Recortar el daño, abrir el pasado

[Lectura de «En las bateas expuestas» (AñosLuz, 2020) de Cirstian de Nápoli.]

por LEANDRO DIEGO


El cuerpo

Que mi vuelta al mundo de las reseñas se produzca con un libro publicado por la editorial que acaba de publicar el mío puede volver dudosa la proverbial imparcialidad reseñística. Confieso que dudé, que pensé en reseñar otros antes: tengo dos, ahí (uno leído y otro a medio leer) y un tercero leído y recontraleído cuyo comentario escrito me debo (y le debo a su autor) hace ya más de un año. Pero no pude. Con el libro de Cristian De Nápoli no se puede: sucede (y le va a suceder a cualquiera que lo lea) algo del orden de lo urgente. Hay que hablar, comentarlo, chatear con el autor, escribir una reseña: hacer algo.

La contratapa del libro dice que se trata de una compilación de ensayos y crónicas que circularon fuerte en internet. Yo nunca me enteré. Pero eso no desmiente a la contratapa sino que más bien ratifica algo que vengo comprobando ahora que cada tanto leo mis poemas por ahí: que nunca tuve nada que ver con la literatura. Y lo digo sin jactancia, acaso con algo de nostalgia: con algo de sana envidia por aquellos, aquellas y aquelles que le han puesto el cuerpo a la cosa mientras yo pelotudeaba. Tal vez por eso el libro de Cristian (y Cristian mismo, a quien conocí fugazmente –y entre barbijos– en un evento reciente) me remita a un antes, aunque no pueda precisar del todo bien a cuál ni por qué.

Una punta puede ser el parque.

 

El parque

El quinto de los veintidós textos que componen En las bateas expuestas está dedicado al Parque Rivadavia y arranca con un croquis irrefutable del barrio de Caballito y un dato anecdótico de esos que parecen una boludez pero no se olvidan más (y el libro entero está lleno de ellos): que el Parque Rivadavia, fundado en 1928, pasó desapercibido para Borges, que lo dejó afuera de su Cuaderno San Martín de 1929 pero no para Arlt, que en 1931 publicó su crónica Amor en el parque Rivadavia. El dato revela algo del parque (y sin dudas de la avenida que le da nombre) pero, sobre todo, revela algo del autor: adelanta su mapa de lecturas, que atravesará sutilmente todo el opúsculo.

Historia del Parque Rivadavia es un texto hermoso, erudito y político, que ofrece reveladores datos que sin duda resignificarán el pasado de cualquiera que haya sido habitué del parque en algún momento de su vida. Un texto que, a diferencia del resto del libro (más literario), es universal: tocará alguna fibra de coleccionistas, lectores de comics, gamers (antes de que sean gamers), amantes adolescentes, emos, cosplayers, compradores de compilados y discografías en mp3, carpeteadores de software trucho, vendedores y compradores de libros usados, jugadores de cartas Magic… en fin, interpela a toda la fauna parquística (quizá también a los skinheads, quién sabe).

Leer este único texto ya justifica la compra, incluso para quienes no lean con frecuencia.

El resto del libro es otra cosa.

 

El libro

Hay textos de dos páginas, de cuatro, de seis, de doce. Cuando el tema lo amerita, se despliega. Cuando no, es la anécdota la que ilumina el todo, supliendo la cantidad con calidez y espesor. En cierta manera es un libro inabarcable por la cantidad de temas que trata: desde un doble de Stephen King que vende en el mencionado parque (únicamente) libros de su símil hasta la influencia de las redes en el deterioro del arte de narrar (esbozando una teoría a partir de los posteos de despedida cuando muere un escritor). En el camino, por ejemplo, pasa por cuestiones como el origen argentino del corned beef y sus consecuencias literarias.

 

La producción y destrucción de libros a escala local y global es un tema recurrente en el que Cristian se mete para informar, entretener y opinar, como lo demuestran estas citas: «Se estima que cada año llegan al mundo quince mil millones de libros, en el sentido de ejemplares impresos en papel. (…) O sea, dos millones de veces por año desde algún departamento alguien anuncia en redes su nuevo libro, la nueva edición de su viejo libro, la salida de la traducción de su libro.», «El neoliberalismo argentino creó puestos de trabajo españoles.» y «Si en nombre de la ecología se acaba imponiendo la censura, va a ser terrible. Casi tan terrible como es hoy, en nombre de la libertad, la cantidad de obras que se imprimen sin que a nadie le interesen».

Durante todo el libro se hace hincapié en la lógica del sistema productivo de la industria del libro (que, como los artefactos eléctricos y la obsolescencia programada, contiene en su ADN la génesis del mal): «Se queman dos mil millones de libros al año», dice Cristian. Puede parecer una boludez en una era de militancias más extremas, por causas más urgentes. Pero no lo es. No deja de ser otro achaque al ecosistema, otro daño planetario, fruto de la sobreproducción voluntaria: la decisión empresarial de producir de más para generar demanda saturando vidrieras (y de cobrar, por ende, más caros los libros que venden, que tienen que pagar el costo de los que se destruyen) y el marco legal permisivo de los gobernantes. «El complemento del producir para que se vea es el destruir sin que se note», como dice el autor que, de paso, arriesga un número local: «uno diría que cerca del 30% de lo que producen Planeta y Random está destinado a la destrucción física».

