685 gramos de prosa continua

[Lectura de «La podredumbre dorada» (Autopublicado, 2018) de Antonio González Mendiondo.]

por LEANDRO DIEGO


Mendiondo y yo

Creo que fue durante 2019 que recibí un mensaje de Antonio González Mendiondo, que había conseguido mi teléfono a través de un amigo en común. Quería, sin fines de lucro, traerme su novela.

Vino a casa, me la dejó y se fue. Me quedó la sensación de haber visto a un tipo que conocía, a un amigo ocasional de principios de los 2000 con el que tarde o temprano me tomaría varias cervezas.

Nunca ocurrió.

Leí su novela a poco de que me la haya traído, a fines de ese año, tal vez en el mismísimo momento en que comenzaba la disipación planetaria del covid-19. Desde ahí que le debo un comentario. Quizá él se hubiera contentado con un audio de whtasapp, con una charla física. Pero yo no. El tiempo que me demandó leer su novela y la energía desplegada en la lectoescritura (¡oh, si pudiera uno volver a leer, a lisa y llanamente leer, sin libretas, sin escrituras ni  notas mentales!) pedían otro tipo de devolución. Entonces postergué mi respuesta hasta los límites de la falta de respeto. Un padre con demencia, la publicación de mi primer poemario y la reinvención de mi sustentabilidad durante la pandemia se llevaron todo de mí. No es excusa, pero convengamos en que una novela de 600 páginas compuesta por cinco sub–textos no es fácil de comentar: requería, al menos para mí, de una disposición espíritu–mental que no tuve hasta hoy.

 

Valor comercial: 4

El libro, publicado en 2018, no tiene editorial ni contratapa. Al anverso, apenas una imagen: un ovni abduciendo una vaca, un dragón quemando la cúpula del congreso con el proverbial fuego que sale de su boca, un cartón de termidor. Por su parte, la tapa es una promesa: el obelisco, un plato volador, estrellas, libros, parlantes y un título: La podredumbre dorada. Pasando las páginas a vuelo de pájaro casi de inmediato se comprueba que no hay blancos: si hay diálogos, estarán citados en forma indirecta o entrecomillados; si hay saltos o elipsis, estarán disueltas en el propio texto. Pero espacios en blanco, intervalos visuales, como quien dice, no hay. La novela de Mendiondo es un bloque sólido de puro texto: 685 gramos de prosa continua.

En su momento, Martín Zariello hizo para La agenda una brevísima y acertada sinopsis: «En un plano formal, es una novela que incluye cinco novelitas y un ensayo, que se vinculan a través de tres personajes enigmáticos (Ignacio, Natacha y Sebastián) y una serie de cajas chinas meta-literarias, donde Mendiondo enchufa algo parecido a una máquina de narrar e intercalar y mezclar historias de manera un tanto incontinente.».

Cuenta la leyenda que La podredumbre nació tres días después de la navidad de 2009, trasnochando una versión televisiva de El club de la pelea, al sol de una imagen: «un chabón y una mina ahí, de la mano, mirando cómo el sistema financiero colapsa». La terminó a finales de 2011, algo demorada por la muerte de su padre («un escritor frustrado», según dijo en una entrevista que le hicieron en El sonido y la furia, que dejó una biblioteca de doce mil libros, de los que Antonio heredó poco más de mil) para presentarlo en el concurso de Alfaguara. No ganó. Pero un contacto le consiguió una devolución: valor literario 8; valor comercial 4.

 

La deriva de lo que se es

Alcohol, sexo, drogas, libros, discos, cine, semiótica: los elementos narrativos del primer capítulo, narrado en primera persona por Ignacio, un ex estudiante de letras, viudo, con ganas de patearle la mandíbula al patíbulo literario de la época (recordemos que aunque esté publicada en 2018, La podredumbre dorada fue escrita entre 2009 y 2011).

Ignacio se confiesa como un escritor de novelas inconclusas y asume su escritura (esta, la que leemos) como la revancha definitiva: escribir y punto, sin pretensiones. Vive recluido entre digresiones cultuales, rencor literario, Natacha (su enigmática compañera de botellas y cama), la lectura de la obra virtual de un misterioso escritor ignoto (que le manda sus escritos por mail) y la certeza de que su vecina quiere matarlo. Tres misterios, entonces, envuelven esta primera parte: qué pasa en la casa de al lado; quién es el escritor ignoto; qué le pasó a Ignacio, a los doce años, en Termas Blancas, en un evento que tuvo algo de contacto extra–planetario y le valió un irrefrenable temor a los espacios abiertos.

