Compost de escritura

1

Un día me fue develado el secreto del compostaje: no es algo que hay que hacer porque lo demanda la moral ecológica de la salvación planetaria; es algo que se puede hacer para investigar la ética narrativa latente en nuestros días.

Es auto-conocimiento en el sentido amplio: conocimiento de uno como parte de un entorno complejo.

Un amigo y maestro compostero me lo develó. Cuando lo terminé de entender, empecé a compostar. Y cuando empecé a compostar me di cuenta de que esa sensación de plenitud (que no es exactamente bienestar, ni placer, ni auto-contento… de hecho ni siquiera es exactamente plenitud) era muy parecida a la que me toma cuando estoy escribiendo para sobrevivir.

Hay algo entre la escritura y el compostaje en ese sentido. Cuando lo escribo, me parece que es una analogía. Pero cuando lo hago, intuyo que es más: no sé si son partes de la misma cosa, o si provienen del mismo lugar recóndito de mi experiencia cuerpomental / íntimacósmica.

O qué.

 

2

Lo primero es enfrentarse a los desperdicios de las propias prácticas y consumos, que antes considerábamos basura.

Picar chiquito los residuos, prepararlos para la compostera, es el movimiento análogo a tomar apuntes, escribir a mano una idea suelta, una anécdota: eso que produce la mente constantemente, mientras uno se dedica a vivir el día.

No es basura. Puede ser un sustrato fértil.

 

3

Hay muchos saberes dando vueltas. Todos muy certeros, agresivos. Por eso le pregunté a mi maestro compostero: ¿qué hago con la cáscara de limón? ¿Es cierto que le hace mal al compost? Porque yo consumo mucho limón…

El maestro me contestó que, si yo consumo mucho limón, las cáscaras del limón serán parte de mi compost. De mi compost específico, singular. Ni bueno ni malo.

También me dijo que podía ir poniendo las cascaras en agua, y con eso hacer un detergente casero…

Un problema, múltiples soluciones. Métodos, formas de convivir con los problemas, de sentarse encima de los problemas, de disolverse en los problemas y volverse detergente casero para otras mugres.

Reconocí esa sensación: es el mismo regocijo que produce leer ciertos textos de Mario Levrero.

 

4

Similar al mecanismo de los sueños: ¿qué hacemos con todas estas imágenes que sobran? Vamos a procesarlas, a ponerlas en juego, en relación. A ver qué crece.

¿La compostera es el inconsciente? Interpretar los sueños sería como intentar saber algo de una casa según su compostera. Anotar ideas sueltas sería pre-soñar, o predigerir los sueños. Escribir los sueños sería compostar, sin más.

 

5

Meditar con un cuaderno al lado, anotar los pensamientos que atraviesan la mente como nubes en el cielo u hormigas en la tierra, es una práctica intensiva del compost de escritura. Es cocinar tan atento al plato que se va preparando como a los residuos que se van acumulando para el compost. Sin jerarquizar.

 

6

Lo que el compostaje enseña a los escritores tiene que ver con los tiempos: de creación, de elaboración, de relectura, de publicación. Hacer silencio y escuchar el burbujeo vital de cada proceso sin intervenir en exceso con la voluntad. Asumir los procesos creativos como parte de un metabolismo particular, ni propio ni ajeno. Desautorizarse.

 

7

Las lombrices son la ficción: el acelerador de partículas narrativas.

Así una anécdota se estira, se exagera, las voces se intercambian.

Les damos de comer los residuos de nuestra experiencia, y las lombrices de la ficción los digieren y nos devuelven un humus sabroso, inquietante, lleno de luz y sombra.

 

8

La basura ya no existe, se borronean las jerarquías. Así trabaja la imaginación, esa es la función natural/corporal de la imaginación. Compone con retazos, reúne fragmentos; y cuando todos descansan, deja crecer algo nuevo.

 

9

A veces pasa que el escritor apura la publicación, cosecha el compost antes de tiempo.

Se nota porque huele mal.

 

10

Escribir como si estuvieras encerrado en tu casa, en cuarentena, mientras una pandemia azota al mundo. Sin publicación, ni lectores, ni especie humana.

¿Y después? Ver cómo lo escrito encarna, crece y se ramifica, hasta que define por completo el paisaje. Es el paisaje del encierro, el paisaje del mundo.

Pero no hay nadie encerrado en ese paisaje.

 

Buson, paisajista sutil, poeta del haiku, compuso (según Alberto Silva):

Canta el pajarito / sin padre ni madre / ni posteridad

 

Eso.

Ni más ni menos.

 

11

En medio de este camino, me encontré con otra práctica apasionante y en parte similar: la fermentación de alimentos. Otra forma de tomar conciencia de la convivencia microcósmica, de percibir otros ritmos narrativos, otros pulsos de existencia, simultáneos, en diálogo, pero increíblemente dispares, fuera de escala.

Mucho de lo que venía pensando entre la escritura y el compostaje se multiplicó al hacer entrar en la analogía la práctica de la fermentación.

En la base de todo esto está “el metabolismo”.

El I Ching provee el mismo tipo de información: la convivencia de los ritmos metabólicos, y las diversas escenas que quedan configuradas en su entrecruzarse.

El metabolismo, y la noción taoísta del wu-wei, el no-hacer.

 

12

El queso se creó para mantener estable y duradero un producto efímero y vital: la leche.

La leche es el instante efímero de encuentro con la realidad;

la escritura es la fermentación,

el proceso que la vuelve estale y duradera.

El queso es la poesía.

 

13

La compostera no hace nada, y nada queda sin hacerse.

El kimchi no se hace. Se deja hacer.

Las lombrices, las colonias del ácido láctico, no comen y cagan: solo avanzan se mueven.

Hacen lo que hacen, atraviesan el mundo. Marcan en el universo un antes y un después. Y a nadie le importa.

No vivo y escribo: avanzo me muevo.

A nadie le importa.

 


FEDERICO LEVIN
Nació en 1982. Ha escrito novelas, poemas, cuentos, ensayos, diarios, canciones, recetas, guiones. Coordina talleres para investigar las formas de la escritura en la vida. Mantiene la novela autobiográfica en capítulos anuales que puede leerse en www.moscas.blogspot.com