 

La impresión, la circulación, el destino de los libros de saldo: la industria editorial atraviesa la antología de principio a fin. Pero también la Historia y la Literatura (en su vertiente más escritural) son abordadas con el mismo rigor, como lo muestra la implacable y filosísima lectura de El escritor argentino y la tradición, navegando incluso por los borradores en páginas Avon del clásico ensayo borgeano. O cuando se mete con los escritores que escriben en dos castellanos (Casciari, Neuman, Pron), dejando que las realidades textuales hablen por sí solas (en cierto libro, ciertos soldados argentinos conjugan en vosotros sus diálogos de trinchera). Hasta se mete con las vanguardias en un texto sobre el surrealismo que expone el triunfo y a la vez el fracaso del movimiento: el triunfo de sumar un poroto para que la literatura deje de ser considerada como un movimiento que evoluciona a través de las generaciones, como si cada escritor “superara” (a la vez que los contuviera) a los escritores del pasado; el fracaso de haberse convertido en chiste, blanco fácil para el capital, que rápidamente se sirvió de sus mecanismos (y de algunos de sus miembros) para resolver problemas empresariales, sobre todo relativos a la publicidad, algo que pasa siempre que las vanguardias son un movimiento en contra de algo, de afuera hacia adentro.

 

La voz

Como decía, En las bateas expuestas reúne veintidós ensayos y crónicas aunque se diría que no hay, técnicamente, ni ensayos ni crónicas sino que más bien cada texto atraviesa esos dos (y muchos otros) géneros y formatos. El estilo de De Nápoli recupera un aire de oralidad que le imprime a la información (y la opinión) que sus textos reparten un halo de comentario radial, acaso cierto timing standapero (el de antes, el que no se enseñaba en cursos y talleres). Quiero decir, la de Cristian es una voz, con todo lo que eso implica, empezando por lo humano, por lo que despierta una voz cuando es escuchada por otros cuerpos, lo que tiene mucho que ver, estimo, con el hecho de que sea un tipo de los libros, alguien que no vive la literatura únicamente sentándose a leer y escribir sino caminando, eligiendo, tocando, palpando libros, conversando con otras personas de los libros, editando (en su momento, tuvo el  sello Black and Vermelho), coordinando festivales (el Salida al mar, por caso) o (ahora, por ejemplo) como dueño y librero de una librería (Otras orillas, Mansilla 2974). Leyéndolo se nota el recorrido, y no solo por el grado de conocimiento del mundo del libro sino, sobre todo, por la mezcla de sensaciones que se gesta en cualquier persona que le ponga el cuerpo a una causa.

Si hay un mérito en la voz que sostiene estos veintidós textos (ciento diecisiete páginas) está en la transparencia, en levantarle la barrera a ese cóctel de emociones sin pretender elegir un tono (que efectivamente existe, pero como consecuencia y no como causa) que prime sobre otros. Cuando uno empieza a meditar lo primero que aprende es a percibir la cantidad de pensamientos que atraviesa nuestra mente en un minuto. Lo segundo, si puede y con mucho esfuerzo, es a dejarlos pasar. A no oponer resistencia, a no querer pasar de largo los malos o nocivos ni retener los buenos o positivos. A dejar, sin hacer fuerza, que cada uno se desarrolle lo que necesite desarrollarse. Así escribe De Nápoli y por eso su voz resulta entrañable, incluso en el potencial desacuerdo.

Frases como «Nunca dejé de necesitar toda la vida de Raskolnikov», «Desconfío de dos tipos de personas: las que nunca toman alcohol y las generosas con cosas que no les gustan» o como cuando, frente al hastío de su biblioteca dice «Había como treinta novelas en primera persona donde el protagonista era un escritor de barrio que viajaba a Alemania, consumía drogas y shawarmas, curtía música electrónica y en sueños jugaba al tenis con Fogwill» revelan una soberanía total no solo sobre el lenguaje sino también sobre el propio juicio, cuyo carácter de denuncia es defendido con estoicismo en cada texto, en un ambiente que más bien se entrena en esquivar el bulto.

 

Si no hay amor, que no haya nada

En suma, En las bateas expuestas es un libro que (como El amor por la literatura en tiempos de algoritmos, de Hernán Vanoli, 2019, Siglo XXI) toda persona vinculada con alguna de las áreas de la hechura de libros debería leer. En principio, porque pinta un panorama y plantea preguntas que no se pueden seguir ignorando. Pero también porque es un libro barrionuevista, en el sentido de que propone un desafío ético. Solo que, a diferencia de la consigna del catamarqueño, De Nápoli lo cumple. El suyo es un libro que hace lo que dice y en esa dogmática férrea hay una lección que el cuerpo de autores y editores argentines no debería desoír: «Hay que recortar cuanto antes el daño que genera producir cosas sin amor».


LEANDRO DIEGO es escritor y periodista. Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016) y Monoimi (AñosLuz, 2020).
Escribe sobre arte y cultura en Centro Hausa.