Este es el capítulo que abre (sobre todo a partir de las últimas páginas) lo que será el resto del libro: una especie de novela coral en la que cada personaje tendrá su relato protagónico. A través de estos relatos se irán tejiendo nuevos misterios y emergerá un juego entre biografía y ficción que tendrá más de una vuelta de tuerca.

Tal vez lo que defina esta primera parte sea un gesto irónico, acaso cínico: la idea de que la jerga cultural, rollingstoniana, de suplemento (y su exacerbación a manos de los escribas que buscan pertenecer a cualquier precio) mata todo, como creía Fogwill con aquello de cuidar el instrumento, incluso (o sobre todo) la pulsión de escritura. Tal vez no sea errado leer en Ignacio y su escritura del fracaso, el triunfo –sobre su propio cuerpo– del lenguaje vincular de las facultades y los sesudos análisis de lo cotidiano, al punto de impedirle hacer obra, hasta dejarlo a manos de la única posibilidad (que, por otro lado, es la dominante): escribir los intentos fallidos, escribir la deriva de lo que se es.

 

 

Las extremidades del monstruo

Hablar de los restantes capítulos de La podredumbre dorada no es fácil si uno quiere salvaguardar la experiencia del potencial lector. Si la primera parte propone un evento final que no será nunca narrado pero sobre el que girará el cuarto (y más largo) capítulo del libro, con el periodista Pedro Porras como protagonista, el resto de las extremidades de esta novela–monstruo (salvo el quinto capítulo, que es distinto) serán algunos antes protagonizados por los otros dos personajes clave: la ya mencionada Natacha y el oscuro Sebastián, su ex pareja.

 

Así, el segundo capítulo está narrado en primera persona por Sebastián e incluye el ensayo al que hacía referencia Zariello en su sinopsis: una teoría que desarrolla el protagonista a partir de tres películas inconclusas que vio durante su infancia (en las que, si me baso en la mencionada entrevista radial, habría que reconocer la más marcada zona autobiográfica del libro) y cuyo centro es tanto la multiplicidad de mundos presentes en este en que vivimos como las maneras de entrar y salir de uno u otro. La reconstrucción lleva al narrador a convencerse de haber descubierto algo en torno a la especie: algo que todos desconocen y cuyo conocimiento lo conduce a la idea de vivir una vida disimulándose para no ser expuesto. Este es el capítulo de mayor vuelo intelectual. La articulación entre teoría y práctica (entre las ideas del protagonista y el personaje que va diseñando para vivir sin que se note que sabe) es tan verosímil que se puede terminar creyendo que, efectivamente, todo le sucedió a Mendiondo.

 

El tercero está narrado en tercera persona desde el punto de vista de una mujer en la que pronto reconocemos a Natacha. Y narra, básicamente, el amanecer y el ocaso de una relación con un tal Ulises, que termina para la mismísima mierda a causa de otro misterio: Mariano, un amigo de Ulises que nunca le había cerrado a Natacha y alrededor del cual hay  un silencio incómodo que involucra un proyecto científico en la Antártida.

 

El cuarto viene a cerrar de algún modo los anteriores y también está narrado en tercera persona, pero desde el punto de vista del periodista Pedro Porras. Se narra su viaje a Termas Blancas a cubrir un extraño crimen que ha implicado tres decesos, pero también para ir al postergado encuentro de su pasado. Sobre el final, un tal Marcelo le hace llegar a Pedro un dato: que Ignacio tenía un blog llamado La podredumbre dorada (que, efectivamente, existe en este plano de la realidad y tuvo actividad hasta 2014, aunque su autor era Mendiondo) del que Marcelo sugiere leer específicamente el último posteo.

Este es el más narrativo de todos los capítulos y es en el que Mendiondo muestra su pericia para narrar acciones, hilvanar tramas y seguir manteniendo el interés del lector a partir de elementos nuevos y secundarios. De a ratos uno se olvida de lo que ha leído antes y se deja llevar por los nuevos hilos narrativos (lazos familiares, una historia de amor inesperado, celos profesionales) que se van desplegando como si no hubiera trama principal.

