Enemigos expiatorios

por LEANDRO DIEGO

La literatura, como todo ámbito comercial necesitaría una inyección de prejuicios, supersticiones, preferencias caprichosas, hostilidades arbitrarias. Porque sin prejuicios, casi no se puede pensar. Y sin enemigos, no se puede pensar. Y los enemigos pret-a porter que oferta el menú de los medios –y de la prensa cultural hecha de medios– son tan compartidos que sacan las ganas de pensar.

Lo anterior fue dicho por Fogwill en esa lluvia de balas sin blanco que iba a ser un texto para la reinvención de El porteño en los 2000 pero terminó siendo Estados alterados, un “libro” que puede conseguirse únicamente en un PDF, liberado por Plazademayo, el proyecto periodístico paralelo del propio Gabriel Levinas (justamente, el hombre detrás de El porteño).

Hay que decir que veinte años después de que Fogwill tirara sus tiros al aire, no nos hemos movido ni un poco. Y que, de los enemigos que ofertaba el menú, hemos eligido los peores, los que más fuera de foco están respecto al debate o a la cuestión literaria. Se diría, incluso, que respecto al presente de la enunciación de Fogwill, estamos peor.

¿Dónde están los y las que escriben defendiendo una literatura en vez de una causa? ¿Dónde están los y las que escriben atacando otra? ¿Qué pasa cuando alguien (Marina Closs, por caso) decide atacar un clásico?
¿Qué le hicieron las redes al rol público y político que “tiene” que tener un escritor? ¿Cuál es, hoy, la idea o el estereotipo del escritor comprometido? ¿Cuál es la idea de colectivo a la que adscriben hoy escritores y escritoras? ¿A quiénes incluye y a quiénes no?

 

Algo roto

La literatura argentina tiene –cuanto menos– un problema que no puede –del todo– identificar. Y es un problema eminentemente literario, si por literatura entendemos ese momento en que hay un ser humano frente a un aparato (hoja y lapicera / teclado y mouse / laptop) escribiendo algo que va a ser leído por otros.

Es ahí donde hay algo roto.

La rotura pudo haberse producido por el devenir del tiempo y las nuevas tecnologías, pudo haberse producido por la incapacidad de la industria literaria para reinventarse (por más que lo haya intentado y lo siga intentando, la literatura no tiene ni va a tener su Netflix ni su Spotify sencillamente porque nunca tuvo su Cuevana ni su Napster), pudo haberse producido por el espacio más bien chato y poco ambicioso al que terminaron relegadas las editoriales independientes (demasiado ocupadas en tratar de subsistir) o pudo haber existido, disimulada por los contextos previos, siempre. Explicaciones, puede haber muchas. Pero que algo está roto parece ser un hecho.

Los grandes medios culturales (que por algo se llamarán suplementos) son comandados por gerontes que muestran una cultura que atrasa décadas y cuyo destinatario modelo son otros gerentes; las nuevas voces de los 2000 (salidas en su mayoría de los blogs) no han encontrado (salvo contadas excepciones) en medios (alternativos o principales) un canal que les permita trascender sin convertirse en el enemigo en contra del cual supieron existir; el periodismo cultural independiente (nótese la doble itálica) se corrompe en su esfuerzo por mantenerse vigente cayendo forzosamente en la trampa de las novedades caretas… Se vive cierto aire de farsa abismal, monstruosa, que la pandemia no hizo más que exacerbar, y de la que no parece haber, a la vista, ninguna salida que no implique más roturas.

Hay, digamos, respecto del presente cultural y literario, algo que podríamos llamar, sin jugárnosla demasiado, una sensación general de incomodidad.

 

Los enemigos

La incomodidad es, ante todo, un malestar. Nadie quiere estar incómodo. La incomodidad duele, lastima, carcome. Se puede estar incómodo un rato pero no se puede estar incomodo mucho rato. A medida que va pasando el tiempo, entonces, se suele buscar la causa de la incomodidad con la esperanza de superarla y volver a estar, de una vez y –si fuera posible– para siempre, nosotros, cada uno de nosotros (no todos), cómodo. Pero la incomodidad suele traer aparejada la necesidad de tener que moverse para recuperar la placidez, más que la de señalar las causas externas que pudieron haberla producido. Es decir, para salir de la incomodidad suele ser más útil cierto grado de transformación que la identificación del enemigo.

Los enemigos de la literatura argentina que pude identificar en el último año no solo no han servido para recuperar la comodidad perdida sino que, efectivamente, sacan las ganas de pensar a la vez que ilustran –con envidiable elocuencia– el nivel de nuestras obras.

