Un lugar sin el recuerdo

[Lectura de «La luna y la muralla china» (La bola editora, 2013) de Martín Zariello.]

por LEANDRO DIEGO


2013, el año de la muerte de Hugo Chávez, de la fumata blanca que anunció al primer Papa argentino, del affaire de la Fragata Libertad con los «fondos buitre»; el año del descenso de Independiente de Avellaneda y de la represión en el Borda que le valió un proceso a quienes poco tiempo después dirigirían los destinos de la capital, la provincia de Buenos Aires y el país; dos años antes de que «no se inunde más» (porque en 2013 cayeron 155 mm en seis horas y la ciudad y la provincia -especialmente La Plata- vivieron una catástrofe) y dos años antes de que exista en Argentina el movimiento «Ni una menos»; el año en que Twitter se metió para siempre en la vida social de los y las compatriotas y el año en que muchos  y muchas colapsaron al Correo y a la Aduana comprando por Ali Express, Deal Extreme, Dh Gate, Amazon, etcétera.

Ese, a grandes rasgos, fue el año en que Martín Zariello (Mar del Plata, 1984) publicó «La luna y la muralla china» (La bola editora, 2013).

Conviene decirlo porque, como se puede apreciar en esta breve enumeración, vivíamos otra vida, otro mundo. Un mundo más cerca de los blogs (donde allá por 2005 Zariello forjó su pericia narrativa bajo el pseudónimo de Il Corvino) que de las vacunas, un mundo en el que las cacerolas eran todavía de los pobres o de esa clase media que está siempre al borde de ser pobre.
Entonces, quizá no resulte tan raro que el mundo que aparece y se construye en los diez relatos que componen el primer libro de cuentos del autor, también parezca «otro».

 

«La luna y la muralla china» es un libro de diez cuentos cortos narrados a partir de fragmentos (orales, escritos, a veces titulados temáticamente, otras epistolares, a veces hechos de «entradas» de un diario real o imaginario), ocho de los cuales están narrados por un hombre en primera persona, uno por una mujer y otro por una tercera persona que se sirve de la fórmula «él/ella» al estilo de Georges Perec o Juan José Saer en «Bien común» (esos relatos donde no hay personajes sino pronombres).

El «tema» que atraviesa todos los relatos es el de las relaciones, más específicamente el de las relaciones heterosexuales, y más específicamente el de las relaciones heterosexuales desde el punto de vista masculino (incluso cuando la narradora es una mujer). Esto es importante decirlo porque estamos tal vez ante uno de los últimos libros de relatos que pudo abordar esta temática sin hacerse las preguntas que pronto serían obligadas, esas que propiciaron una necesaria toma de consciencia, una saludable responsabilidad pero, también, una irremediable pérdida de la inocencia y un debate abierto y sin conclusiones respecto del valor y la función de la literatura en el marco de una opresiva corrección política y de un constante cuestionamiento sobre lo que puede y/o debe escribir un hombre blanco heterosexual.
El libro de Zariello está escrito antes de todo eso, y esa frescura se respira. Hasta se podría decir que denota, denuncia, expone su ausencia en nuestro presente.

 

Tanto en el prólogo como en otras reseñas que circulan por la web se menciona a la nostalgia y la melancolía como algo intrínseco, constitutivo de los relatos de Zariello.
Yo creo que los relatos no transmiten nada de eso.
Creo que su «tono», como diría Piglia, no tiene nada de melancólico ni de nostálgico.
Tiene, claro, algo de eso que los alemanes llaman «zeitgeist» que, en la primera década los 2000, supo encontrar su canal de expresión justamente en los blogs, el primer espacio alternativo que Internet le dio a la nueva camada de escritores que empezaban a surgir después de los poetas de los noventa (es decir, los nacidos a fines de los 70 o inicios de los 80). Tal vez sea eso, la presencia de «eso» en las voces que compone Zariello (que precisamente por esta razón podemos entender como una sola), lo que tiña la lectura de nostalgia o melancolía. La presencia de un mundo que se empezaba a desintegrar tras su propio paso. Leído hoy (pero al compás de los cambios que se produjeron en su mismísimo año de publicación, no es descabellado que haya producido lo mismo entonces) es un libro que nos enfrenta a «lo que fuimos».
Pero lo que transmiten los textos «más allá» de ese juego especular, de esa visita a un pasado tan pisado como todos, es otra cosa.

