Una internet de energías cósmicas

por LEANDRO DIEGO


Cada vez disfruto más –incluso diría que necesito– del acto físico de escribir; sobre todo si es a mano, con pluma de tinta azul y en cuadernos de hojas amarillas (últimamente las prefiero lisas). Y cada vez, parece, me cuesta más escribir algo. Me cuesta la escritura dirigida. Me gusta la escritura en gerundio: estar escribiendo. Todo lo que viene antes y lo que viene después de ese gerundio, de ese estar escribiendo, me pesa.

 

 

Del acto de escribir, lo que me atrae, lo que me une a él, es que se apodera de mí de un modo que no logra hacerlo ninguna otra actividad. Toma mi concentración y la secuestra: no deja un mínimo resquicio de psiquis disponible para las distracciones del mundo exterior ni las voces (reclamantes) del mundo interior. Escribiendo, soy y no soy yo. Estoy concentrado en la experiencia de ser sin que la estorbe el yo. Es un estado de supra–consciencia. No soy yo; soy algo más que yo: una especie de nosotros que no incluye únicamente personas sino pensamientos, energías, vibraciones, existencias.

Cuando escribo, me conecto a una internet de energías cósmicas.

 

 

Lo que me cuesta cada vez más (porque, repito, no me gusta) es escribir algo. Cualquier consigna o proyecto, aunque sea personal (quiero decir, impuesto por mí mismo), le va poniendo diques a mi escritura. Mi escritura y mis ganas de escribir se ahogan con la consciencia del producto escrito, de tener que dirigir la escritura hacia algo más que ella misma.

Probablemente esto se deba a que, desoyendo a mi propia naturaleza y atormentando por el nivel de nuestra escritura contemporánea (porque, para peor, me gusta leer), suelo concebir proyectos de escritura muy jodidos. No sólo extensos sino difíciles: con artefactos narrativos complejos, que requieren de una autosupervisión constante que va muy en contra de mi libertad expresiva.

 

 

Escribo para tener un espacio y un tiempo tan libres del mundo civil como de mí mismo, una zona sin interrupciones en la que «el ser» pueda fluir, manar: precisamente, ser. Una dimensión de la existencia en la que puedo reconocer al logos[1]y fundirme con él, en la que puedo zambullirme en la expresión como la entendía Giorgio Colli (la sustancia del mundo[2]) y dejar una marca, una huella de ese ser que se sedimenta en escritura.

Escribo porque quiero comunicarme con el mundo, porque la comunicación que puedo establecer en la realidad con los seres y las cosas me resulta insuficiente; porque necesito un vehículo de conexión que exceda los límites de la interacción social. En parte porque la comunicación que se produce a través de la escritura (y la lectura) es más profunda y espesa; en parte porque la otra nunca me salió del todo bien y en el último tiempo, directamente, no me sale.

 

 

Los textos que escribo son breves. Muchas veces, hechos de fragmentos o, como solía llamarlos, de unidades mínimas. Suelen incluir elementos autobiográficos: la narración de una experiencia, una anécdota (corresponda al plano físico, mental o espiritual). Estos episodios se ensanchan en la escritura, ganan un par de dimensiones extra y se convierten en un objeto de otra estirpe, en otro tipo de realidad que ya nada tiene que ver con lo vivido.

Mis textos son, a veces críticos, otras un tanto morales; a veces tienen tintes humorísticos, a veces son aburridos. Fragmentarios y contundentes. Interpelantes, en el sentido de que pretenden conectar con el lector en una frecuencia que no puedo definir con demasiada precisión pero que sin dudas tiene que ver con lo cotidiano.

 

 

Escribo cuando puedo y generalmente en exteriores. La euforia y la bronca suelen ser mis motivaciones principales; pero también escribo por tristeza, por soledad, por aburrimiento: todas sensaciones fugaces, por eso me cuesta en general seguir escribiendo, por eso suelo abandonar mis escrituras.

Me impulsan los motores de un amateur, no de un profesional.

 

 

En general, el planeamiento de mis textos no suele ser muy exhaustivo y, cuando intento que lo sea, termino no escribiendo o escribiendo de mala gana. Funciono mucho mejor cuando la distancia entre la idea y la escritura es más bien corta. Pero a su vez disfruto mucho de hacer planes de escritura, de cranear proyectos larguísimos y complejísimos que sé que no voy a ser capaz de escribir (a veces creo que sí y los empiezo, pero duro apenas unas páginas).

Lo que soy capaz de escribir suele resultarme poco; y lo que soy capaz de imaginar no puedo escribirlo.

Mis escrituras fugaces, no tan planeadas, finalmente son las ven la luz; los planes de escritura quedan en cuadernos que, cada tanto, rompo y transformo en anécdota, en el relato filial de lo que alguna vez estuve por escribir.