Espejitos de colores, distraerse con boludeces, forjar cruzadas morales donde poner el tiempo y la furia mientras escribimos –cada vez peor– cosas que nadie quiere leer.

 

Dar

La Unión Argentina de escritoras y escritores (suena más a equipo de fútbol del ascenso que a núcleo de representación gregaria) dijo el 29 de abril del año pasado: «Desde la Unión de Escritoras y Escritores nos solidarizamos con las denuncias de colegas que han visto avasallados sus derechos de autor al encontrar sus textos subidos a grupos de Facebook u otras plataformas sin la correspondiente autorización.». Luego: «Instamos a los responsables a revertir esa situación y a una respuesta conjunta en defensa de nuestro trabajo. Del mismo modo, pedimos a nuestras colegas y nuestros colegas que se hagan eco de las campañas al respecto para entre todos poder amplificar nuestras denuncias.»

«Los escritores profesionales (y a esta altura, ya no son “sólo” los escritores de, como los llamábamos hace veinticinco o treinta años, bestsellers) son sobre todo aquellos que se han hecho un lugar en la política de campo de la industria editorial. Aportan el contenido, la materia prima de esa industria. Por eso, usando el lenguaje del marketing que es, junto con el pseudocientífico, el discurso del amo, el discurso de poder de la época, hoy se los puede equiparar en muchos casos a los “generadores de contenidos”.», dijo con pertinente claridad Edgardo Scott en Infobae. También dijo, respectivamente: 1. «Es lógico que los que entienden que hay contradicciones y sobre todo injusticias en la industria literaria respecto de la valoración del arte, disientan con esos escritores profesionalizados, con esos trabajadores profesionalizados.»; 2. «Es lógico que los que entiendan que la literatura (el arte) no es un bien como los otros bienes disientan con cualquier legalidad regulatoria que la considere de ese modo.»; 3. «No está mal que la literatura, por suerte, no sea un trabajo.».

24 años antes, dijo Fogwill: A esta altura la mitad de mis libros son patrimonio de nadie, son dominio público en Internet, y por pereza no está toda mi obra ahí. Pero… tampoco podemos seguir en la mitología de los libros. Desde que llegó la Epson en 1980 acá, aquella que hacía ruidito, se volvió innecesario el libro. Y ahora con las láser un libro cuesta nueve centavos de papel y tóner. O sea, cuatrocientas páginas son nueve centavos… son nueve pesos. ¿Cuánto cuesta un libro loco?

Una de las cosas que más lamento es no haber podido conocer a Fogwill. Por suerte no tengo que atestiguar su generosidad lectora: es proverbial. Pregúntenle, sino, a Casas, a Gambarotta, a Mattoni. Eso es militar por la literatura. Hacer todo lo que se puede hacer, en el lugar de cada uno, para hacer circular las escrituras que lo merecen. Leer y hacer circular lo que sí, lo que cada uno crea que es lo que sí. Ser una especie de editor/curador ambulante. Así crece la literatura, así crecen nuestras escrituras, así crecen las obras que haremos circular, en algún momento, por el circuito que podamos.

Fogwill, ya en los 90, se cagaba en los libros físicos y se movía distribuyendo impresiones piratas o pedeéfes de las literaturas que le interesaban. ¿Cuántos y cuántas de los que lloraron la liberación de pefeéfes en abril hicieron por alguna escritura que no sea la propia algo parecido?

El gesto de Fogwill hizo más por nuestra literatura de lo que hacen hoy las militancias demandantes que lastimosamente piden “lo justo” pero no saben, no se acuerdan, o nunca supieron, lo que es dar.

 

La falla magnética

En julio del año pasado se dieron a conocer las nuevas bases del Certamen de Letras 2020 del Fondo Nacional de las Artes que, por primera vez, elegía convocar textos fantásticos, de terror o ciencia ficción.

Las consecuencias de esa decisión generaron repercusiones de límites impensados. Cabe preguntarse si el debate hubiera sido el mismo si no existiera Facebook. Pero Facebook existe.

Se habló de exclusión de la literatura realista (se dejó entrever, incluso, la posibilidad de que la decisión no fuera un azar, dado que el realismo es la crítica de la realidad, como dijo en su momento el ya citado Edgardo Scott), se rechazó la exclusión de la poesía (tanto sea por considerar que la poesía no puede ser de terror o ciencia ficción, como por considerar que se la excluía en todas sus formas), se insinuó que la decisión era un perjuicio –aunque quizás no voluntario– para la literatura autorreferencial escrita por mujeres («Acá sentí que hubo como una bronca contra la escritura de mujeres que por ahí tuvo su momento mínimo. Esta idea de lo testimonial, escribir con la experiencia personal, que es muy despreciada. Hay toda una experimentación con el yo que tiene toda una tradición femenina que, digamos, no es todo una mierda.», dijo Cecilia Pavón para el colectivo periodístico LatFem).

