Kruguer, una anticomunidad criminal

“No sé cómo explicarlo. No es que hayamos visto algo anormal. Era una sensación. Por fuera todo parecía igual. Hermoso. Como de cuento de hadas. Todo muy cuidado. Pero ni loco me iba a vivir ahí. Yo lo hablaba con mi mujer. Tratábamos de hablarlo porque era más bien un presentimiento. Una sensación. Una impresión. Y el 27, cuando se supo todo, yo pensé que iba a pasar algo así. Que todos lo sabíamos”.
Testimonio de Roberto Soto en La masacre de Kruguer (2019), de Luciano Lamberti, p. 69

No hay explicación posible para la matanza colectiva que acontece en Kruguer, un pintoresco pueblo de montaña, durante una Fiesta de la Nieve en 1987, pero la novela de Lamberti reconstruye el conjunto de antecedentes y narra la atmósfera de pesadilla que verosimilizan la locura comunitaria. Escrito por un periodista que investiga el suceso, un libro homónimo adentro del texto permite ordenar el registro documental que domina alguno de los sectores de la ficción, e impulsa la intención explicativa. Sin embargo, las voces de los personajes entrevistados -familiares, sobrevivientes, vecinos de una localidad cercana-  se acumulan de manera divergente y no logran modular un sentido racional. En esa imposibilidad se articula lo literario, gracias a un narrador fantasma que entra y sale de la conciencia de quienes protagonizan la masacre para contar su cotidianeidad anterior al 26 de junio, día de la Fiesta de la Nieve. Lo que muestra esta confluencia de relatos es la imposibilidad de perpetuar los lazos comunitarios y familiares, impregnados de violencia, humillación y abandono. El terror se construye a partir del mensaje que supone la extinción de una población y el miedo es un efecto vinculado a las transgresiones más salvajes de toda norma civil y moral,  de modo que la novela se transforma en un interrogante abierto sobre el carácter arbitrario y artificial de esas normas.

A la vez, en La masacre de Kruguer, lo inexplicable no es la violencia de los asesinatos masivos, superpuestos y mutuos, sino lo que estos muestran al interior del relato, la crudeza íntima de una moralidad social en decadencia. El misterio es la coordinación, la espontaneidad, la coincidencia en tiempo y espacio de un conjunto de impulsos asesinos que parecen testimoniar otra dimensión del paisaje de Kruguer y de sus habitantes. El pueblo recuerda a Villa General Belgrano, la localidad cordobesa que podría referenciarse en este emplazamiento ficcional. Un narrador documental explica el modo en que en 1923, el alemán Jerónimo Kruguer decide comenzar la construcción del hotel que da origen a esta población, y rodea su terreno de pinos, lo que,  junto con las montañas de picos nevados, configura el paisaje que tendrá el sitio en tiempos de la masacre. Para 1980, Kruguer se ha convertido en una región turística gracias al espectáculo de la naturaleza sobrecogedora que lo rodea y una festividad anual que conjuga costumbres europeas y locales (cerveza alemana, asado de cordero, danzas típicas y chocolate caliente). Pero esto no logra ocultar una atmósfera de tragedia y violencia que predomina en la historia privada del fundador, escenas de filicidio invaden los sueños de Jerónimo Kruguer desde los años 20 y comportamientos inexplicables aparecen en la vigilia. Esto se intensifica en 1943 con la desaparición de su mujer, quien “muere de disgusto al enterarse del deceso de sus padres en Alemania, producto de un bombardeo de las fuerzas aliadas”, p. 81. Finalmente, transmutado en un fantasma vivo que merodea el hotel, Kruguer se suicida en 1946, dejando a cargo de su descendencia la siniestra herencia inmobiliaria.

Simultáneamente, la historia del pueblo es la historia de la violencia nacional, en 1978 los documentos citados en el relato registran la llegada de una pareja  cuyo aspecto de pobreza motiva una serie de intrigas y chismes entre los pobladores. Por las dudas, y ante la posibilidad de que los nuevos habitantes hayan huido de la cárcel o sean ladrones drogadictos, el almacenero local se niega a venderles alimentos y los adultos prohíben a los niños todo contacto con ellos. La pareja “se va” dejando mochilas tiradas y una construcción a medio hacer, pero esta desaparición no se enuncia en la novela como tal, y quizás allí resida el indicio más importante de la verdadera monstruosidad que inquieta al pueblo de Kruguer. De este modo, la aniquilación colectiva empieza antes, anunciada por la presencia de una fuerza local capaz de aislar todo lo que no encaja en el paisaje de cuento de hadas. No obstante, los rastros de marginalidad y crueldad persisten, como capas sedimentadas de violencia, acumuladas temporalmente en la historia de este espacio urbanizado y a la espera de un detonante.

