En busca de lo inhóspito

La mera tierra es uno de esos libros de cuya trama no puede hablarse; es uno de esos libros cuya propia contratapa ejerce, inevitablemente, de enemigo. Y no por el estúpido temor al spoiler sino porque uno de los atributos definitorios de este libro es, precisamente, no tener una trama presentada o resumible de antemano: resumir o condensar lo identitario de este libro no sólo estropearía la experiencia de lectura que propone (porque reduciría a dos párrafos lo que el autor va tejiendo línea a línea, con una sutileza que, no obstante, no deja nunca de convocarnos) sino que, además, resultaría siempre caprichoso. Se entiende que, si todo libro es un aleph, su paratexto (la tapa, la contratapa, la sinopsis) deba ser el punto centrípeto que imante al lector para que, eventualmente, compre, lea y, con suerte, se asome un universo. Pero en el caso de La mera tierra extraer algo, cualquier cosa, para comentar de qué va la vaina, no sería más que un violentísimo acto de separación que aporte poco a la función paratextual y cause un daño irreparable a la lectura.

Digamos que hay un hombre, que hay un mono y que hay una selva.

Agreguemos que el texto está dedicado a Roger Deakin (el documentalista británico que, inspirado por El nadador de Cheever, se decidió un día de 1996 a recorrer las islas británicas a nado, empresa de la que emergió con sus célebres Diarios del agua), precedido por una cita de Herzog y ultimado por una de Los natas. Y mencionemos, ya que estamos, que el relato es una deriva, una licencia que Schierloh se permite a partir de cierto pasaje de Conquista de lo inútil, aquel diario que el mismo Herzog fue escribiendo durante la filmación de Fitzcarraldo (1982), en plena amazonia, y al que supo referirse como “paisajes interiores, nacidos del delirio de la selva”.

 

Sugerencia del reseñista: leerlo de corrido (no lleva más de tres horas)

Es probable que cueste un par de páginas entrar en La mera tierra porque el libro no explica ni introduce absolutamente nada: ni al personaje ni a su situación ni a su escenario. Apenas algunos -pocos- datos (que en sí mismos no dicen nada) le sirven a Schierloh para empezar a decir. Y dice. Y así seguirá diciendo todo el libro, sin nunca detenerse a explicar, contextualizar o intermediar entre lo que está sucediendo allá donde se produce la escritura y lo que el lector experimentando acá, donde se produce la lectura. Quizá por eso, al principio, la mixtura entre cierta rusticidad sintáctica y una voluntariosa necesidad de amplitud léxica (que a veces se asoma al barroquismo) pueda perjudicar el goce estético. Pero es cuestión de pasar las primeras quince o veinte páginas, cuando se empieza a habitar el texto, para que aquellas impresiones iniciales se diluyan en lo que se irá transformando, imperceptiblemente, en estilo.

El texto está ordenado en entradas que, aunque estén escritas principalmente en tercera persona, recuerdan al formato de un diario tanto por su brevedad (ninguna supera la página y media y algunas tienen apenas una línea) como por la diagramación y disposición del texto (mucho margen superior, alienación a la izquierda y sin sangrías) lo que, sumado a la falta de explicaciones y puentes tan innecesarios como verticales, favorece el efecto de inmersión: el lector está adentro de algo, de algo que no sabe bien qué es porque nunca termina de acontecer, porque siempre está sucediendo, pero definitivamente, sabe, siente, que está adentro.

 

En un panorama que oscila entre la auto-ficción y el refrite de los artefactos narrativos clásicos (una época que pendula entre ir a lo íntimo y llegar a Random House o Anagrama con miras a llamar la atención de Netflix), libros como el de Schierloh (cierto que a través de un artefacto no menos clásico: el de las unidades breves, el de lo discontinuo como continuidad) pueden leerse como un intento (por qué no, desesperado) de salvaguardar -del campo minado de las certezas y la manipulación- aquella experiencia que sólo puede provocar la literatura: delimitar (construir) una zona (una situación, un personaje, un escenario) que convoque al lector pero que apenas le permita entrever, dejándolo con gusto a poco, a debe haber algo más; una zona a la que, como a la vida, el lector se asome con ínfulas de pertenencia pero nunca pueda, del todo, habitar.

 

La mera tierra. Eric Schierloh. Bajo la luna, 2017. 113 páginas.


LEANDRO DIEGO
Escritor y Periodista.
Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort2011) y Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016). Monoimi, un poemario de 2018, es su último libro y permanece inédito.
Colabora como crítico cultural en Centro Hausa.