¿Qué nos pasa?

¿Realistas, poetas y autobiográficos/as contra el resto del mundo?

¿Qué queremos? ¿Qué nos paguen por escribir, nos convoquen todos los años para premiarnos y nos aseguren un libro en formato físico que no se pueda piratear?

¿Para qué queremos todo eso? ¿Para escribir más y mejor o para generar/mantener un modo de vida? ¿Qué lugar tiene la escritura en la vida de cada cual? ¿A qué esferas de la praxis humana está asociada?

¿Cuándo empezó a fallar la brújula?

¿Cuándo nos volvimos tan mezquinos?

 

La industria editorial

Editoriales multinacionales, editoriales independientes, autopublicación, edición artesanal. Las primeras son apuntadas como el gran demonio (sería oportuno saber cuándo no lo fueron); las segundas más que la “la salvación” son aquello con lo que hay conformarse (repito: su mayor empeño está puesto en seguir existiendo y así y todo, como visibilizó Hernán Vanoli en El amor por la literatura en tiempos de algoritmos, se las ingeniaron para crear un ecosistema literario paralelo); la tercera implica –prácticamente– la no circulación, la no lectura; y la última resulta una alternativa muy “de nicho”, no por elitista sino por formar parte de un submundo dentro del propio submundo de las editoriales independientes.

Un poco de biografía puede ilustrar el desvío que encuentro en quienes ven en las multinacionales el enemigo central de la literatura contemporánea: llegué a mi primer libro a los 36 años, autopublico mis textos sobre literatura en este sitio (que fundé hace cuatro años, con Facundo Gerez) y publico mis textos sobre arte y cultura en Centro Hausa (un emprendimiento de unos amigos de escasa visibilidad pero en el que creo y confío). Nunca fui a talleres y al menos hasta noviembre del año pasado (cuando empecé a dar mis primeros pasos como autor publicado) no conocía a nadie de ningún circuito. Me cansé de mandar textos y libros a revistas, diarios, editoriales y certámenes sin recibir nunca una respuesta.

Mi confesión no es un canto lastimero: esto es, a grandes rasgos, a menos que uno tuviera algún contacto o se formara en algún taller donde alguien lo tuviera, lo que sucedió siempre. Entrar fue siempre difícil. Y el círculo de escritores y escritoras que no llega a las grandes editoriales (a las que ve como sus enemigas) pero tiene acceso a las independientes y publica su obra ahí sin mayores inconvenientes parece olvidarse, desconocer o nunca haber sabido, que existe, debajo de ellos, otro mundo. Un mundo de autores marginales al que el mundillo de las editoriales independientes y los certámenes le resulta igual de inalcanzable a que ellos el de las multinacionales.

A no olvidarse, amigos y amigas: esos son los desclasados de la literatura, esos son los que no tienen voz, esos son los ignorados por todos los circuitos, incluso por el nuestro, sea el nuestro cual fuere. Si en vez de pedir lo que nos corresponde, estuviéramos –cada tanto– dando algo -alguito- tal vez nos resultara un poco más fácil acordarnos de este colectivo: el de los marginales, el de los verdaderamente marginales, el de las escrituras que nadie lee y por las que nadie pide nada.

 

Llamado a los malos poetas-1

Como diría Macedonio, soy un recienvenido. Entonces las cosas, todavía, un poco, me sorprenden. La más importante hasta ahora (tal vez porque llegué a la poesía de carambola) es el repudio general, casi militar, a los llamados poetas de Instagram. Al principio no sabía bien de quiénes se trataba pero después fui entendiendo: es toda esa gente que escribe sus versos e inmediatamente los comparte en formato de imagen en su red social. Son poemas chiquitos, que caben en el cuadradito instantáneo y, casi siempre, coloquiales, mundanos, cotidianos.

Enojarse con los poetas de Instagram es como enojarse con el poeta que vende sus poemitas fotocopiados a voluntad en la línea 24. Además, como si la mayoría de los poemas contemporáneos legítimamente circulantes no fueran, también, coloquiales, mundanos, cotidianos.

Otro poco de biografía: hace poco me tocó recitar unos versos en cierto contexto cultural. Lo hice para la mierda. Dos muchachas poetas lo hicieron diez veces mejor que yo pero los versos que leyeron me parecieron malísimos. Al borde de lo insoportable. Estuve varias veces por irme. Sin embargo, cuando el evento terminó me encontré comentando con mis querides, que aunque me habían parecido malísimas, también me parecían expresiones sinceras, honestas, que poetizaban sus realidades personales.

