Por una épica del scon

Ricardo Piglia alguna vez aseguró que el psicoanálisis le da al hombre común algo necesario para sobrevivir a los tiempos modernos: un trasfondo épico y melodramático a la vida cotidiana. De acuerdo con su teoría, todos planeamos en secreto asesinar al padre y acostarse con la madre, o viceversa. Sin importar cuán intrascendentes seamos en nuestro día a día, todos tenemos una vida interior compleja capaz de las más bajas traiciones y los más altos heroísmos, con deseos impronunciables y una trama oculta que conecta por lo bajo cada movimiento, cada acto fallido o cada sueño. El psicoanálisis genera rechazo, sí; pero también mucha adhesión porque le da un fundamento al ciudadano de a pie. Si bien este ya no puede ser el centro del universo, por lo menos es el protagonista de su película interior.

La primera novela de Melina Dorfman Los triunfos pasajeros, publicada por Tenemos las Máquinas, en cierto modo, usa este presupuesto en su forma narrativa. El eje son los pensamientos de Ruth, mientras narra una serie de desencuentros amorosos, especialmente con Félix, un adolescente tardío que coquetea con las drogas y la destrata. La neurosis de la protagonista encuentra motivos secretos y mensajes de cariño en un pibe que aparece y desaparece de su vida. En el medio, un concierto de amigas le dice que deje de verlo, de escribirle o que, por lo menos, no espere nada de él. Sin embargo, entre encuentro y encuentro, ella vuelve sobre lo dicho y lo conversado como si fueran pistas de un mapa que debe descifrar a la espera del siguiente mensaje.

En la novela de Dorfman, la clave no está tanto en lo narrado, sino en la manera de describir a todo detalle los mecanismos lógicos de Ruth, en el modo de conectar los episodios entre el silencio y lo que se dice al pasar. El foco está puesto en conflictos mínimos, por ejemplo, si el té es de hebras o el scon, dulce. En la forma de pedírselos al mozo o en las vueltas que da la protagonista, se asoma una trama interior que conecta los silencios del relato.

Desde el primer episodio la protagonista anuncia sus estrategias ante la confrontación de expectativas y realidades. En la primera cita con Félix, él la deja plantada en el bar donde habían quedado. Sin embargo, ella en plan “divagación mental y barrial” sale a buscarlo y lo encuentra tirado a la salida de un edificio, abrazo a sus rodillas y con la mochila de almohada. Entre todas las reacciones posibles (sacudirlo y preguntarle qué le pasa, llevarlo al hospital, llamar a una ambulancia), ella decide no molestarlo y dejarlo allí, en posición fetal sobre el pavimento.

Lo fundamental se narra como quien no quiere la cosa, en un intento de sugerir al lector que el problema no está en el mundo externo, sino en la protagonista, en su búsqueda de darle sentido a las acciones de un histérico. La narradora se confunde en un juego de espejos con Félix, cuyos movimientos son, en realidad, una expansión de la inseguridad de Ruth. Una estrategia, si no psicoanalítica, al menos de alguien que se ha sentado muchas veces en el diván.

La escena grotesca no la detiene de insistir y tramar explicaciones de sobremesa con sus amigas hasta que vuelve a verlo. Sin otro argumento que el consumo de drogas, la protagonista deja pasar lo sucedido y continúa el desencuentro con Félix, que cada tanto es capaz de dar placer. Sin embargo, toda justificación es fugaz, toda aclaración, una excusa que se dice para deshacerse de la mirada de los otros. La historia de ambos es un camino de baches, lagunas y paréntesis. No sólo porque Félix es de los que huyen y vuelven aparecer meses más tarde, sino porque la novela se trata de un conjunto de escenas que se esfuman en lo subterráneo.

Ruth trabaja como periodista y enumera bandas desconocidas, discos y vinilos imposibles de conseguir o exposiciones sobre Xul Solar. La ciudad ocupa un lugar fundamental a través de cafés, recitales o incursiones por el barrio. Así, Dorfman retoma a las narradoras de la chick lit y las series de televisión para desandarlas: una treintañera soltera, que escribe sobre Buenos Aires.

Esto que en apariencia puede sonar repetitivo, se utiliza para exponer una psicología de la inacción, un relato mental que se aleja de la fórmula social que ordena que todos debemos ser sexualmente activos. Así, se concentra en explorar el significado de las relaciones sociales y su trama interna. La protagonista está más centrada en reconocer los motivos y las razones del otro, que en un verdadero encuentro romántico.

El discurso del psicoanálisis atraviesa la novela en diversas formas, en las voces de las amigas que describen y diagnostican con rapidez a Félix o a través de la protagonista que se autoexamina. “Hace muchos años, cuando salía con Octavio iba a un terapeuta que sostenía que lo que yo pensaba de mi misma era una construcción para que la realidad me cerrara”. Si bien este fundamento concentra el mecanismo de la novela, no se trata de una descripción, sino más bien de una excusa del personaje, que continúa en su camino de repetición e insistencia.

En uno de los primeros capítulos, la protagonista decide tomarse un taxi porque llega tarde al trabajo. A mitad de camino, el taxista frena para cargar gas y le dice que se baje “por seguridad”. Mientras hace tiempo, deambula hasta toparse con un boquete de varios metros en el asfalto que atrae la atención de los vecinos. Entre explicaciones de caños rotos, vallas de policía y desvíos paranormales sobre agujeros negros que se esconden bajo la ciudad, la protagonista vincula la percepción del bache a la sensación de “ser una sobreviviente” y eso le encanta. Quizás, la tensión de la novela reside en estos ejercicios, en la capacidad de su narradora de darle una épica a lo pasajero.

Los triunfos pasajeros. Melina Dorfman. Tenemos las máquinas. 2019.


SALVADOR MARINARO
Nació en la provincia de Salta en 1988. Es periodista e investigador académico. Trabajó como docente en la Universidad del Salvador y la Nacional de la Plata. Algunos de sus artículos fueron publicados en la Revista Anfibia, Ñ, Viva, Perfil y La Gaceta Literaria. En 2018, publicó la compilación de cuentos Una tristeza decente (Editorial Nudista). Actualmente, reside en Shanghái donde cursa un doctorado y codirige el proyecto editorial Chopsuey.