 

Si antes había sido Marcelo el responsable de vincular a la novela con el blog que lleva el mismo nombre, los sentidos se multiplican cuando leemos uno de los epígrafes del quinto capítulo firmado por un tal Marcelo Calleja, cuya existencia real desconozco pero –me consta al menos– es la identidad virtual de Mendiondo en cierta red social. Este capítulo es una novela que Ignacio coescribió con un amigo llamado Ernesto, a la que había hecho referencia ya en la primera parte. Está narrado en primera persona (al principio como una primera testigo ya que se habla casi siempre del Fantasma) y es es un road trip falopero que se va armando alrededor de los 50 gramos de cocaína que Hernán le robó a los pibes de Añasco. Como todos los amigos solteros con una casa disponible estaban viendo conciertos y el protagonista–narrador tiene una casa de fin de semana en Termas Blancas, surge la idea de recolectar escabio de donde sea y darse a la fuga para pegarse el saque del siglo. Después de una serie de peripecias que incluye el hermoso descarte del gordo Gaby, los protagonistas se suben a un Ford Sierra y apenas después de cruzar la General Paz ya están sarteneando el botín sobre la cajita de un cedé de Carlos Vives. Ciertos desperfectos propios de un viaje improvisado terminarán con el protagonista recorriendo las casas de sus amiguitos de la infancia, con hogares devenidos en mundos desconocidos e inhóspitos para la white trash porteña que los protagonistas encarnan.

Finalizada esta novela de Ignacio, irrumpe una aclaración final, firmada por una amiga del autor (que se conoce en el capítulo cuatro) que juega un poco con la idea del mito que podría tejerse alrededor del escritor ausente.

 

Comentario

El buen gusto de Mendiondo atraviesa toda la novela y su proyecto, tal vez colateralmente, tiene algo de Arca de Noe: música, cine y discos circulan constantemente durante las 600 páginas. Y la curaduría es excepcional. No sería una mala idea armar una lista con estas obras, sobre todo las musicales, y ofrecerla gratuitamente en los secundarios para que les púberes puedan conocerlas antes de sumergirse en el presente trapero. Nadie duda de que el trap pueda ser el nuevo roackandroll pero, como diría un ex–presidente, antes pasaron cosas. Lo que Antonio salva es lo que hay que salvar.

Durante toda la novela el uso del lenguaje es siempre utilitario: a la trama, a las ideas del protagonista, a la construcción de un personaje, a un artificio narrativo… Pero esa utilidad lejos de desmerecer la prosa, la potencia: la escritura de Mendiondo parece necesitar ser dirigida por algo más que ella misma, por algo superador, lo que en el contexto local resulta ciertamente novedoso. Pero a su vez la novela es reaccionaria: postula y defiende, si se quiere, una idea antigua, de mediados del siglo XX, de lo que es o debería ser una novela, una obra, una literatura.

Quizás esas dos realidades (la novedad y el clasicismo) expliquen a su modo la decisión de autopublicarse. La autopublicación a veces es la única alternativa para que las escrituras apátridas no se ahoguen en un soplo que nunca va a llegar a conectarse con un otro (que es, siempre, aunque uno no lo sepa, el gran objetivo: la lectura).

A la vez que propone la desmesura (de tramas, de personajes, de páginas) La podredumbre dorada es una (posible) respuesta a los mayores interrogantes a los que se enfrenta la literatura desde la irrupción de las vanguardias: qué es una obra literaria, qué es una escritura y, finalmente, si son nociones compatibles.
Para haber escrito esta novela hay que haberse hecho muchas preguntas. Preguntas que tal vez provengan del tedio, de la insatisfacción respecto a la contemporaneidad.
Y el hecho de responder esas preguntas no a través de un ensayo sino con con la propia obra es asumir un riesgo.

Cuando bien podría haber editado una novela y cuatro novelitas independientes (incluso, optando por no relacionarlas), a un ritmo de una por año, a lo Aira, Mendiondo decide que todos los relatos sean un mismo libro.

Y aunque esa decisión le quite potencia a algunos de los capítulos (sobre todo al último) o desperdicie algunas oportunidades (el tipo de narrador elegido para el relato de Natacha, demasiado cómplice, demasiado cercano, aunque luego se explicite su verdad no parece la más feliz de las decisiones), en una época que se desvive por escribir pero no tanto por hacer obra, en un contexto que ha convertido la idea de “público” o de “lector” en un fantasma para escribir su filosofía de vida en clave de ficción berreta, en la chatura de las novelitas independientes, el gesto de Mendiondo (que no es para nada el de un rejunte) es notorio y merece y más difusión de la que goza.


LEANDRO DIEGO es escritor y periodista. Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016) y Monoimi (AñosLuz, 2020).
Escribe sobre arte y cultura en Centro Hausa.


Si quieren leer La podredumbre dorada, pueden solicitar su copia a enunrato@gmail.com