Para mí la poesía no es eso, claro que no, pero en definitiva ¿yo qué mierda sé? Nada. Cuántos como yo habrán escuchado y detestado una serie de versos ajenos para, varias décadas después, conmoverse frente a las mismas palabras leídas en un contexto y sobre una materialidad diferentes.

Antes de ellas había leído sus poemas un señor que le había dedicado sus versos, justamente, a otros poetas, a los, según él, malos poetas (y en su poema los describía casi en forma de denuncia).

¿En qué momento dejamos de militar por lo que está bien para militar por lo que está mal?

Y, volviendo a Quique, si vamos a militar por lo que está mal, ¿estamos seguros de que el enemigo está a una altura que justifique la guerra? No sea cosa de que le estemos quitando el chupetín a los niños por la bronca secreta de que no nos gustan los chupetines o porque queremos comerlo nosotros pero nos da miedo el azúcar.

 

El chivo expiatorio

El popular filósofo Alan Watts supo decir que «Jung tenía un hintergedanken, una palabra alemana que significa un pensamiento en el fondo de la mente, que mostraba que reconocía en sí mismo lo que a veces llamó un elemento irreductible de bribonería. Y lo sabía de manera tan clara y contundente, y en una forma tan amorosa, que no condenaba lo mismo en los demás y por lo tanto no se dejaba llevar hacia pensamientos, sentimientos y actos de violencia contra otros, lo cual es la característica de personas que proyectan su propia maldad en los demás, en el chivo expiatorio.».

El de chivo expiatorio es un concepto también clásico en el vocabulario junguiano pero que para ser introducido requiere, primero, hablar de la sombra.

El de sombra es un término que Jung tomó de Nietzsche y que representaba la personalidad oculta que tiene toda persona. A simple vista la mayoría de nosotros aparentamos (y nos percibimos) como seres buenos y nobles. Sin embargo, en nuestro interior hay ciertas dimensiones reprimidas, instintos heredados donde a veces se esconde la violencia, la rabia, el odio. Las personas no solemos percibir estos rasgos en nosotros mismos y, en general, suelen ser los defectos que más nos molestan de los demás. Cuanto más reprimimos las manifestaciones de esta sombra más tiende ella a proyectarse dando lugar, según Jung, a las neurosis y a las psicosis.

Lo interesante del concepto de sombra es que Jung afirma que no está presente únicamente en individuos, sino que suele manifestarse además en “grupos de personas”, en sectas, en algunos tipos de religiones o incluso en partidos políticos o en cualquier tipo de organización que, en un momento dado, puede sacar su sombra a la luz para justificar sus actos violentos o de repudio explícito.

En la segunda parte del recomendable libro Encuentro con la sombra, aparece el concepto de chivo expiatorio o de oveja negra: aquel que carga o a quien se hace cargar con los temas emocionales inconscientes del grupo (sea este grupo una familia o uno como los anteriormente mencionados). En terapia se denomina a esta persona como la portadora del síntoma familiar o como el paciente identificado y lo más habitual es que sea la propia familia o grupo quien lo señale.

 

Un instrumento mejorado

La causa de que la literatura esté en crisis, si es que está en crisis, si es que hay una crisis, si es que hay un enemigo que cause esa crisis, es la chatura, la voluntaria mesura respecto de lo que se escribe, la pérdida de la propia fe en la escritura, que vendría a disimularse en preocupaciones posteriores: quién nos lee, cómo circulamos, la injusticia o la asimetría de los circuitos legitimadores, las maneras en que somos ignorados porque la industria lo impone y los certámenes no le dan cabida a lo que hacemos, etcétera.

Queridos, queridas: no nos leemos ni nosotros.

Y la culpa no es de Random y Planeta, no es de los certámenes arreglados o separatistas que no fomentan ni difunden las disidencias, no es del poco espacio en los medios de alto vuelo para las novedades de festivales y editoriales independientes; tampoco de la virtualidad y el mundo de los pedeéfes que circulan gratis ni de los escritores de instagram que provocan la depreciación de la moneda poética.

No sé qué bien qué se le está pidiendo al presente ni sé, bien, tampoco, desde cuándo un escritor pide tanto cuando la matriz, la génesis de la actividad literaria siempre fue, más bien, dar, darse.

José Martí supo decir que «Un autor que no le enseña nada a los escritores, no le enseña nada a nadie. Lo que importa, entonces, es el carácter ejemplar de la producción: que sea capaz, primero, de inducir a otros productores a producir y, segundo, de poner a su disposición un instrumento mejorado.».

Yo pregunto: con nuestras obras, ¿qué estamos enseñando?