Disolverse escribiendo

Internada en una clínica psiquiátrica, después de un intento de suicidio, la narradora y protagonista de Pasaje al acto escribe. Explora ciertos aspectos de la reclusión, describe algunas escenas de su infancia y repasa eventos clave de su pasado vincular.

En este racconto, la inclusión de argumentos de películas y series, la relectura de Madame Bovary y la distancia desde la que se observan algunos episodios de la niñez, al principio parecen aportar algo de aire a un repaso más bien doloroso. Pero como lo que leemos es también un auto-relato donde la protagonista se construye a sí misma, ese aire no tarda en espesarse.

La superposición de elementos volcados en el espacio confesional del texto sugiere el irremisible determinismo de las relaciones familiares, los primeros vínculos y la cultura de masas. Expone, además, la emergencia de una doble-traición: a las expectativas de los otros (madre, padre, hermano, los hombres) y a la propia experiencia de ser. En esa zona, en ese hiato entre los roles, los modelos, las relaciones y el ser, la autodefinición -a veces al filo del delirio– irá sumergiendo a la narradora en un limbo por momentos desesperante.


Ahora escribo en mi cuaderno, escribo para salir a flote.
Saco recuerdos de la galera como pañuelos de colores anudados, pero la verdad está en la parte que el nudo oculta. Escribo que estoy acá pero no estoy acá sino que escribo que estoy acá. Escribo ahora, pero ahora ya pasó. Escribo “yo” pero la que escribe es otra.
Escribir es un desahogo.


La novela trata sobre la inevitabilidad del dolor, en especial cuando se lo entiende. Aborda la incapacidad para cerrar heridas demasiado tempranas y la consecuente disposición a sufrir una y otra vez sus secuelas adultas. Ensaya sobre lo cerca que está el punto de no-retorno y del escaso margen de acción que se tiene para decidir si se lo cruza o no. Y habla, también, de cómo los relatos a los que la protagonista fue expuesta le fueron imponiendo modos de ser que a veces vive con orgullo (A los cinco años me veo por primera vez disputada por dos hombres), a veces con obediencia (Esperé al día siguiente para contestar (…) Estaba siguiendo el manual de la chica digna. En realidad esperaba que insistiera un poco) y otras con la autocompasión de no dar la talla (Ya se dio cuenta de que no soy lo que él pensaba. Parezco la mujer ideal, pero cuando empiezan a desenvolver el paquete se produce la desilusión.).


Hay una escena en la que la narradora, todavía niña, se asoma a las habitaciones de los hijos del que luego será el segundo esposo de su madre. Es un encuentro directo con los estereotipos: la habitación de Cony (a la que luego rechazará) es un cubo rosado lleno de cosas de nena; la de Alejo (por el que sentirá diversos tipos de atracción), una cueva llena de posters de rock y actitud iniciadora (Esto es John Coltrane, princesa. My favorite things. ¿Te gusta?). Hay otra en la que se describe a sí misma, junto a su hermano, con los bolsos armados, asomándose a la ventana para ver llegar el Citroën de un padre que ya no vivía con ella (No jugábamos, no mirábamos televisión, no conversábamos. Como si ese tiempo no hubiera podido transcurrir de otro modo una vez que estaba prometido a él).

Junto con algunos pasajes en los que el personaje reflexiona sobre su encierro y su condición en la clínica, estas fotos de la infancia son las instancias que más disfruté -y que más me conmovieron- de la prosa de la autora. Con el auto-relato y el lenguaje (casi siempre metafórico) con que la narradora se autodefine e imprime sus sensaciones, en cambio, no pude matchear. Es el caso de ciertos incisos -más comunicativos que expresivos- que parecen apelar a quien haya compartido algunas vivencias o sensaciones: se enuncian más como un acto identificatorio que como un intento por interpelar al otro. Aunque es más que probable que esto se deba a una limitación propia de mi lectura (Mercedes Halfon, en la contratapa, lo advierte: Virginia Cosin retrata la angustia de una mujer), en mi opinión, estos pasajes le confieren al texto una pátina gregaria que va en desmedro del tenor expresivo del resto de la obra e, incluso, de la singularidad que la protagonista pretende reivindicar frente al trato genérico que ha recibido -y recibe- del mundo.


Con toda intención me senté de modo de quedar enfrentada al Doctor; creo que tenemos cierta complicidad, que sabe que, aunque estoy acá, soy como él, que fuera de la institución seríamos amigos, incluso amantes, que compartimos un mundo afín; podríamos hablar de libros, de películas, ir a cenar, pedir sushi, tomar vino.


«Pasaje al acto» es un concepto de la psiquiatría francesa que se refiere a los actos impulsivos, generalmente de naturaleza violenta o criminal, que pueden señalar el comienzo de un brote psicótico. Luego, Lacan lo entendió como un acto -violento- que aunque puede estar dirigido a terceros es siempre un autocastigo, una pulsión auto-punitiva proveniente del superyó. Según Lacan, el pasaje al acto podía tener efectos «curativos» o «apaciguadores» porque implicaba, al menos por un momento, la disolución del sujeto en puro objeto.

Si bien es claro el vínculo entre el término que da título al libro y la tendencia suicida de la protagonista, el pasaje al acto también puede vincularse con esa otra instancia -no menos violenta- en la que el sujeto puede convertirse en puro objeto: la escritura. De hecho, parafraseando la célebre conversación entre Jung y Joyce, será la propia narradora quien destaque la escritura como un elemento clave en su condición (… la diferencia entre Emma, la protagonista del libro que estoy leyendo, y yo, es que ella no puede hacer eso: escribir. Emma sólo fantasea y se ahoga. Pero yo sí. Yo puedo. Donde Emma se ahoga, yo nado, o trato de nadar).


¿Cómo se relacionan las palabras con la tristeza? ¿Estar demasiado triste es estar loca? ¿Cómo se relacionan las palabras con la locura? ¿Se puede decir la locura o la locura es no poder decir? Pienso en todos los poetas encerrados en psiquiátricos. En todas las escritas suicidas. ¿En qué momento se les trabó la lengua?


En las historias violentas o autodestructivas, lo usual es hallarse frente a personajes que sufren sin saber muy bien por qué. Suele haber una distancia entre la motivación y el acto de lastimar o lastimarse. Una distancia que el lector/espectador puede borrar pero que el personaje no: no sabe del todo por qué hace lo que hace. Por el contrario, en Pasaje al acto la protagonista tiene plena consciencia de las motivaciones de sus sentires y haceres.

Esta hiperconsciencia impregna particularmente los fragmentos del texto en que el personaje se refiere a sí mismo. Por otro lado, tanto las instantáneas de la infancia como los argumentos de películas y series (que siempre vienen a prologar o epilogar la narración de un vínculo) están narrados en presente como eventos y situaciones que nunca dejan de suceder, que permanecen en la actualidad de la protagonista.

El efecto acumulado de estos recursos nos deja la sensación de alguien que asiste al involuntario espectáculo de sus acciones -dirigidas por un determinismo biográfico hecho de familias rotas y ficciones catódicas- mientras, recluida, padece la consciencia de un infierno propio al que nadie quiere asomarse y del que acaso, si hay una fe, pueda emanciparse despojándose de sí, disolviéndose en puro objeto a través de la escritura.

Pasaje al acto. Virginia Cosin. Entropía, 2019. 122 páginas


LEANDRO DIEGO
Escritor y Periodista.
Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort, 2011) y Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016). Monoimi, su último libro de 2018,  permanece inédito.
Colabora como crítico cultural en Centro Hausa.