 

Los relatos, todos, en mayor o en menor medida, tratan de parejas y encuentros: de parejas que nacen, de parejas que mueren, de encuentros que nacen y cuya vivencia promete una felicidad que todavía sus protagonistas ignoran fugaz y esquiva, de encuentros que terminan tan abruptamente como el deseo (dejando tras su ausencia la mueca triste de lo que fuimos, esa que se va a repetir, irremediablemente, en el próximo encuentro y en el próximo, y en el próximo).
Si hay un mérito en abordar esta cuestión, está en haberlo hecho «tal cual ha sido vivida», algo que en 2021 ya no parece tan fácil.
Y si queremos que haya un mérito en la lectura, desde ahí hay que leer este libro: para no pedirle peras a Walter y para centrar la atención en lo que importa.

 

Porque, al fin y al cabo, ¿a qué hay que prestarle atención en un libro?

Yo soy de los que creen que un libro no es más o menos valioso por las experiencias que en él se cuentan sino por las experiencias que provoca en la lectura: es decir, no busco en los libros «conocer a alguien» ni mucho menos asomarme a cómo ese alguien experimenta el mundo; espero, en cambio, ver cómo hace alguien para convertir su experiencia en un hecho estético, literario, sin vaciarla o volverla banal, sin convertira en «información». Espero asistir a ese juego entre la vida personal, íntimamente personal (espiritual, diría Levrero) y la escritura, su «representación escrita».

Dicho en otros términos, me interesa de la literatura menos la experiencia y la biografía detrás de, por ejemplo, «Por qué volvías cada verano», que la búsqueda expresiva de Belén López Peyró que, incluso viéndoselas con una materia que -supongo- debe oponer resistencias durísimas, se las rebuscó para «representar» su vivencia, su experiencia del mundo y de la vida en cierto momento de su biografía, para sacar de ahí literatura.

Y es en este sentido de la lectura, en el que aparece cuando se lee un libro «más allá de lo que cuenta», donde «La luna y la muralla china» tiene, a mi criterio, su punto más fuerte: en su propia materialidad escrituraria, en su sintaxis, en su rotundo corte de frases, en su construcción de la realidad específicamente literaria.

 

Llegado este punto conviene decir que hay dos Zariellos o, al menos, dos escrituras de Zariello bien diferenciadas en el libro: una, la que acontece durante los primeros seis relatos (puramente referenciales), dirigida por la pulsión de ciertas certezas sociales, de ciertas «verdades» relacionales, tomada por un punto de vista quizás demasiado concreto; otra, a partir del séptimo cuento, que, liviana, despojada ya de la carga pulsional de las convicciones o emociones fuertes, «se deja ser», se pierde en la «no-referencialidad», asomándose al absurdo, al distopismo pulp, a lo fantástico beat (practicando, aquí, sospecho, un «realismo» en términos levrerianos).

Aunque más experimentable en estos últimos textos, hay que decir que, en ambas escrituras, Zariello logra un «modo de decir» que expresa -y supera- lo que sus contenidos «dicen». La sintaxis cortada, la fragmentación de unidades que no atienden continuidades temporales ni temáticas, la falta de contextualización tanto para los fragmentos como para los relatos en sí mismos, la marcada necesidad de que «no haya un hilo» termina por hacer evidente, por resaltar, el único hilo posible: la escritura, el revés de la escritura, lo que está bien atrás de lo que se dice. Y es ahí donde las dos escrituras se hacen una.

Porque uno podría decir, por ejemplo, que si los primeros textos abordan las relaciones como una manera de contar la soledad, la caprichosa  y cambiante necesidad de querer y ser querido pero a la vez estar solo y ser «libre», convirtiendo al otro en nada más que lo que queremos que sea (los personajes dicen y se desdicen, quieren algo pero hacen otra cosa, asistimos a su vida interior siempre muy lejana de la que muestran), los últimos «representarían» el conflicto del vínculo, lo simbolizarían (no en vano esta «segunda parte» se puebla de zombis, vampiros, viejas que escupen con la fuerza de cañones, Dios).

Pero no.
Lo que hay que decir es que no importan -tanto- los contenidos ni las cualidades simbólicas cuando una escritura es honesta, genuina, verdadera, libre.
Esperemos que no sea cosa -solamente- del pasado.


LEANDRO DIEGO es escritor y periodista. Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016) y Monoimi (AñosLuz, 2020).
Escribe sobre arte y cultura en Centro Hausa.