícita a Carver en uno de los relatos– con relación a la pareja (ex, actual o potencial), al vínculo heterosexual hombre-mujer. Algo acecha, una sutil amenaza, todo pende de un hilo en una vida que, pareciera, no reviste mayores urgencias, mayores problemas: white people problems. En ese sentido, el libro funciona como contracara -como la versión masculina– de un libro editado, también, el año pasado, por Rosa Iceberg: Las rusas, de Flor Monfort. Ambos libros pueden leerse en tándem, como una lógica enfrentada: hombre y mujer como polos opuestos, casi como especies diferentes.

Unas cervezas con una mina en un bar del centro; un domingo de fernet, porro y pizza en un departamento; la fiesta de casamiento de una pareja amiga; un asado con amigos en el SUM de un edificio; el encuentro casual con una ex por la calle; un viaje en taxi, un sábado a la noche; una cena con otra mina en un resto de Palermo. En los relatos de Tal vez mejor no no pasa demasiado. Casi, diría, no pasa nada, y ahí reside su mayor logro: los relatos son, apenas, un pequeño recorte, una ventana que sugiere más de lo que dice. Lo más potente es aquello que no se alcanza a ver, lo que queda afuera del encuadre (por debajo de la línea del agua del iceberg de Hemingway). El tono del libro, entonces, se construye a partir de pequeñas acciones, nimias, mundanas, protagonizadas y vistas desde la sensibilidad y el lente de este personaje que pareciera vivir un poco por inercia y darnos a entender que, si bien no hay nada que esté mal en su vida, nada, tampoco, está del todo bien.

A partir esta serie de relatos que por acumulación van definiendo y cargando las tintas del protagonista, se destacan tres textos que no solo se salen de la lógica de la serie (en forma y argumento) sino que funcionan como contrapuntos y potenciadores del conjunto. La escalera, en primer lugar, un texto de apenas una carilla, es un relato notable que deja entrever la zona más inconfesable de este personaje (un acceso fugaz a eso que nadie ve ni sabe ni sabrá nunca de uno, a excepción de uno mismo). Y, por otro lado, sobresalen dos cuentos conmovedores, y vinculados entre sí: Los pisos altos, dos días con fiebre en la casa de la madre; y Un plato de ravioles, un encuentro con el padre en el que por primera vez cocina el hijo.

Son dos cuentos que llegan oportunamente en la serie y, desde el vínculo –afectuoso y a la vez distante– con los padres, echan algo de luz a la historia y al origen de este personaje que, terminado el libro, daría la sensación de que va a seguir por ahí dando vueltas, en loop, fumando y bebiendo, nostálgico y anhelante, entre música y mujeres posibles, con su acotado abanico de movimientos, ejecutando toscos pasos de baile en pistas improvisadas.

Tal vez mejor no. Julián Fernández Mouján. Modesto Rimba. 2018. 82 páginas.


FACUNDO GEREZ
Nació en Buenos Aires, en 1984. Samsara (Eterna Cadencia, 2015) es su primera novela.