De este modo, lo que se violenta en la segunda novela de Lamberti es cierta construcción aparentemente inocente de una comunidad homogénea, pasiva y complaciente, que se vuelve imposible ante la acumulación de desigualdades y sedimentos de violencia histórica. Es un sentido de comunidad “falso de toda falsedad” como dice Walter Skarton, uno de los personajes interrogados por el comisario Carlos Dut sobre la masacre. Quizás la mayor paradoja de la narración es la inserción de este personaje descifrador que contribuye a ordenar los testimonios de los sobrevivientes, a la manera de un detective perdido en una novela de terror, que nada puede hacer ante la dominación de lo inexplicable. Es que las confesiones arrancadas a los sufrientes pobladores que logran subsistir casualmente luego de la masacre solo pueden hacer hincapié en los lazos comunitarios rotos antes de la ejecución colectiva. Por eso en La masacre de Kruguer  no hay certezas, no hay modo de ordenar el lenguaje, de exponer lo no decible, lo que no puede relatarse se dibuja como un espacio oscuro en el discurso de los supervivientes. La insistente pregunta de Dut sobre quiénes daban las órdenes de actuar en el momento de la matanza es la expresión de una búsqueda desesperada hacia un sentido jerárquico que no puede subsistir como tal en una comunidad decidida a expresar lo más atroz de su intimidad de modo anárquico.

Y si todos los órdenes se alteran en la novela, también se desdibuja el precepto cronológico en una narración que va y viene desde la fundación del pueblo a la caída de un meteorito en la zona, desde un día antes de la fecha de la masacre a los treinta días previos y treinta años posteriores, dando cuenta de un modo de rodear lo que no puede organizarse: las causas de la autodestrucción de Kruguer. Con todo, lo que no funciona aquí es justamente ese ordenamiento causa-efecto, es decir, solo mediante su transgresión puede reconstruirse algún sentido del caos, vislumbrando la presencia de lo extraño en la cotidianeidad. Lo cierto es que la aniquilación sucede, la novela discurre en la densidad de un lenguaje que describe padres que envenenan o ahogan a sus hijos, hijos que degüellan a sus padres, parejas que se propinan torturas inimaginables, vecinos que se atacan de los modos más brutales.  Asfixias, desmembramientos, cuerpos que se prenden fuego, cabezas que ruedan por el suelo lleno de restos humanos y rastros de sangre en la nieve: todos estos elementos definen la estética de Kruguer, de modo tan elocuente como las vísceras que cuelgan en el cartel que da la bienvenida al pueblo.

Las hipótesis recorren la locura colectiva, la presencia de egregors, la alteración provocada por un meteorito convertido en una piedra que se prende y apaga, pero ninguna tiene la consistencia necesaria para conformar una certeza. Configuran signos de lo que se ignora, zonas de oscuridad de la racionalidad dominante, del mismo modo, las alucinaciones o los fantasmas que conviven con los personajes durante el exterminio son otras formas de nombrar la violencia intrafamiliar, la degradación, la iniquidad y la desidia. Lo inexplicable persiste, sin embargo, en una novela que recoge testimonios imposibles, porque reconstruye la voz de los muertos para testimoniar las miserias de lo humano, e invita a transformar el enigma tranquilizador en una persistencia del misterio: una colectividad que rompe violentamente con las formas morales y los lazos que sostienen lo social ¿nos devuelve la imagen de una anticomunidad criminal, privada de civilidad y de toda posibilidad de reconstrucción sobre bases humanitarias?

La nueva novela de Lamberti continúa y profundiza las preocupaciones proyectadas en sus libros de cuentos (La casa de los eucaliptus, El asesino de chanchos) y en su novela La maestra rural sobre los vínculos familiares, pero incorpora un motivo novedoso en la literatura argentina, el fenómeno de la colectividad que se autodestruye, a la vez que agrieta todos los pilares sobre los que se asienta el orden burgués. La novela tiene la forma de la anticipación aunque sea una reconstrucción en pasado, porque la tensión con el futuro es permanente y esto no se vincula solo al motivo apocalíptico. La “masacre” no es un sentido suspendido sino que se anuncia desde el título y es predicha inexplicablemente por casi todos los personajes que pronostican permanentemente un final sin explicación, como reza el epígrafe que recuperamos arriba. Solo la lectura puede reconstruir el hilo de la proyección hacia un futuro imposible, la pregunta sobre la dirección a la que se dirige la comunidad se reemplaza por la pregunta sobre las etapas que subyacen este destino trágico y la oscuridad de lo no decible.

La masacre de Kruguer. Luciano Lamberti. Literatura Random House. 2019.


LUCÍA FEUILLET
Es doctora en Letras y becaria posdoctoral de CONICET. Investiga sobre el cruce de los géneros policial, terror, fantástico y ciencia ficción en la literatura argentina contemporánea. Trabaja como docente en los niveles medio y terciario y es profesora adscripta en la Universidad Nacional de Córdoba.