 

 

No disfruto mucho de revisar y corregir mis textos aunque lo hago compulsivamente: me aterra la idea de publicar algo, aunque sea en la web, y que alguien descubra faltas o descuidos. El tedio que me produce la revisión probablemente se vincule con la urgencia que suelo tener por publicar (de nuevo, aunque sea en la web) lo que escribo.

 

 

En general, me siento satisfecho de lo que escribo. La curva de mi satisfacción podría resumirse así: generalmente me gusta mucho al principio, no me gusta nada (nada) después de un tiempo de haber publicado y me suele gustar aún más que en la primera etapa cuando pasa un tiempo más bien largo (digamos: un año).

 

 

El punto fuerte de mis textos, creo, es que su, digamos, núcleo, suele interpelar al lector, movilizarle algo. A veces de un modo directo, otras no; casi siempre sin que yo sea consciente de eso. Pero suelo dar en ciertos blancos que conectan con las personas.

El punto débil de mis textos es el exceso: decir demasiadas cosas en un mismo espacio textual, no jerarquizar, tener dificultades para borrar y condensar (lo que, creo, se convierte en una innecesaria exigencia para el lector).

 

 

Mis textos podrían mejorar si quisieran abordar menos cuestiones, si quisieran dejar de acopiar y mezclar fragmentos sueltos: si fueran pensados más como un texto que como una suma de fragmentos. Profundizar sin ahogar ni al tema ni al lector (ni a mí). Así, debería acompañar a mis ideas y a mis textos por más tiempo: dejarlos leudar antes de escribirlos, en vez de escribir fragmentos desesperados que se terminen amontonando para que aparezca a duras penas un texto.

O en todo caso debería renegar de la unidad, escribir fragmentos y dejar de pensar para siempre en cualquier tipo de texto y/o lector: independencia y autarquía; nada formando parte de nada.

 

 

Me gustaría escribir fácil y simple, sin demasiados artefactos narrativos (al menos no pensados antes de ponerme a escribir). Me gustaría que mis textos amasen lo cotidiano echando luz –y oscuridad– sobre las banalidades que representan la mayor parte de la vida. Componer voces y que, sin demasiadas tramas ni fundamentos, hablen, sean. Me gustaría, además, que mis escritos no puedan dejar de leerse, que secuestren la atención del lector con la misma intensidad que el acto de escribir me secuestra a mí.

 

 

Cuando escribo siento que estoy haciendo algo verdadero. El acto me toma, el logos es rápido como un galgo y seguirlo muchas veces me exige una velocidad que se transforma en tensión (mi cervical, mi cuello y mi mano derecha son testigos): no doy abasto. Ese apuro, desde ya, suele afectar el producto final. Hay una prisa por terminar (porque en un punto duele), que es la prisa por publicar, que es la urgencia por recibir algún tipo de reacción, alguna señal que confirme que la comunicación existe, algo que, después de escribir, indique que no estoy –tan– solo.

 

 

En general, la gente que lee mis textos suele estar más a favor de los autobiográficos o de aquellos en los que incluyo, al menos, una escena cotidiana, relativa a mi experiencia de vivir. No estoy seguro de que mis textos se lean con facilidad, pero estimo que esos fragmentos experienciales, en los que escribo más concreta y directamente, son lo suficientemente universales.

No estoy seguro de que mis textos se entiendan pero me gustaría pensar que se experimentan.

[1]Heráclito es el primero en teorizar utilizando esta palabra en el siglo V a.c. diciendo: «No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno«. Tomando al logos como la gran unidad de la realidad, acaso Lo real, Heráclito pide que la escuchemos, es decir, que escuchemos el discurso de la realidad. En lugar de escuchar los discursos de los hombres que se basan en apariencias, escuchar el logos de la naturaleza.
El ser de Heráclito, entendido como logos, es la Inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la guerra que genera la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. Cuando un ente pierde el sentido de su existencia se aparta del Logos. Fuente: Wikipedia.

[2] Colli se sitúa fuera de la oposición nóumeno/fenómeno y fuera de la dicotomía mundo de la voluntad / mundo de la representación. Colli intenta, más bien, una interpretación no irracionalista de la expresión metafísica a través de una valoración no estética de la expresión artística.

Expresar es manifestar —interpretándola—— la interioridad esencial del mundo, y, además, comunicarla con signos que encadenan la expresión a los significados universales y a los hombres entre sí. Así, el logos es la expresión (el desarrollo hermenéutico) de una inmediatez que se halla fuera de todo logos. Solo a través del recuerdo la vida se convierte en objeto, en conocimiento (lo vivido no es sabido). Nosotros estamos (somos, vivimos) en la inmediatez, pero no lo sabemos. Fuente: Origen Y decadencia Del Logos, Aragay Tusell Narcis. 1993.


LEANDRO DIEGO es escritor y periodista. Publicó Restos Nocturnos (cuento, Editorial Galmort, 2011), Trece (poesía, El pudor de la palabra, 2016) y Monoimi (AñosLuz, 2020).
Escribe sobre arte y cultura en Centro Hausa.